Las babosas (Slugs)

Shaun Hutson es otro de entre la nutrida generación de autores británicos de terror que se sumaron al género a finales de los setenta, principios de los ochenta, con más entusiasmo y atrevimiento que dotes narrativas, a la estela de la transformación del género en generador de bestsellers gracias a títulos como “La semilla del diablo” o “El exorcista“.

Su fórmula, sin embargo, es más cercana a la de Richard Laymon que, pongamos por caso, a la de Stephen King: violencia muy gráfica, algo de sexo para especiar la mezcla y, sobre todo, un ritmo muy, muy vivaz, sin conceder un segundo de respiro. Las virguerías literarias las deja para otros. Su producción es carnaza pura y dura, y lo sabía ya desde su primera novela, “The skull” (1982), una tópica historia de monstruo-devuelto-a-la-vida que lo situó de inmediato en lo más alto de las listas de ventas en un momento en el que los lectores británicos, al parecer, buscaban desesperadamente ese tipo de entretenimiento, no muy distinto de cualquier película de terror de serie B (o menos) de la época.

El éxito de verdad, sin embargo, le llegó con su segunda novela, que a la postre se convertiría también en la más famosa, “Las babosas” (“Slugs”, 1982), un título directamente inspirado en “Las ratas“, de James Herbert (1974), hasta el punto de repetir casi punto por punto su planteamiento e incluso estructura, limitándose a sustituir la plaga epónima por la de algún bicho que aún no hubiera sido explotado. A este respecto, antes de continuar conviene que nos detengamos un momento en trazar la genealogía de esta progenie de historias con bichos… que de hecho se remonta a antes de que estallara la locura por el terror literario, pues cabe trazar sus orígenes hasta al menos “The year of the angry rabbit”, de Russell Braddon (1964).

En dicha novela, el australiano Braddon imaginaba una raza de conejos gigantes mutantes que son utilizados por el gobierno de su país como arma secreta para dominar el mundo. Se trata de una historia con altas dosis de comedia que explotaba de forma irónica lo ridículo de su planteamiento… y que, sin embargo, cuando fue adaptada en 1972 al cine (como “La larga noche de la furia” o “The night of the lepus”), se transformó ya en una obra cien por cien de terror (en el ínterin, “La semilla del diablo” había roto récords). A partir de ahí, en 1974 se abrieron dos caminos: por un lado, el más cercano al bestseller de intriga, asimilable en cierta forma el techno-thriller que empezaba a configurarse por aquellas fechas, con títulos como “Tiburón” de Peter Benchley o “El enjambre” de Arthur Herzog; por otro, esa entrega total a la exageración encarnada en “Las ratas” de Herbert, cuyo éxito en el Reino Unido abrió una senda por la que se colaron desvergonzadamente escritores como Guy N. Smith (“The night of the crabs”, 1976) y, bueno, Shaun Hutson y sus babosas.

La adscripción a la fórmula roedora es tan, tan fiel que un poco más y podría ser objeto de denuncia por plagio. Así, tenemos como estrellas de la función a nuestros pequeños antropófagos babeantes, un protagonista escogido más o menos al azar (el inspector de sanidad Mike Brady), un cierto número de personajes-kleenex de usar y tirar (para ser presentados y morir en el mismo capítulo, de una forma lo más gráfica posible, casi siempre justo después o incluso durante el acto sexual, por eso de subir un poco la temperatura de la historia), un par vagos intentos por solucionar la situación aplicando métodos relativamente tradicionales y un final consistente en atraer y destruir la plaga del modo más explosivo posible (junto con la típica coda que planta al menos la semilla para una posible secuela).

Eso es todo. No hace falta complicarse más, y lo cierto es que cumple su propósito. Si te pones a leer una historia sobre babosas asesinas, no es muy probable que estés buscando introspección psicológica. ¿Quiere eso decir que “Las babosas” es una buena novela? ¡Ni por asomo! Por desgracia, a nivel descriptivo es tan pobre (y eso que las traducciones “mejoran” el original, a veces de formas un poco creativas, como cuando en la de Ediciones B se ponen a parafrasear “Don Juan Tenorio”) que las escenas con los gasterópodos titulares más que horror acaban inspirando un poco de tedio y, en cualquier caso, terminan disparando por pura ineptitud narrativa una incredulidad que no hay suspensión voluntaria que la mantenga a raya. No es que se trate de babosas antropófagas, es que poco menos que actúan con la voracidad y rapidez de pirañas… las de la película de 1978, no los auténticos peces amazónicos, que son relativamente inofensivos.

Entre eso y las prisas por acabar, “Las babosas” se erige en una novela tan olvidable que los detalles empiezan a difuminarse apenas cerrado el libro. Es decir, en terror no se puede ser mucho más básico… pero a veces eso es todo lo que le pides a un libro, y en esas ocasiones lo último que deseas son ínfulas literarias que se inmiscuyan en el festival de viscosidad, gore y (algo de) sexo en el que quieres perderte un ratito.

Tal y como insinúa, en 1985 (tras haber escrito la novelización británica de “Terminator”), Shaun Hutson presentó su secuela directa, “Breeding ground”, donde lleva sus babosas a Londres, un escenario con más empaque que la pequeña ciudad de Merton donde transcurre la acción de la fundadora. En esa novela, al parecer, explota una de las posibilidades más intrigantes de su creación, el que la baba de sus viscosas sabandijas tenga unos llamativos efectos psicóticos en la mente humana (algo que en “Las babosas” abandona tras el capítulo de rigor, ansioso por juguetear con la siguiente idea grotesca).

Por añadidura, en 1988 la novela fue objeto de adaptación cinematográfica: la coproducción hispano-estadounidense “Slugs, muerte viscosa”, de Juan Piquer Simón (que por alguna razón inexplicable aún no he visto; tendré que ponerle remedio a eso).

Otras opiniones:

~ por Sergio en marzo 12, 2021.

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