La música de los vampiros / El alma del vampiro

Poppy Z. Brite irrumpió muy joven en el mundo del terror, convirtiéndose casi de inmediato en una de las más prometedoras nuevas voces del género, en su vertiente gótica (y más específicamente, southern gothic, pues su localización favorita es la ciudad de Nueva Orleans). Este impacto no hizo sino crecer con la publicación de sus primeras novelas en los años 90, empezando en 1992 con la que nos ocupa, “Lost souls” (traducida primero como “La música de los vampiros” y más tarde como “El alma del vampiro”), y siguiendo con una suerte de semi secuela, “Trazos de sangre” (1993), y la todavía más extrema “El arte más íntimo” (1996). Desde entonces, sin embargo, dentro del terror propiamente dicho solo ha publicado una novela en el universo de “El cuervo”, “The lazarus heart” (1999), que sirvió de inspiración para la tercera película de la saga, pues a partir del año 2000 se pasó a la comedia negra (ambientada a menudo en el mundo de la restauración de Nueva Orleans).

Otra característica importante de su producción consiste en el protagonismo que adquieren personajes homosexuales, bisexuales o de sexualidad ambigua. Desde muy joven, Poppy Z. Brite (nacido Melissan Ann Brite), se identificó como un hombre gay en un cuerpo femenino, aunque solo a partir de 2010 inició el proceso de reasignación de sexo que le ha llevado a adoptar el nombre de Billy Martin (aunque no reniega, para corpus literario, del seudónimo con que se dio a conocer). Todo esto lo estoy contando ahora porque es fundamental para contextualizar y realizar una exégesis de “El alma del vampiro”, auque no sea necesario para disfrutarla, porque independientemente de estas cuestiones, es una de las mejores novelas del género. Aquí en Rescepto, sin embargo, siempre me gusta profundizar un poco más en lo que subyace a las obras.

Vampiros, Nueva Orleans, ambigüedad sexual y moral… No eran temas nuevos. Desde unos cuantos años antes, Anne Rice ya los abordaba en su serie de las Crónicas Vampíricas (iniciada con “Entrevista con el vampiro” en 1976, pero reformulada de verdad en 1985 tras “Lestat el vampiro”). El estilo de Brite, sin embargo, al contrario de lo que ocurre con Rice (y, más tarde, de un modo tovadía más patente, lo que adoptarían las autoras de romance paranormal), es sincera y genuinamente terrorífico. No hay idealización del vampirismo, ni exactamente una fascinación idealizadora, tal vez porque la perspectiva de Brite es más ambigua. En “El alma del vampiro” el tema central es una crisis identitaria, y al igual que ya hiciera un poco antes Clive Barker con “Cabal” (1988), esa ambigüedad, ese conflicto interno, se manifiesta como monstruosidad… dependiente, eso sí, del punto de vista.

“El alma del vampiro”, estrictamente hablando, es una novela coral, con un protagonismo que podríamos definir generosamente como difuso. El corazón de la novela, sin embargo, lo constituye Nada, un joven de catorce años, híbrido de humano y vampiro, que se enfrenta a una profunda crisis de identidad tras escapar de una casa y una vida adoptivas en las que nunca se ha sentido cómodo. Otros fragmentos del tapiz se nos presentan desde la perspectiva de Christian, un vampiro que lleva más de trescientos cincuenta años viviendo en el mundo; Steve y Fantasma, dos amigos de infancia, integrantes del grupo indie Lost Souls? y protagonistas recurrentes del autor; y, finalmente, el grupo de vampiros nómadas liderados por el violento Zillah (además de fragmentos relatados desde quizás una media docena de perspectivas adicionales diferentes; en este aspecto, la novela es un poco inconsistente).

Una cosa que conviene recalcar desde el principio es que los vampiros en el mundo de Poppy Z. Brite no se hacen, sino que nacen. Son una especie (o varias) aparte, que convive con los humanos, alimentándose de ellos. Nacen, además, mediante un acto de violencia, matando a sus madres en el proceso. Esto es lo que le ocurrió a la de Nada, fecundada por Zillah en la casa de Christian, encima del bar que este regenta en Nueva Orleans. Recién nacido (sin que su padre sepa de su existencia), es abandonado por Christian en una casa de un pueblo lejano, y allí, adoptado en secreto por la pareja residente, vive sus siguientes catorce años, sintiéndose progresivamente más y más alienado, hasta que decide finalmente huir hacia el sur, hacia Missing Mile, el pueblo natal de la banda de rock gótico que lo tiene fascinado.

Da la casualidad de que por el camino es recogido por una furgoneta en la que Zillah y sus dos compinches, Molochai y Twig, se mueven por el mundo, regresando hacia Nueva Orleans para ver de nuevo a Christian… que precisamente ha tenido que abandonar su bar por las repercusiones de lo acontecido allí en su última visita… acabando como camamero en el Tejo Sagrado, el bar de ambiente gótico/siniestro de Missin Mile donde tocan a menudo Lost Souls?

Sí, las coincidencias que se van acumulando resultan poco menos que increíbles, y la trama avanza de un modo un tanto errático, pero todo eso no importa, porque se entiende como un peaje necesario para narrar la historia de la toma de conciencia de su identidad por parte de Nada y de los conflictos que ello le supone. En cierto sentido, “El alma del vampiro” es una bildungsroman, una novela de maduración; aunque en su caso, por su especial naturaleza, es una maduración moralmente… complicada.

Como ya adelantaba, la visión de Poppy Z. Brite del vampirismo no tiene mucho de idealizada. Sus vampiros son sobrehumanos, no solo de forma literal, sino en el sentido nihilista del termino, y por ello mismo su moralidad es también la de un übermensch nietzschiano. Matar no les causa a lo sumo más que una efímera diversión, y en su compañía Nada termina abrazando esa despreocupación. Por fortuna, además, Brite no utiliza el vampirismo como una suerte de pantalla para sublimar la represión sexual (algo muy, muy habitual en el romance paranormal posterior). Sus vampiros no solo son intensamente sexuales, sino que no respetan ningún tipo de tabú humano. Bisexualidad, por supuesto, pero también pederastia (Nada, después de todo, pese a sus experiencias anteriores, sigue siendo un niño de catorce años), incesto… nada les está prohibido por imposiciones externas. Una libertad absoluta, tan monstruosa como oscuramente atractiva, a la que Nada se entrega con el abandono de quien no tiene en realidad control alguno sobre su vida.

Todas estas ambigüedades hacen de “Almas perdidas” un libro fascinante. Tal vez más incluso por la ausencia de un propósito claro y definido. El caos se apropia de la narración, que avanza de escena perturbadora en escena perturbadora, sustentada en la fuerza de sus personajes (Fantasma, Nada, Christian…), con un sentimiento premonitorio de inevitabilidad que nos permite perdonarle incluso ese abuso de las coincidencias que sigue siendo una seña característica, más todavía porque, sobre todo, es una novela que se percibe sincera.

Se enraíza claramente en conflictos internos así de ambiguos y caóticos, y resulta interesante comprobar cómo el terror es el vehículo perfecto para plasmarlos metafóricamente. No estoy familiarizado con mucho de lo que describe, e incluso en ocasiones no puedo estar más alejado de todo ello (de esa subcultura gótica de la que se nutre, por ejemplo), pero pese a todo, leyendo la novela, siento que puedo empatizar con los personajes y que los entiendo a un nivel quizás subconsciente, y eso es algo muy meritorio y que eleva la novela, a mi entender, a la categoría de imprescindible.

Habría mucho más que rascar. Hay, por ejemplo, una posible sublectura que involucra las diferencias generacionales entre los vampiros (de 300, 100 y 14 años), que a su vez podría reflejar diferencias generacionales en la comunidad LGBT (con Christian representando quizás la actitud más disimuladora previa a los disturbios de Stonewall en 1969 y el arranque del movimiento del Orgullo Gay, mientras que Nada es claramente un producto de los noventa). Luego tenemos la magia de Fantasma, que apenas comienza a explorarse y que tiene mucho que ver con la magia de Nueva Orleans en su conjunto; la relación entre Steve y Fantasma (que culmina en un relato posterior); los apenas insinuados vampiros que se alimentan no de sangre, sino de belleza… Capas sobre capas que podrían convertir esta reseña en un texto interminable.

Baste con lo dicho para dejar claro que recomiendo encarecidamente “Lost souls”, sobre todo para quienes ya habían echado la toalla con respecto a la representación habitual del vampiro dentro del southern gothic/romance paranormal. Aquí tenéis los mismos elementos, pero plasmados con total sinceridad y mediante un horror tan genuino como descarnado, y si os apetece profundizar algo más en el sustrato referencial de la obra y en esos paralelismos entre el vampirismo y la identidad sexual en una sociedad en evolución pero todavía hostil a la diversidad, difícilmente podréis encontrar una novela mejor.

Otras opiniones:

~ por Sergio en marzo 8, 2021.

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