Hermana luz, hermana sombra

Es muy difícil calibrar desde aquí la relevancia de Jane Yolen, nombrada Gran Maestra por la SFWA en 2017, debido a que el grueso de su carrera está dedicada a la literatura infantil y juvenil, de la que no hay casi nada traducido al español. Su producción consta de alrededor de medio centenar de novelas, veintisiete antologías… y algo así como doscientos libros infantiles ilustrados (a lo que sumar libros de cocina para niños, cancioneros, libros de ensayo ilustrados, decenas de libros de poesía….). Aparte de esta obra personal, Jane Yolen ha trabajado en la industria editorial en distintos sellos y revistas, e incluso dirigió entre 1990 y 1996 su propio sello de joven adulto, Jane Yolen Books, para Harcourt Brace.

Su obra más famosa, “The devil’s arithmetics”, es una novela corta en la que una niña judía contemporánea (1988) es transportada hasta los tiempos del Holocausto y le supuso su primera nominación al Nebula. Consiguió tres nominaciones más, en novela, por “Hermana luz, hermana sombra” (“Sister light, sister dark”, 1988) y su secuela directa, “Blanca Jenna” (1989), y por “Briar Rose” (1992) (que le supuso además su segundo Premio Mundial de Fantasía, tras “Cards of grief”, de 1984), antes de ganarlo en dos ocasiones por los relatos “Sister Emily’s lightship” (1996) y “Lost girls” (1998). La serie iniciada por “Hermana luz, hermana sombra”, la de Gran Alta, se completó en 1998 con “The one-armed queen”, que no ha sido traducida al español.

“Hermana luz, hermana sombra” es una novela de aprendizaje, que narra la infancia de Jenna (Jo-an-enna) en una Congregación de mujeres, conocidas como Jinetes de Sombras, en un período que se nos describe como el de las invasiones garunianas, justo antes del comienzo de las Guerras del Género. Las Congregaciones fueron fundadas por una figura mítica, la Gran Alta, que recogió a niñas a las que la guerra había dejado huérfanas y las organizó en capítulos, bajo la guía del Libro de la Luz, que recogía en sus páginas una profecía sobre una líder, la Anna, que tendría tres madres muertas y sería conocida como la Blanca.

No cuesta mucho reconocer en todo esto un esquema mitológico arquetípico. De hecho, la autora no hace nada por intentar ocultarlo. Es más, lo potencia, de un modo que transforma la enésima historia sobre el Elegido (la Elegida) de turno, en un fascinante estudio sobre la mitopoyesis. Esto lo logra fragmentando su narración en diversos planos narrativos, el más importante de los cuales se denomina simplemente “El relato”, y vendría a ser la narración simple de los hechos (lo que vendría a ser normalmente la novela).

Junto con “El relato”, tenemos otros fragmentos que llevan por epígrafe lemas como “El mito”, “La leyenda”, “La historia”, “La canción”, “La balada” o “La parábola”, que contemplan los mismos acontecimientos que se nos van a relatar desde perspectivas totalmente diferentes. Así, “El mito” suele consistir en un breve párrafo que, en lenguaje profético, nos habla de la Gran Alta y de la Anna, y que posiblemente forma parte del Libro de la Luz (aunque esto no es algo que se explicite). “La leyenda”, por su parte, examina cómo el saber popular ha conservado y deformado los hechos originales, tergiversando motivos, entremezclando hechos y transformando metáforas en fábulas, algo parecido a lo que nos encontramos en las canciones, baladas y parábolas, que esconden todas ellas bajo sus referencias crípticas una verdad legendaria y otra histórica, ha largo tiempo olvidada.

A este respecto, resultan especialmente reveladores los segmentos de “La historia”, en los que estudiosos de un futuro lejano practican una implacable exégesis sobre todo ese corpus legendario, con un ánimo desmitificador y revisionista que busca despojarlo de misterio y encajarlo en patrones mentales (y estructuras sociales) muy posteriores, y que  nosotros, como testigos de excepción de la “realidad” gracias al relato, sabemos equivocado. En otras palabras, en “Hermana luz, hermana sombra”, Jane Yolen no solo narra una historia épica, sino que además la deconstruye, la mitifica y luego la recodifica sesgadamente. Esta forma de narrar tiene la virtud de hacernos reflexionar sobre nuestra propia historia, nuestras propias leyendas, sobre la trascendencia y la cotidianidad, sobre el modo en que el conocimiento se transforma en ficción y la ficción se reinterpreta (de forma consciente o inconsciente) a gusto del estudioso supuestamente objetivo.

Todo esto es un juego que, aun siendo fascinante, no bastaría para sustentar una novela. Por suerte, “Hermana luz, hermana sombra”, el relato, sigue siendo por sí sola una historia de crecimiento condenadamente buena y original, incluso cuando recurre literalmente a narrar un rito de madurez, el de Jenna, la hija de tres madres muertas.

Parte de esta fascinación surge de la cultura de las Congregaciones, donde por cada mujer adulta existe su hermana sombra, que se manifiesta solo a la luz de la luna o en presencia de unas antorchas especiales. Estas dobles oscuras no solo poseen un nombre propio, sino también una personalidad hasta cierto punto independiente. A lo largo del texto se nos revelan como una suerte de proyección del yo profundo de cada una de las mujeres, con las que comparten intereses y perspectivas, aunque no siempre actitudes, a las que llaman por medio de un rito desde las profundidades de un espejo.

Esta peculiaridad, con evidentes resonancias junguianas, hace de las mujeres de Gran Alta un grupo particularmente equilibrado (salvo en un caso, en el que una de las mujeres renuncia a su sombra, con resultados trágicos), en el que además cada una tiene una función, siendo las principales las cazadoras/guerreras, las cocineras, las agricultoras y, por supuesto, las sacerdotisas.

No me gustaría desvelar mucho más sobre el desarrollo de la novela, porque cuanto menos se sepa sobre lo que va a pasar, mejor se puede apreciar el juego entre mito/realidad que propone la autora. Hay desarrollos terriblemente tópicos, junto con otros que sorprenden por lo inesperado (lo cual, de hecho, aumenta el interés de la historia, porque no se limita a buscar la frustración de las expectativas simplemente por impactar, sino que dosifica muy bien cuándo y cómo seguir la senda clásica del mito, algo similar al camino del héroe, y cuándo subvertirla). Tenemos compañeras, profetisas, algo parecido a una antagonista y, por supuesto, peligros externos a modo de llamada a la aventura, pero todo muy bien integrado en una narración que nunca deja de tener los pies en el suelo y nunce fuerza la suspensión de la incredulidad.

Lo que sí añadiré es que, aunque he afirmado que hay una separación de los fragmentos narrativos, míticos e históricos, lo cierto es que nunca está demasiado lejos del ánimo de la autora el evocar ese saber tradicional del que bebe y que busca recrear, de modo que abundan dentro del relato los refranes, las canciones, las invocaciones y las leyendas, que quedan todavía más de manifiesto por cuanto constituyen una especie de segundo nivel referencial del que no disponemos de guía de interpretación (pero que el resto del libro nos invita a aceptar y disfrutar a múltiples niveles).

El único pero que le puedo poner a “Hermana luz, hermana sombra” es que concluye poco menos que a medio relato y nos deja con las ganas de saber qué será de Jenna. Por suerte, “Blanca Jenna” fue también publicada en Nova Fantasía (aunque nos quedamos sin la tercera y algo posterior entrega).

Aquel año el sexteto de candidatos al Nebula tuvo mucho que ver con el mito (aunque el premio fue para “El color de la guerra”, de Elizabeth Ann Scarborough, que nada tiene que ver con esta temática). Junto con “Hermana luz, hermana sombra”, tenemos libros como “El barco de un millón de años” de Poul Anderson, “American Apocalypse ™” de John Kessel, “Alvin el aprendiz” de Orson Scott Card y “Marfil” de Mike Resnick, que tratan todos en mayor o menor medida sobre leyendas y mitos encarnados.

~ por Sergio en enero 27, 2021.

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