Huella 12

El equipo de Huella 12 está compuesto por cinco agentes de la ley cuyo trabajo consiste en insertarse en el tálamo cerebral las huellas de temperamento de los sospechosos.

Así comienza la sinopsis de la la novela debut de Eva García Guerrero. Si además os cuento que se trata de un fix-up, construido mediante doce fragmentos, cada uno de ellos un relato en sí mismo, ambientado en (o referente a) una de las doce lunas del planeta acuático gigante de Sargazia, estoy seguro de que ya os habréis hecho una imagen mental de lo que podéis esperar de su lectura… Pues dejadme deciros algo: no podéis estar más equivocados.

Sí, tenemos un equipo variopinto, formado por Luna Bárladay, la joven jefa experta en temperamento, el cirujano (y antiguo ksatrya) Cha-Mert, el drama-escenificador Sólomon Cloyaris, el veterano agente exiliado Logario Cupeiro y la trepanada e inestable Virda Scarsi, impuesta al equipo por el general Weist; y sí, tenemos un esbozo de procedimiento, que se basa en el uso del Velo, un traje de nanobios que mejora los sentidos y permite la inserción de una huella, la grabación del temperamento, el registro emocional, de otro ser humano; sí, (casi) cada luna representa una actuación, o intermisión, del equipo o de parte del equipo; pero “Huella 12” no es exactamente un policiaco procedimental.

Ante de proseguir por ese camino, permitidme hablaros del escenario. Sargazia es un mundo perteneciente a la Mancomunidad, la organización multiestelar que se formó en el cúmulo globular de Akasa-Puspa entre la construcción de la Esfera y el advenimiento del Imperio, tal y como se relata en “Antes de Akasa-Puspa“, la antología coordinada por Juan Miguel Aguilera como prólogo a la serie de Akasa-Puspa que escribió junto con Javier Redal entre 1988 y 1994 (“Mundos en el abismo”, “Hijos de la eternidad” y “El refugio”, reescrita en 2011 como “Némesis“, ampliada por él mismo en 2005 con “Mundos y demonios”). En ella ya participó Eva G. Guerrero con “Las sombras de doce lunas”, que es la simiente de esta novela.

Cada una de las lunas de Sargazia, además, tiene un carácter especial. Algunas albergan civilizaciones propias, otras son yermas, algunas son semi independientes, otras, en fin, albergan bases de la organización de inteligencia en que se integra Huella 12, o son destinos vacacionales, o albergan experimentos sociales voluntarios o impuestos. Se podría decir que el sistema de Sargazia es un microcosmos que refleja, complementa y enriquece el macrocosmos mayor del cúmulo globular (y que no es necesario conocer, puesto que las civilizaciones compartidas, como las de los ksatryas o los shakistas, se encuentran suficientemente explicadas).

Cada luna, en fin, posee su propia personalidad, y esto se refleja en el tipo de historia que inspira, desde elementos tan aparentemente incidentales (aunque nada es completamente incidental en “Huella 12”) como la paleta cromática que la define, hasta la elección del subgénero que evoca. Porque sí, hay un par de historias que podrían definirse como policiacas, pero también hay otras con resonancias cyberpunk (¿o quizás biopunk?), o con elementos propios de la espada y brujería (sin dejar de ser ciencia ficción), o incluso una historia que, bajo otros parámetros, bien podría haberse desarrollado como terror sobrenatural (posesiones “demoníacas” incluidas).

Lo sorprendente es que, siendo los enfoques tan variados y las historias tan independientes, el conjunto jamás pierde la coherencia interna, la impresión de hallarnos ante una obra única. En parte se debe al estilo. La autora posee indudablemente una voz propia, ligeramente barroca, reconocible bajo todos los disfraces que adopta para contar sus historias. En parte, también, a lo que comparten todos los segmentos, ese equipo de agentes, con Luna Bárladay a la cabeza, cuyos sentimientos son tan importantes para la historia como los registrados en las huellas que utilizan en las intermisiones (y, si me permitís la digresión, qué extraño es leer una historia de ciencia ficción en la que los sentimientos constituyen el núcleo central, hasta el punto de que, si tuviera que elegir un único género, creo que archivaría “Huella 12” bajo la etiqueta de sensopunk… o tal vez pathospunk).

Cada relato contiene, de hecho, dos o tres misterios que desentrañar. Por un lado, está el que justifica la intermisión (un asesinato, unas desapariciones, una traición…) o desencadena la actuación de algún miembro del equipo. Por otro, tenemos la exploración del pasado sensitivo de cada uno de los integrantes de Huella 12. Los casos casi nunca se resuelven de forma fría y puramente objetiva. Después de todo, a través del Velo trabajan con sentimientos, y no es posible aislarse por completo del objetivo de estudio. Por último, hay un tercer rompecabezas que recomponer, el que conforman todos los relatos en conjunto, y de nuevo esta suprahistoria refleja el tema central de casi todas las subhistorias, porque si hay algo que se aborda una y otra vez, bajo distintos prismas, es el ejercicio abusivo del poder.

Existe, por añadidura, un tema común adicional, que es la fragmentación temporal del discurso. No solo la mayor parte de las historias se nos presentan a través de analepsis y prolepsis, troceadas en escenas que nos van proporcionando información a medida que la vamos necesitando, no tanto para entender la historia (la lógica, a veces, resulta un poco difusa) como para empatizar con ella. El propio fix-up se nos presenta desordenado, y nos obliga a armar mentalmente la secuencia temporal a partir de las pistas que va dejando caer en cada relato. Es una técnica que provoca cierta desorientación, pero que entiendo como fundamental para situarnos en el plano adecuado, para obligarnos a asimilar “Huella 12” no tanto como un ejercicio intelectual, sino como una experiencia emocional.

Tal y como sugería antes, una propuesta de lo más inusual dentro del campo de la ciencia ficción, que constituye un debut tan interesante como prometedor.

Otras opiniones:

~ por Sergio en enero 22, 2021.

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