Tres que capturar

Aunque era un autor británico, Eric Frank Russell se encuentra asociado por completo al mercado pulp americano. Su primera venta profesional la realizó en 1937 para Astounding, y pronto se convirtió en un participante recurrente en sus páginas (y también, escribiendo terror, en las de Weird Tales). Su primera novela, sin embargo, se publicó en el volumen inaugural de la revista hermana de Astounding (y rival de Weird Tales), Unkown… y de hecho la leyenda afirma que Campbell creó esa revista par poder acomodar “Barrera siniestra” (1939).

Durante los veinticinco años siguientes Russell publicó otras ocho novelas, junto con un número considerable de relatos y novelas cortas (aunque en general nunca llegó a producir el tipo de material que luego podría venderse como una serie o siquiera como un fix-up, así que solo se recogió en una media docena de antologías). Su estilo ha sido definido como humorístico, aunque más tirando hacia la sátira que hacia la parodia. Ciertamente humorístico es “Artefacto” (“Allamagoosa”), el primer relato ganador de un Hugo en 1955, posiblemente por influencia de John W. Campbell, el invitado de honor de la Worldcon de aquel año (ya que no pasa de ser un chistecillo inconsecuente).

En 1956, sin embargo, sin contar con esta “ayuda”, la cuarta novela de Eric Frank Russell, “Tres que capturar” (“Three to conquer”, pero “Call him dead” en su serialización original en Astounding) fue seleccionada por un grupo de especialistas como candidata al premio Hugo. Fue la primera vez que se implementó una primera ronda para determinar finalistas y la única en que esta tarea recayó en un jurado.

A grandes rasgos, “Tres que capturar” es una típica novela de aventuras de la Edad de Oro, que retrotrae a títulos como “Slan” de A. E. Van Vogt (1946) o “Amos de títeres” de Robert A. Heinlein (1951). Wade Harper, el protagonista, posee un talento extraordinario. Hasta donde sabe, es el único telépata del mundo, pero pese a esta singularidad, su sentido del deber le lleva a involucrarse en la resolución de los crímenes con los que se tropieza. Cuando acude a la llamada psíquica de un policía moribundo en una carretera secundaria, poco puede imaginar que se está inmiscuyendo en un caso que no solo le obligará a desvelar su secreto a las autoridades, sino que entre las apuestas de la partida se contará la libertad e independencia mental de todos los seres humanos de la Tierra.

“Tres que capturar” es un producto de su época, con la enésima interpretación sobre la telepatía (explorada también por autores como Alfred Bester en “El hombre demolido” o el matrimonio Kuttner/Moore en “Mutante”). Harper es también el típico protagonista de una pieza, tan íntegro como capaz, con un pequeño barniz trágico que acentúa su heroísmo y lo hace más atractivo incluso como figura identificativa para el lector. Por el camino, sin embargo, Eric Frank Russell acierta a imprimir a la historia de un tono cercano a la literatura negra (hermana durante muchos años de mercado), logrando además imprimirle un par de giros sorpresivos, que contribuyen a lanzarla en nuevas direcciones (un poco al modo de Van Vogt… aunque sin necesidad de renunciar a la lógica o a la coherencia interna).

Una vez puestas las cartas sobre la mesa, sin embargo, la trama se vuelve un poco más repetitiva (por no hablar de que resulta reminiscente de títulos superiores anteriores, como la ya mencionada “Amos de títeres”, cuyo compromiso político Russell, como británico que es, no puede o quiere replicar). Pese a todo, el autor logra imprimirle suficiente agilidad a la trama para evitar que el interés decaiga en exceso, sosteniéndolo todo sobre los anchos hombros del protagonista, que si bien es cierto que resulta un tanto unidimensional, y también un poco cargante en su papel de héroe a su pesar, logra despertar nuestras simpatías, tanto por la delicada posición a la que se ve abocado como por su compromiso casi militar con la protección de los seres humanos frente a una amenaza que no voy a especificar, porque hacerlo supondría echar a perder buena parte de la gracia de la novela.

Sí que añadiré que, como buen fortiano, Eric Frank Russell no se limita a concederle sin más la telepatía a su creación, sino que la justifica en cierta forma sugiriendo que pueda ser un carácter vestigial, dados los rasgos neandertaloides de Wade Harper. En este sentido, “Tres que capturar” bien podría constituir una de las primeras manifestaciones del atractivo neandertal, que a partir de esas fechas más o menos (también de 1955 es la novela “Los herederos”, de William Golding, y un poco posterior, de 1958, la novela corta “El niño feo”, de Isaac Asimov) comenzarían a cambiar la percepción popular de los neandertales, de brutos semibestiales a esa humanidad alternativa, en ciertos aspectos mejor incluso que el hombre moderno.

En resumidas cuentas, “Tres que capturar” constituye una más que digna novela de aventuras, que ofrece justo lo que promete… aunque muy poco más. En aquella época, con el colapso del mercado de las revistas pulp, la ciencia ficción estaba cambiando, haciéndose poco a poco más literaria y buscando ofrecer algo más que el mero escapismo o la fascinación de la Edad de Oro (algo que se nota particularmente en los grandes autores de la Edad de Plata, como Theodore Sturgeon, Algis Budrys y Walter M. Miller Jr., o los que lograron trascender este período como Kurt Vonnegut y Philip K. Dick). Eric Frank Russell no quiso o no supo cambiar con los tiempos, de modo que fue perdiendo poco a poco relevancia hasta su retiro unos pocos años más tarde.

Esta pequeña desconexión con la ciencia ficción puntera queda totalmente de manifiesto al echar un vistazo a las novelas que fueron también nominadas al Hugo aquel año, empezando por la ganadora, “Estrella doble“, de Robert A. Heinlein, que no duda en abordar cuestiones políticas de mayor calado. No es que “Tres que capturar” sea mala. Todo lo contrario. No puede, sin embargo, competir con títulos como “El fin de la Eternidad” de Asimov (el más cercano en tono, aunque más imaginativo), “Not this august” de Cyril Kornbluth o “The long tomorrow” de Leigh Brackett.

1955 es un año señalado por muchos como el que marca el fin de la Edad de Oro, y un libro como “Tres que capturar” (y quizás con mayor propiedad “El fin de la Eternidad”) podría casi considerarse su canto del cisne.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en mayo 5, 2021.

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