El otro

La transformación del terror en un género superventas entre finales de los sesenta y principios de los setenta se verificó en tres pasos, por mediación de tres novelas que fueron además prontamente adaptadas al cine, con lo que alcanzaron un público mucho mayor. La primera de ellas fue «El bebé de Rosemary» (Ira Levin, 1967), adaptada en 1968 por Roman Polansky como «La semilla del diablo» (como se rebautizó en español). En 1971 William Peter Blaty publicó «El exorcista«, adaptada por William Friedkin en 1973 en lo que aún hoy es la novena película más taquillera de la historia ajustada a la inflación. De ese mismo año es «El otro» («The other»), de Thomas Tryon, que comparte con las otras dos novelas el impacto en la creación del terror bestseller, aunque su adaptación de 1972 (dirigida por Robert Mulligan) pasó prácticamente desapercibida (aunque ha alcanzado con el tiempo cierto reconocimiento crítico).

Tom Tryon era un actor de cine y televisión de segunda fila, famoso sobre todo por su participación en series de televisión del oeste, aunque llegó a estar nominado a los Globos de Oro por «El cardenal», de Otto Preminger. La mala experiencia con el director y su estancamiento en películas de televisión hicieron que se desengañara con la actuación y optara en 1969 por cambiar de carrera y convertirse en escritor. Las dudas que esta decisión hubiera podido levantar se disiparon rápidamente gracias al éxito de crítica y público de su primera novela, que fue precisamente «El otro», definida a menudo como thriller psicológico (aunque presenta un pequeño atisvo de elemento sobrenatural), inspirada precisamente en el éxito de «El bebé de Rosemary».

La novela narra el verano de 1936 de Niles Perry, un niño cuyo padre ha fallecido recientemente, con un hermano gemelo, Holland, que es el alma (un tanto siniestra) del dúo. A lo largo de ese verano, la tragedia parece cebarse en la familia Perry y en otros habitantes del tranquilo pueblo de Connecticut de cuya sociedad son miembros relevantes, con todos los indicios apuntando al descarriado Holland como, cuando menos, catalizador de todo ese infortunio. La realidad, sin embargo, es un poco más complicada.

Con pequeños (y un tanto accesorios) elementos sobrenaturales, «El otro» juega sobre todo al contraste entre la inocencia aparente (de los protagonistas, del entorno semi rural, incluso de esos idealizados años prebélicos) y la oscuridad subyacente. Es un horror que ya estaba ahí, aunque enmascarado por el recuerdo bucólico (o por la despreocupación de la niñez). A este respecto, es de destacar, como elemento que posiblemente impactó al propio autor, de diez años en aquella época, el publicitado juicio y posterior ejecución del secuestrador y asesino del hijo de los Lindbergh, tema al que se alude específicamente en numerosas ocasiones durante la narración. De igual modo, la simpatía con que trata a los ancestros rusos de Niles (la abuela es una inmigrante rusa) supondría en 1971, en medio de la Guerra Fría, una nota disonante.

El tema del doble o gemelo maligno es recurrente en el género. El romanticismo introdujo el arquetipo del doppelgangër (en obras como «Los elixires del diablo», de E.T.A. Hoffman), y Thomas Tryon lo explota conscientemente, aunque al mismo tiempo busca subvertirlo, de un modo que posiblemente fue más impactante en 1971 de lo que lo es ahora, cuando el giro dramático que lo sostiene todo difícilmente puede pillarnos tan por sorpresa. A este mismo respecto, aunque el último acto de la novela cumple con todas las expectativas, los dos primeros resultan tal vez demasiado tímidos para los parámetros actuales en su construcción de la tensión.

El terror se ha ido haciendo más explícito, y siendo el tema de la ruptura de la inocencia de la infancia en cierto modo recurrente en el género (lo encontramos en obras como «It» o «El cuerpo» de Stephen King, en «Muerte al alba» de Robert McCammon o, de un modo todavía más explícito, en «La chica de al lado», de Jack Ketchum), «El otro» se ha ido quedando en una especie de tierra de nadie. Es posible, de hecho, que hoy en día sea una lectura más recomendable para quienes no sean habituales del género que para los aficionados al terror.

La influencia que ejerció Thomas Tryon en la siguiente generación de autores de terror es innegable (y Stephen King, por ejemplo, la ha reconocido de forma no solo explícita, sino entusiasta), pero quizás su legado sea más palpable en el thriller psicológico, por su tratamiento del trastorno mental, que pavimentaría el camino para muchos títulos posteriores que juegan igualmente con el recurso del narrador no fiable. Eso sí, tal vez Tryon haga un poco de trampa para mantener su secreto, con perspectivas tan forzadas que leyéndolas se hace evidente que esconden algo. Pese a ello, el giro no es ni mucho menos el más forzado con el que me he encontrado en este tipo de historia. Quizás esos leves elementos fantásticos (un juego de identificación al que se entrega con su abuela), cercanos al realismo mágico, y de los que al contrario que muchas obras actuales no reniega en la conclusión, ayudan a venderlo.

Aunque fue el propio Tryon el autor del guion de la adaptación cinematográfica, se mostró descontento con el resultado final. Su siguiente novela, «La fiesta de la siega» (1973), exploró el escenario que luego se haría recurrente dentro del género del terror de los cultos rurales paganos (a la estela de «Ritual», de David Pinner, de 1967, que ese mismo año sería reformulada como la película de terror «El hombre de mimbre», que constituye la auténtica piedra fundacional del subgénero), pero a partir de ahí se alejó del fantástico, retornando a él únicamente con su última novela, la póstuma «Night magic» (1995), sobre el aprendiz de un mago en el Nueva York contemporáneo. Ninguna de las dos cuenta con el mismo reconocimiento que «El otro».

Otras opiniones:

~ por Sergio en marzo 31, 2021.

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