Corum: Trilogía de las espadas

Entre finales de los años sesenta y sobre todo la primera mitad de los setenta, Michael Moorcock se hallaba inmerso en la estructuración de la superhistoria del Campeón Eterno. De esta época más o menos data la consolidación de la serie de Elric de Melniboné (personaje que había debutado en 1961, pero cuya saga se estructura inicialmente entre 1972 y 1977), así como la escritura del cuerpo principal de las historias de otras reencarnaciones del héro arquetípico como Dorian Hawkmoon (la tetralogía del bastón rúnico entre 1967 y 1969 y las Crónicas del castillo de Brass entre 1973 y 1975), las dos primeras novelas de Erekosë en 1970, el cuarteto original sobre Jerry Cornellius (1969-1977) y por último las seis novelas sobre Corum Jhaelen Irsei (1971-1974).

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Esto es, por supuesto, una enorme simplificación, porque casi toda su obra puede engarzarse de algún modo en el ciclo del Campeón eterno, ya sean subciclos escritos durantes este período como la trilogía de los Bailarines al Final del Tiempo (1972-1976), con anterioridad como la trilogía de Kane del Viejo Marte (1965) o posteriores como los libros sobre la familia Von Beck (inicialmente 1981-1986, y más tarde, entrelazada con la saga de Elric, 2001-2005). Eso por no hablar de nuevos libros de Elric (1981-1991), Erekosë (1987) o Jerry Cornelius (sobre todo en forma de novelas cortas).

Como se puede apreciar, no es para nada una estructura sencilla, así que por simplificar como decía, podemos asilar un período entre aproximadamente 1967 y 1975 (entre las novelas de Dorian Hawkmoon “La joya en la frente” y “En busca de Talernon”) que constituye el núcleo central de la saga del Campeón Eterno y del concepto del Multiverso (con algún que otro cabo suelto atado a posteriori, como en las novelas de Elric “Marinero de los mares del destino“, de 1976,  y “La torre evanescente”, de 1977). Las seis novelas de Corum, el príncipe de la túnica roja, publicadas en rápida sucesión entre 1971 y 1974, constituyen por tanto un elemento central de la serie.

corum

Corum es un vadhagh, un miembro de una de las antiguas razas que habitan una porción del multiverso organizada en quince planos (que antaño les habían sido accesibles). Tras las cataclísmicas guerras con sus grandes rivales los nadragh, su cultura ha ido decayendo poco a poco, hasta el punto en que viven sus largas existencias dedicados al ocio, sin apenas contacto entre los distintos castillos. En estas, una nueva raza, los mabden, hace su aparición. Considerados inicialmente por los vadhagh poco menos que subhumanos, su poder va sin embargo acrecentándose, hasta el punto de iniciar una campaña de exterminio contra las razas antiguas, que tiene tal éxito que Corum, mutilado (sin su mano y ojo izquierdos), queda como último vadhagh y jura vengar a los suyos.

Estos acontecimientos vienen motivados por un cambio en la hegemonía de los quince planos, pues si antes pertenecieron a los dioses de la Ley (que crearon a vadhagh y nadragh), ahora se encuentran bajo el dominio de los tres dioses hermanos del Caos: Arioch, Xiombarg y Mabelode; el Caballero, la Reina y el Rey de las Espadas, regente cada uno de ellos de cinco planos, cuyo propósito es borrar las obras de sus antecesores y poblar el mundo con sus propias criaturas, los mabden.

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De acuerdo con la mitología de Moorcock, Corum se convierte en una encarnación del Campeón Eterno, una herramienta de la Balanza para restablecer el equilibrio, combatiendo en este caso a los dioses del Caos, acompañado por figuras arquetípicas como la Consorte Eterna (en este caso, la margavrina Rhalina, pese a ser también mabden, aunque de un reino no alineado con el Caos) y, más adelante, el Compañero Eterno, Jhary-a-Conel (que hace su aparición en el segundo libro, con la peculiaridad de ser consciente de su papel y recordar pasadas y futuras reencarnaciones).

Delinear en mayor medida la trama no tiene mucho sentido, porque la trama en sí es totalmente secundaria. Moorcock, fiel a su filosofía, reniega de elementos que ya se habían convertido en indispensables de la fantasía como un contexto físico definido. Sus personajes saltan de forma poco menos que aleatoria de plano en plano y a través del tiempo o incluso de los universos (e incluso el limbo entre ellos), llegando a encontrarse incluso con manifestaciones alternativas de ellos mismos y llegando a unir fuerzas con otras encarnaciones del Campeón Eterno (Elric y Erikosë), en una batalla a muerte con los dioses del caos (primero Arioch, en “El caballero de las espadas”, 1971; luego su hermana Xiombarg en “La reina de las espadas”, 1971; y finalmente Mabelode, el Dios sin Rostro, en “El rey de las espadas”, 1972). En el caso de Corum, sin embargo, el instrumento de poder no es una espada negra, sino la mano de Kwll y el ojo de Rhynn (dos Viejos Dioses, anteriores incluso al Orden, la Ley y la Balanza).

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Detalles anecdóticos aparte, hay muy poco que diferencie a Corum de, digamos por ejemplo Elric. Del mismo modo que con aquel, sus aventuras tienen un punto de absoluta aleatoriedad y otro de dirección forzada por fuerzas externas (dioses, brujos, la guía de su compañero o incluso la voluntad independiente de la mano de Kwll). Esa falta de agencia puede llegar a resultar casi tan exasperante como la reiteración de soluciones a los conflictos, con un tufillo (a veces una peste) a deus ex machina. Todos los enfrentamientos de “La reina de las espadas”, por ejemplo, se resuelven exactamente del mismo modo: haciendo uso de la mano de Kwll para llamar en auxilio de los héroes a los enemigos previamente derrotados. Corum deambula de un lado para otro (y de un tiempo para otro, y de un universo para otro) sin entender nunca nada de lo que ocurre, obedeciendo las instrucciones del primero que parece saber algo más sobre cómo funciona el multiverso (a partir de “La reina de las espadas”, ese alguien suele ser Jhary-a-Conel).

Con un héroe carente por completo de carisma, la trilogía se apoya en dos elementos. Por un lado está la imaginación de Moorcock para evocar paisajes y personajes exóticos, que resulta de todo punto innegable, aunque también, a la postre una mera exhibición de fuegos artificiales, porque por diseño no existe una coherencia interna que de soporte a todas esas imágenes. Por otro, la plasmación de la supertrama que podríamos tildar de cósmica, con ese conflicto eterno entre la Ley y el Caos, esa poderosa Balanza a la que sirve a su pesar Corum, esos movimientos cataclísmicos entre esferas, esas confluencias cósmicas que ponen en peligro la esencia misma del (multi)universo.

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Son conceptos potentes, aunque a la postre la negativa de Moorcock de atarse a nada hace que termine percibiéndose el conflicto como puro ruido inconsecuente. Ahora gana el Caos, ahora la Ley, pero contraataca el Caos, y vuelve la Ley por su fueros con un poco de ayuda tramposa… No hay propósito, no hay nada ulterior. Falla incluso, a mi entender, su huida de la vieja dicotomía bien/mal, porque a la postre acaba asociando el Caos con valores tradicionalmente considerados malignos. La trilogía de Corum (y, en general y por lo que le he leído, todo su superciclo de El Campeón Eterno) no desarrolla tanto una filosofía como plantea una base ideológica para la misma… aunque al final no tiene ni idea de qué hace con ella.

No quiero dar una impresión de excesivo disgusto. La trilogía se lee con facilidad y, como ya he mencionado, presenta aquí y allá imágenes sugerentes. Su apuesta por relativizar tiempo y espacio, al tiempo que realiza una exploración casi metaliteraria de conceptos arquetípicos (el héroe, el acompañante, el interés romántico, la ciudad arquetípica de Tanelorn…), así como su buena disposición a traicionar expectativas, fue novedosa, y sin duda hubiera funcionado mejor con algo menos de paja. En vez de tres novelitas, totalizando algo más de quinientas páginas, la misma historia bien estructurada en la mitad de espacio hubiera sido mucho más satisfactoria. Al leer a Moorcock hay que tener muy presente sus limitaciones narrativas y estilísticas, sobre todo en esta época en que su nivel de producción fue extraordinario (a costa de todo lo mencionado).

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En 1972 “The knight of the swords” conquistó el primer premio August Derleth, concedido por la British Fantasy Society, distinción que repetiría en 1973 para con “The king of the swords”. No solo eso, sino que en 1975 se le concedió su tercer August Derleth por “The sword and the stallion”, la tercera entrega de la segunda trilogía de Corum (la de la Mano de Plata), en la que potenció los elementos mitológicos celtas que ya estaban en cierto modo presentes en la trilogía original (con los vadhagh pudiendo equipararse a grandes rasgos con los tuatha dé dannan).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 

~ por Sergio en julio 27, 2021.

6 comentarios to “Corum: Trilogía de las espadas”

  1. Entiendo tus reparos, Sergio, aunque lo mío con Moorcock no tiene explicación racional. Me encanta, como una buena hamburguesa hecha por el mejor y más pasota de los cocineros … Repite formulas, no se ata a nada, sus personajes tienen una emotividad cuasiadolescente, pero, pero, pero .. su inteligencia metaliteraria, la rebeldía de sus mejores personajes y el humor gamberro de sus mundos y secundarios, la brillantez lisérgica de los paisajes, le convierten, al menos para mi, en un auténtico genio. Ojalá vuelva a verse su obra en castellano (quedan pendientes sus Bailarines al Final del Tiempo, su Oscar Bastable y su mundo steampunk avant la lettre, sus dos últimos tomos sobre Elric, Lady Oona y la familia Von Beck.). Moorcock es tan pasota como genial, a veces, ambas cosas a la vez, pero quién puede olvidar esa frase de los Vaghdag (al comienzo de Corum) que, tantas veces, ante un telediario, he repeitdo: “si, al menos, supieran lo que destruyen”. Muchos de los grandes exitos de los mejores maestros del comic tienen su origen en la admiración por la obra moorcockiana. Y, como digo, como olvidar el rugido de Tormentosa mientras destruye Quarzashaat. Como no recordar el Vórtice de Robles ardientes devorando a Lord Gaynor o las Ciudades Rodantes del Pueblo de los Gitanos. la Londra del Delirio surreal de los hombres-mantis, el barco que viaja hacia Agag y Gagag con todos los heroes del Multiverso … En fin, para mi, un genio del color y la rebeldía adolescente.

    • Reconozco todo eso, por supuesto. Supongo que con Moorcock, al final, depende de qué es lo que más pesa en tu valoración personal, si la idea de partida o la calidad de su plasmación (y sospecho que también reviste mucha importancia la edad a la que entraste en contacto con su obra, porque sus personajes y conflictos son radicalmente adolescentes). Lo que nadie puede negarle es la influencia que ha ejercido y ejerce en el terreno de la fantasía. Personalmente, tengo una enorme curiosidad por la trilogía “A nomad of the time streams”. Algún día, quizás…

  2. Ojalá que lo veamos, Sergio. Mi adolescente interior clama por más Moorcock, jajaja !

  3. A mí se me quitaron todas las ganas de Moorcock tras leer las novelas de Elric de Melniboné, que me parecieron bastante mediocres y el protagonista un idiota redomado. xD Esta serie, por lo que escribes, parece que no es mejor.

  4. Como había comentado en una entrada anterior sobre Moorcock. Cuando lo leí de adolescente me encantaron. Ahora no las puedo ni leer. Y lo lamento, me encantaría poder volver a disfrutarlas como lo hice en su momento.

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