Misión de gravedad

Hal Clement es el autor de ciencia ficción hard prototípico. Comenzó a publicar relatos en Astounding poco antes de graduarse en Astronomía por la Universidad de Harvard, y siguió haciéndolo mientras cursaba su primera master en química. En 1949 serializó en esas mismas páginas su primera novela, “Needle” (“Persecución cósmica”, sobre alienígenas capaces de entrar en simbiosis con los seres humanos), a la que siguió en 1951 “Iceworld” (desde el punto de visto de un alienígena para el que la Tierra es un mundo extraordinariamente frío.

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La novela que cimentó su fama, sin embargo, fue su tercera, “Misión de gravedad” (“Mission of grafity”), serializada entre abril y julio de 1953, que constituye la primera muestra de la gran especiliada de Hal Clement: las aventuras en mundos con condiciones fisicoquímicas extremas. El mundo en cuestión es Mesklin, y se inspiró, de hecho, en un objeto hipotético en el sistema 61 Cygni que posteriormente se probó inexistente. Hacia 1942, las observaciones astronómicas sugerían un tercer astro, de unas dieciséis masas la de Júpiter, cuya extremada velocidad de rotación le otorgaría una forma achatada y una gravedad que oscilaría entre los 3 g en el ecuador (gracias a que la fuerza centrífuga compensaría parcialmente el tirón gravitatorio) y 650 g en los polos (cálculos más refinados le llevaron a concluir que se había equivado y la gravedad polar sería más bien de 200 g).

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En junio de 1953 publicó todo esto como un artículo, “Whirling world”, en las páginas de Astounding, abriendo además el escenario a cualquier escritor con la única condición de que se respetaran (de forma razonable) la ciencia de este mundo de gravedad variable, que es el auténtico protagonista de “Misión de gravedad”. La excusa argumental e centra en la necesidad de montar una expedición de rescate de un cohete científico humano por parte de unos mercaderes oriundos del planeta Mesklin, que son contactados por una expedición humana, cuyo diplomático tan solo puede sobrevivir (y con dificultad, en el ecuador).

Tras unos primeros capítulos que nos sitúan en el planeta y nos presentan a nuestros personajes alienígenas, la novela sigue la expedición del capitán Barlennan y su tripulación por territorios desconocidos a bordo de su lancha modular, llamada Bree, en una suerte de viaje que tiene un poco de expedición comercial de la Era de los Descubrimientos y otro poco de reminiscencias de la Odisea, con cada uno de los obstáculos con que tropiezan requiriendo del ingenio de humanos (que siguen los progresos de sus socios desde la órbita y se comunican con ellos por radio) y mesklintas para ser resuelto. Se trata de incidentes que tienen que ver con dificultades geográficas (un desnivel de unos pocos metros puede suponer todo un desafío a varias decenas de g), o con culturas extrañas que explotan a su modo las peculiaridades de sus respectivas regiones.

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Mientras estos obstáculos ofrecen todo el sentido de maravilla que cualquiera podría pedir (sobre todo en los años cincuenta), como suele ser habitual en Clement los personajes son poco más que arquetipos esquemáticos, con unos mesklintas que, aparte de cierta supuesta fobia a las alturas (que superan con rapidez), piensan exactamente igual que nosotros, pese a ser algo así como cienpiés de cuarenta centímetros con pinzas manipuladoras a ambos extremos del cuerpo. Tampoco la biología reviste mucha relevancia (se me hace difícil imaginar procesos orgánicos básicos funcionales en un rango tan grande de gravedades, o siquiera un proceso evolutivo que permitiera una adaptabilidad tan grande). Lo único que le importa al autor son las condiciones físicas del entorno y cómo una gravedad tan intensa cambia nociones básicas que a menudo damos por sentado y presenta desafíos particulares que resolver… apelando, por supuesto, a la ciencia.

Porque “Misión de gravedad” es sobre todo una celebración del conocimiento científico, y en ese sentido cabe encuadrar una conclusión que cierra satisfactoria (si bien un tanto apresuradamente) una trama que tal vez peca un poco de episódica. Hal Clement tenía mentalidad de científico, y en su pensamiento no hay mayor don que la curiosidad, ni mayor elemento hermanador que el conocimiento. En ese sentido, cabe destacar cómo las relaciones que a menudo se establecen en sus historias entre hombres y alienígenas no son antagónicas. El enemigo es el universo, aunque tal vez llamarlo “enemigo” sea otorgarle intención, cuando se trata más bien de un complejo y fascinante enigma que resolver con ayuda de la ciencia; una aventura no necesariamente para los más fuertes, ni los más rápidos, ni siquiera en realidad para los más astutos, sino para aquellos que demuestren tener una mentalidad más científica.

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La novela sabe cuáles son sus fuertes y no trata de abarcar más. Quizás sus personajes no sean el colmo de la complejidad y la trama sea un tanto básica, y es cierto que en libros posteriores el propio Clement compondría escenarios todavía más extraños (por ejemplo, en “Cerca del punto crítico“, de 1958, perteneciente al mismo ciclo que “Misión de gravedad”); todo eso por no hablar de cómo en 1980 Robert L. Forward elevaría las apuestas con “Huevo del dragón” (que a grandes rasgos constituye una reimaginación de “Misión de gravedad”… extremando aún más las condiciones al acontecer la acción en la superficie de una estrella de neutrones); el caso es que “Misión de gravedad” sigue siendo casi setenta años después igual de disfrutable como juego intelectual y es lo bastante breve como para no hacerse pesado y procurar una lectura ligera. Además, resulta difícil no compartir su mensaje en pro de la ciencia.

Clement regresaría en dos ocasiones a estos personajes. Primero en la novela “Estrella brillante” (1970), que combina personajes humanos de “Cerca del punto crítico” con los mensklitas de “Misión de gravedad”, en una misión conjunta al planeta supergigante Dhrawn. Segundo, en el cuento “Lecture demonstration”, que muestra la forma en que unos estudiantes en Mesklin tienen que hacer uso práctico de los nuevos conocimientos que están adquieriendo para escapar de una situación peligrosa. La ciencia como herramienta para comprender y domar el universo.

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“Misión de gravedad” fue finalista del Premio Internacional de Fantasía en 1955 (por su edición como libro en 1954), perdiendo frente “A mirror for observers”, de Edgar Pangborn; así como del disputadísimo retroHugo de 2004 (para obras publicadas originalmente en 1953), uniéndose así a “Las bóvedas de acero” de Isaac Asimov, “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke y “Más que humano” de Theodore Sturgeon en su derrota frente a “Fahrenheit 451” de Ray Brabury… casi nada.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en abril 6, 2021.

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