El hijo de la noche infinita

Para cuando explotó la fiebre por el terror a principios de los setenta, John Farris llevaba ya casi veinte años dedicado a la literatura barata, produciendo tanto con su nombre como bajo el seudónimo de Steve Bracken una serie de thrillers con pinceladas de violencia y sexo, ambientados a menudo en el sur de los EE.UU., motivo por el que suele clasificarse su obra dentro del abanico del southern gothic.

Su gran oportunidad surgió en 1976, cuando a la estela de “Carrie” (Stephen King, 1974) publicó su propia historia de terror sobre personas con poderes parapsicológicos, “La furia”, que fue llevada al cine dos años después por Brian de Palma (que venía de adaptar precisamente “Carrie”), con guion del propio Farris. Su éxito marcó el devenir de su carrera, que empezó a orientarse más claramente hacia el terror, aunque sin abandonar nunca una inclinación hacia el thriller. Tras abordar el vudú, el terror psicológico o la aventura arqueológica, en 1984 volvió su mirada hacia otra de las obras fundacionales de la tendencia, “El exorcista“, para ofrecer su propia versión del ya popular subgénero de posesiones demoníacas con “El hijo de la noche infinita” (“Son of the endless night”).

Durante un poco menos de la mitad del libro la historia es bastante tópica. Tenemos a nuestro protagonista, Richard Devon, un joven estudiante de derecho que está de vacaciones en una estación de esquí en Vermont con su novia, Karyn, cuando se ve involucrado en un episodio de posesión (que implica originalmente a Polly, la joven hija del dueño del hotel, cuya enigmática llamada de auxilio es, de hecho, lo que lo ha atraído de vuelta a aquellos parajes). Tras ciertas desavenencias de pareja, una separación en no muy buenos términos y una experiencia perturbadora en una casona de temporada que supuestamente debería haber estado deshabitada, Richard, sin mediar palabra, asesina brutalmente a Karyn delante de múltiples testigos.

Seguimos con las pesquisas torpes de Conor, el hermano mayor de Richard (un antiguo seminarista, dedicado a la lucha libre), que trata de encontrarle sentido a la situación, investigando por su cuenta (dado que la policía no parece muy por la labor de hacer caso de los delirios de Richard) sobre la supuesta implicación de Polly, sobre una misteriosa mujer que parece encontrarse en el centro de todo el asunto y, en última instancia, sobre las alegaciones de su hermano de encontrarse poseído por un demonio. Entonces es cuando, por fin, entra en escena el giro que se nos anuncia en la sinopsis, pues el equipo legal que llevará el juicio que se va a celebrar sobre el homicidio de Karyn, ante la imposibilidad de negar la mayor, acaba decantándose por una defensa un tanto inusual, pues en vez de alegar la tópica enajenación mental transitoria, optará por un enfoque tan polémico como novedoso: solicitar la absolución en base a haber actuado bajo los efectos de una posesión demoníaca.

La premisa es sin duda novedosa e interesante, la ejecución… no tanto. “El hijo de la noche infinita” se encuentra siempre oscilando entre tratar de ser una obra de horror pulp desquiciada y un drama (no solo judicial) riguroso, pero los excesos de la primera faceta y el excesivo puntillismo descriptivo (no necesariamente bien documentado) de la segunda están en perpetuo conflicto. En su primer tercio, por ejemplo, se nota una estrategia descarada de inflar la trama a base de repetir escenas desde distintos puntos de vista, sin aportar absolutamente nada a la historia, y luego, cuando entra en escena el elemento sobrenatural, cae a menudo en la gran trampa de este tipo de historias, que consiste en crear escenas de influencia demoníaca en la que los personajes carecen por completo de agencia. Son meros sufridores pasivos de hechos que no obedecen a otra lógica que el capricho del autor (algo que, personalmente, más que producirme inquietud, me saca de la historia, pues no hay modo alguno de establecer una coherencia interna).

Por añadidura, cuando por fin parece que todo empieza a focalizarse en el conflicto entre Zarach Bal-Tagh (el inventado lugarteniente de Lucifer que ha poseído a Richard) y la raza humana, Farris comienza a dar bandazos, metiendo en la trama a un exorcista católico que al final se queda sin mucho que hacer, a un predicador ambulante medio loco al que despacha en un par de escenas que forman parte de los mayores excesos del libro y, finalmente, a una ¿abogada-mística? a la que Conor tiene que sacar de su retiro espiritual en las Islas Canarias para liderar la lucha contra el demonio. Entre tanto vaivén, “El hijo de la noche infinita” ofrece de tanto en tanto un atisbo de lo que podría haber llegado a ser con una documentación más rigurosa y una trama algo más sólida. Las cuestiones que plantea resultan sugerentes y la idea misma de someter la posesión al rigor probatorio de un juicio penal es brillante.

Al final, por desgracia, a John Farris le pueden más las ansias de impactar y sorprender que el ánimo de ofrecer una novela sólida y bien estructurada. De igual modo, en su afán por sacudir al lector, incurre en una innecesaria… y ciertamente perturbadora, aunque no en el buen sentido… sexualización de sendas niñas de trece y catorce años (por no hablar del tufillo racista que tiene las conexiones mexicanas de uno de los personajes… que, por cierto, es descartado a mitad de la historia sin que nunca más vuelva a tener la menor relevancia). Una lástima, porque en estas condiciones “El hijo de la noche infinita” no pasa de constituir un entretenimiento ligero (si bien más largo de lo que le conviene). Para pasar el rato y ser olvidado casi al instante.

~ por Sergio en febrero 22, 2021.

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