A mirror for observers

El International Fantasy Award fue el primer premio anual (consolidado) otorgado a novelas fantásticas, antecediendo al Hugo en dos años. Si bien fue una iniciativa efímera, con solo seis ediciones distribuidas entre 1951 y 1957, su palmarés resulta bastante imponente, con títulos como «La Tierra permanece«, «Más que humano«, «Ciudad» o «El Señor de los Anillos». Entre ellos, contrastan dos obras peculiares. Por un lado, la antología «Fancies and goodnights», de John Collier (que ni siquiera es toda ella fantástica), ganadora en 1952;  por otro, la segunda novela de Edgar Pangborn, «A mirror for observers», triunfadora de 1955 y hoy prácticamente olvidada.

Pangborn es un autor peculiar. A lo largo de veinte años, entre 1930 y 1950, se dedicó a publicar bajo seudónimo decenas de relatos en las revistas pulp de detectives y misterio. De repente, a partir de 1951, su nombre empezó a aparecer firmando una serie de historias en las mejores revistas de ciencia ficción, con un estilo propio y un enfoque profundamente humanista (que influyó en autores posteriores como, por propia confesión, Ursula K. Le Guin). Su primera novela, «West of the sun», pasó un poco sin pena ni gloria. La segunda, sin embargo, publicada originalmente en tapa dura (toda una rareza por entonces), le valió el máximo reconocimiento otorgado por profesionales y aficionados a la literatura fantástica a la producción de 1954 (un año más que notable).

«A mirror for observers» narra los desvelos de Elmis, un marciano, por cuidar el desarrollo ético de un joven muy especial, Angelo Pontevecchio, de quien se espera que en un futuro sea crucial para la evolución moral de la humanidad. La cuestión es que hace unos treinta mil años los marcianos tuvieron que abandonar su planeta moribundo y desde entonces viven entre los hombres, en ciudades ocultas (se sugiere que una de ellas fue el origen del mito de la Atlántida) y disfrazados cuando es preciso en misiones de apoyo y vigilancia. Bueno, esto es al menos lo que hacen los Observadores. Hay una facción contrario, los Abdicadores, cuya misión autoimpuesta es empujar a los terrestres hacia la autodestrucción.

Lo cierto es que el planteamiento no es muy sutil. «A mirror for observers» trata evidentemente de exteriorizar los impulsos positivos y negativos que condicionan el comportamiento ético de los seres humanos (despojándolos por completo de sustrato religioso), plasmando así unas inquietudes propias de un veterano de la Segunda Guerra Mundial (Pangborn sirvió tres años en la unidad médica de la armada del Pacífico) que contempla con preocupación la instauración de la Guerra Fría. Todo el potencial de Angelo se ve en peligro cuando cae bajo la influencia de una pandilla de delincuentes juveniles, y aunque Elmis percibe el peligro (y reconoce en todo ello la marca de su adversario), se ve impotente para reconducir los impulsos del chico (nacidos del rencor, hábilmente manipulado por los abdicadores).

Todo lo que puede hacer es trabajar por el desarrollo de Sharon, una niña un par de años más joven que Angelo (y con un potencial infinitamente mayor, en mi opinión; el motivo por el que los marcianos se centran tanto en el chico no me queda nada claro), a la que ayuda a encaminar su carrera musical (la música es uno de los grandes temas de Edgar Pangborn, que cursó estudios de piano y violín en un conservatorio, aunque por alguna razón que nunca reveló no llegó a graduarse).

La otra debilidad de esta parte de la historia, que se desarrolla en el año 1963, es que a ojos modernos la forma de obrar de Elmis, disfrazado de anciano gentleman, echa un tufo a pederasta que tumba de espaldas, hasta el punto de que si aconteciera hoy en vez de contar con el beneplácito de la madre de Angelo, el marciano se hubiera encontrado con un policía a su puerta, poniéndolo en un aprieto con un interrogatorio de lo más pertinente.

El enfrentamiento acaba en un pequeño fiasco para el observador, que ve cómo Angelo se esfuma tras haberse dejado arrastrar hacia el mal. Su misión, sin embargo, no ha concluido, y sigue adelante, buscando indicios de su paradero, hasta que cree encontrarlos nueve años después, en la ciudad de Nueva York. Al parecer, Angelo, bajo un nuevo nombre, es el pupilo de un político populista que promueve una ideología neofascista que empieza a concitar apoyos (todo un aviso de Pangborn). Sharon, por su parte, ha llegado también a la ciudad, como una prometedora concertista de piano, y acabará colaborando en el «rescate» ético del confundido Angelo (que, pese a todo, no se ha involucrado en los tejemanejes de su mentor, relacionado por supuesto con los abdicadores).

Es en este segmento donde por fin comienza a despegar «A mirror for observers», con observaciones que siguen siendo pertinentes y una mirada tan crítica como compasiva hacia la humanidad. Por añadidura, el conflicto se resuelve en medio de una catástrofe (de origen artificial) que leída justo en estos momentos no puede ser más actual y que añade emotividad e intriga a un trama que necesitaba de ambas desesperadamente, logrando de hecho escenas muy potentes en sus últimos capítulos. Aunque los abdicadores se marcan un triunfo parcial en su empeño por acabar con la existencia humana, al final, en un plano mucho más íntimo, la batalla por el «alma» de Angelo se resuelve a favor de los observadores y eso proyecta, pese a todo, un atisbo de esperanza hacia el futuro.

Respecto al espejo del título… sí, hay uno, un instrumento de bronce neolítico cuya función dentro de la trama no acaba de estar muy clara. Tal vez sea una invitación al lector para que se examine a sí mismo en busca del observador y el abdicador en su interior, o quizás sea un mero símbolo de una humanidad capaz de seguir mirándose a sí misma en una superficie reflectante cargada de historia.

«A mirror for observers» no es en modo alguno una mala novela. Su tesis, sin embargo, no termina de exponerse con claridad, y lo que alcanzo a interpretar de ella no me parece tampoco excesivamente incisiva. El que todos llevemos en nuestro interior un potencial para el bien y para el mal era una lectura bastante evidente, sobre todo tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y Pangborn se queda a un nivel bastante superficial. Lo bueno es que va de menos a más, así que te deja (irónicamente, por lo dramático de los hechos narrados) con un buen sabor de boca. Supongo que si tu novela es irregular, esa es la mejor manera de serlo.

No deja de resultar sorprendente, sin embargo, la decisión del jurado del Interantional Fantasy Award. La cosecha de 1954 incluía títulos como «Bóvedas de acero» de Isaac Asimov (una de las mejores novelas de su primera etapa), «Los ladrones de cuerpos» de Jack Finney, la sátira de «Marciano, vete a casa» de Fredric Brown, la influyente novela de fantasía de Poul Anderson «La espada rota» (por no hablar de que en ese año se publicaron «La compañía del anillo» y «Las dos torres») o, sobre todo, el gran clásico de Richard Matheson «Soy leyenda«. Por lo menos no cayó en la ignominia del Hugo, que en su segunda edición, entre tanto donde elegir, acabó destacando la terrible «La máquina de la eternidad«, de Mark Clifton y Frank Riley.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 

~ por Sergio en octubre 29, 2021.

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