Congreso de futurología

En 1970 Stanislaw Lem publicó un libro de ensayo nunca traducido al español cuyo título vendría a ser algo así como “Ciencia ficción y futurología”. En él, intentó esbozar una teoría sobre el género, al tiempo que examinaba su propia obra y la de otros autores. El libro no fue demasiado amable con la ciencia ficción norteamericana, a la que consideraba vulgar. Un año después sacó la novela “Congreso de futurología” (“Kongres futurologiczny“, 1971), que en cierta forma parece apoyarse en este trabajo para realizar una crítica contra el mundo capitalista, el mundo comunista y, en general, contra todo y todos, incluyendo posiblemente una puyita contra Philip K. Dick, que como el resto de compatriotas no salía muy bien parado (opinión que rectificaría en 1972, hasta el punto de dedicarle en 1975 un artículo laudatorio).

“Congreso de futurología” no solo continúa el estilo humorístico y satírico de “Diarios de las estrellas” (1957), sino que recupera por primera vez a su protagonista, el astronauta Ijon Tichy, quien tras relatarnos sus viajes nos cuenta su primera aventura larga, tras ser invitado como ponente al epónimo congreso, a celebrar en Costarricania.

Durantes estos compases iniciales, la historia discurre sobre todo como una parodia ya no solo de los congresos (científicos o no), sino del capitalismo, contemplado desde la óptica deformante de la propaganda soviética. Así, compartiendo hotel (de la cadena Hilton, con cien pisos) con los futurólogos, tenemos el congreso de escritores liberados (aunque sería más atinado tildarlos de pornógrafos).

Las confusiones de Tichy al respecto de la sala donde acudir, las primeras ponencias, así como sus conversaciones con distintos huéspedes a cual más estrafalario, impulsan la historia, hasta alcanzar el primer punto de inflexión, pues la situación del país es crítica y las protestas están a punto de estallar.

El gobierno costarricano, sin embargo, está por la labor de abordar la revuelta mediante métodos no convencionales, así que opta por primera vez por utilizar métodos farmacológicos, gracias a activos recién descubiertos como la benefactorina, el altruismol o el felicitol, que inducen artificialmente un estado de benevolencia casi insuperable en quienes se ven bajo su influencia, bien sea por ingesta con el agua (como le ocurre a Tichy) o al aspirarlos como aerosol (y aquí seguimos dentro de la crítica a occidente, pues estaba muy fresco el uso de armamento químico por parte de los estadounidenses en la guerra de Vietnam).

La situación pronto se sale de control, y Tichy acaba encerrado junto con otros congresistas y algunos periodistas en una cloaca, tratando de evitar la acción de los compuestos buenrollísticos con máscaras de oxígeno. El aislamiento, sin embargo, no es perfecto, y todos empiezan a sufrir alucinaciones, que difuminan la frontera entre realidad y delirio (un tema puramente dickiano), haciendo dudar finalmente a Tichy de todo y de todos, hasta que acaba supuestamente hibernado y reanimado en el seno de una utópica sociedad futura (algo que entronca directamente con algunos de los títulos de la gran oleada de literatura utópica de finales del siglo XIX, a la estela de “El año 2000“, de Edward Bellamy).

En este mundo futuro, la farmacología se ha desarrollado hasta tal punto que los habitantes viven en una auténtica psiquicracia. Hay compuestos para estar alegre, para asimilar información, para aprender oficios y, en definitiva, para cualquier estado o creencia imaginable, ya sea tan peregrina como creerse el autor de “La divina comedia” (con la danteína). Es un mundo al que a Tichy le cuesta adaptarse, y con razón, porque poco a poco la trama avanza hacia donde de verdad quiere llegar Lem, que es a una crítica brutal y descarnada contra el régimen comunista polaco y las mentiras con que trataba de mantener calmada a la población en medio de una crisis económica devastadora.

Así, en línea con sátiras utópicas anteriores como “Erewhon“, de Samuel Butler (otro discípulo de Jonathan Swift), la aparente sociedad feliz se acaba revelando como una distopía enmascarada, y no contento con ello Lem busca la hipérbole, cuidándose, eso sí, de apuntar a causas como la superpoblación y el agotamiento de recursos (lo cual suena a capitalista, en congruencia con haber situado la acción futura en la ciudad de Nueva York).

Esa misma nedesidad de sortear la censura es posiblemente la responsable de que “Congreso de futurología” carezca de un enfoque bien definido. En grandes secciones de la novela, las ocurrencias se disparan a ritmo de ametralladora, apuntando en tantas direcciones que al final lo que consigue es no darle a nada. Incluso dentro del nonsense literario hace falta estructura y Lem se vio posiblemente obligado a disimular tanto su crítica social que a la postre sus esfuerzos quedan muy por detrás de, por ejemplo, su contemporáneo Kurt Vonnegut (con títulos como “Cuna de gato” o “Matadero Cinco“).

Tampoco constituye un gran triunfo su intento por ser más y mejor dickiano que el propio Dick. La duda metafísica de Dick con respecto a la realidad (y el modo en que las drogas encajan en esa cosmología) es mucho más profunda que la simple implantación de filtros. En la obra de Lem, existe una realidad física basal, es solo al nivel perceptual que los poderes políticos interfieren para crear una suerte de dictadura del pensamiento que conducirá invariablemente a la aniquilación.

Es una idea poderosa, y no cabe duda de que los compases finales de la novela, donde esta se desarrolla en todo su esplendor, constituyen lo mejor con diferencia del libro (que, cuando menos, te deja con un magnífico sabor de boca, apenas malogrado por una última pirueta argumental para quitarle hierro a la historia y hacerla, quizás, más digerible para la censura). Para llegar hasta allí, sin embargo, ha tenido que dar demasiados rodeos y se ha entretenido en demasiados callejones sin salida para haberme resultado una experiencia satisfactoria.

O tal vez sea que no conecto en modo alguno con el humor de Lem… o que al recurrir en tan gran medida a los juegos de palabras, resulte parcialmente intraducible (la obra, como otras de Lem, apunta también hacia la incapacidad humana de entenderlo todo, el lenguaje como barrera en vez de como vehículo de intercambio de ideas y los problemas de comunicación, entre pasado y futuro en este caso, aunque tiene otras novelas, como “Solaris”, donde esta visión pesimista en torno a lo cognoscible queda mejor definida).

Sea como sea, “Congreso de futurología” es una novela humorística breve que se me ha hecho monótona, larguísima y mucho menos incisiva de lo que probablemente pretendía.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en noviembre 23, 2020.

8 comentarios to “Congreso de futurología”

  1. Conocí a Lem en mi juventud gracias a las ediciones de Libro Amigo de Bruguera, y la verdad es que me desorientó porque para mí era como si hubiera dos Lem completamente distintos. Tras leer los desternillantes viajes de Ijon Tychi y Ciberíada, tropecé con Congreso de futurología, que me pareció un galimatías confuso y aburrido, imagen que se repitió con otros libros como Memorias encontradas en una bañera.
    No sé, han pasado muchos años, he leído otras novelas de Lem y me han gustado, quizá tendría que dar una segunda oportunidad al Lem-que-no-me-gustaba… o quizá no, porque curiosamente tu crítica coincide con la impresión que me dejó.

    • Yo no soy un gran fan de Lem. Me gustó mucho “El Invencible”, pero no conecto con su humor, y “Solaris” tampoco me satisfizo (aunque se dice por ahí que la traducción vieja es muy mala). Esta novela, en particular… bueno, ahí arriba está todo dicho. Supongo que tardaré en volver a meterlo en la cola de lectura (aunque ya me han apuntado por ahí que debería intentarlo con “Fiasco”).

      • A mí me gusta a ratos. O mejor dicho, algunas novelas suyas me gustan y otras no. También me gustaron El invencible, Edén, Un valor imaginario o Vacío perfecto; en cuanto a Solaris, no recuerdo haberlo leído o, si lo leí, fue hace tanto tiempo que no lo recuerdo. Tampoco he leído Fiasco.
        En esencia, el Lem que no me gusta es el surrealista, digámoslo así, por la misma razón -ya que lo citabas- que no me gusta Dick.
        Pero claro está son opiniones personales, lo que no dudo es de su valía como escritor.
        Es un caso parecido a lo que me ocurre con Silverberg, aunque aquí la explicación es más evidente: cambió de estilo. Me gusta el clásico, pero cuando empezó a coquetear con la Nueva Cosa ya es otra historia muy diferente. Al menos para mí.

        • Yo, con el tiempo y las lecturas, he aprendido a apreciar la Nueva Cosa, hasta el punto, de hecho, de considerar la obra de Silverberg entre 1968 y 1972 una de las cumbres del género. Reconozco, sin embargo, que ha sido un gusto adquirido, y que tal vez no hubiera llegado a apreciarlo (ni a Dick, Ballard, Vonnegut o Aldiss) si no me hubiera “forzado” a entenderlos, mientras los analizaba para el blog. Al Lem de “Congreso de futurología”, sin embargo, no veo por dónde entrarle. Incluso dentro de su enfoque queda a años luz de lo que hizo Dick en obras como “Los tres estigmas de Palmer Eldritch” o “Fluyan mis lágrimas, dijo el policía”, e incluso si nos vamos a los experimentos literarios más extremos, aunque no es plato de mi gusto, “A cabeza descalza” de Brian Aldiss resulta mucho más sugerente y arriesgada. No sé hasta qué punto, fuera del muy específico contexto en que se creó, la sátira de Lem sigue manteniendo su vigencia.

        • Yo lo siento, pero la Nueva Cosa jamás me ha entrado. Y lo que no me gusta de ellos no es el fondo, o la temática, sino el estilo narrativo o literario tan anticlásico que tienen. Puedo aceptar temáticas raras, originales o como quieras llamarlo, pero me gusta que las cosas estén escritas al estilo clásico, me incomodan los experimentos estilísticos. Y estas novelas de la Nueva Ola me resultan muy engorrosas e incómodas de leer.
          También es verdad que aunque por mi formación tiro a la ciencia ficción dura y por afición a la buena -que la hay- space ópera, soy perfectamente capaz de disfrutar con otras tendencias, pero dentro de ciertos límites. Hay temáticas que no me interesan demasiado, como las de Dick, por poner un ejemplo.
          Pero bueno, no quiero que pienses ni por asomo que estoy haciendo juicios de valor, simplemente comento lo que me gusta y lo que no me gusta, algo completamente personal y subjetivo.

        • ¡En absoluto! Los gustos son total y absolutamente legítimos. Nadie está obligado a disfrutar con todo. Sí que es verdad que los gustos pueden “cultivarse”, en el sentido de que si se hace un esfuerzo, a veces es posible llegar a apreciar cosas por las que no sientes una inclinación natural. La cuestión es si existe motivación para ello, porque desde una perspectiva lúdica, poco interés puede haber en prescindir de lecturas que te satisfacen para abordar otras que te dejan frío (o incluso, en el peor de los casos, te aburren). Yo, la verdad, tengo que agradecer al blog el que me haya forzado a ampliar mis horizontes, incluso más allá de mis gustos, y en estos momentos lo que más me motiva es, de hecho, tratar de comprender, analizar y caracterizar el género fantástico en todas sus facetas (con una perspectiva histórica y evolutiva, que la cabra, a la postre, tira al monte). A estas alturas, en general, soy capaz de apreciar los méritos incluso de lo que no me gusta (la space opera de Becky Chambers, por ejemplo), pero siempre hay cosas que se escapan (y con Lem, habida cuenta de su fama casi universal, debe de ocurrirme eso). En Rescepto, sin embargo, solo puedo verter mis impresiones. A la postre, eso es lo importante, ser sincero con lo que te gusta o no, y tratar de analizar los porqués. La existencia de una estética universal y objetiva es un mito. Solo podemos dar cuenta de lo que nos comunica a nosotros (y los demás, si conocen de qué pies cojeamos, ya pueden valorar si van a compartir esa impresión o no, o incluso sin compartirla, si van a poder sacar de la reseña algo valioso).

        • Claro, eso es evidente. El problema es que hay por ahí más de un exquisito empeñado en imponer su particular canon porque lo que no le gusta -hasta aquí todo muy respetable- ya es por sistema deleznable.
          Y sí, por supuesto que he evolucionado en mis gustos, sólo faltaba que a mi edad no lo hubiera hecho… pero sigo teniendo límites, aunque estén más alejados que los antiguos. Por otro lado, y como bien dices, con todo lo que tengo pendiente de leer -ciencia ficción o no- incluso sin comprar un solo libro nuevo, la verdad es que, a no ser que tenga un interés especial por algún motivo, no estoy por perder el tiempo leyendo cosas que no me gustan pudiendo dedicarlo a otras que sí me gustan.

        • Que, por cierto, esa es la razón por la que incluyo siempre (que me es posible) al final de la reseña los enlaces a otras opiniones, que son especialmente importantes cuando no coinciden conmigo.

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