Mundos de Imperio

La carrera literaria de Keith Laumer presenta dos períodos bien diferenciados. Entre 1959 y 1971 se cuentan sus años más productivos, durante los que se convirtió en un contribuyente asiduo a las revistas de ciencia ficción, publicó dos docenas de novelas e incluso llegó a estar nominado a los premios Hugo y Nebula. En 1971, sin embargo, sufrió un derrame cerebral, y aunque logró recuperarse parcialmente, su productividad (y la calidad de sus escritos) ya no volvió a ser la misma.

Se le recuerda especialmente por dos creaciones. Por un lado, están los supertanques autoconscientes conocidos como Bolos, que se hicieron tan populares en el campo de la ciencia ficción militarista que a los cuentos y novelas propios (recopilados en tres libros) hay que sumar hasta trece títulos más, con participantes como David Weber (Honor Harrington) o William H. Keith (Battletech). Por otro, las cómicas peripecias del diplomático Retief, protagonista inicialmente de varios cuentos publicados a lo largo de toda una década en If y a la postre diecinueve libros entre antologías y novelas.

De entre el resto de su producción, destaca quizás la serie del Imperio que ahora nos ocupa, iniciada con la novela (breve) “Mundos de Imperio” (“Worlds of the Imperium”), serializada originalmente en 1961 en Fantastic Stories of Imagination y publicada a al año siguiente en un Double de ACE con otra novelita de Marion Zimmer Bradley.

El planteamiento es sin duda lo mejor de la historia. Laumer propone un multiverso, accesible mediante unos curiosos vehículos, con la peculiaridad de que en su mayor parte está ocupado por una mancha de destrucción (Tierras arrasadas, envenenadas o directamente destruidas). En este panorama de desolación aparecen tres microzonas de estabilidad, las manchas insulares. La Cero es sede del Imperio: un mundo que divergió del nuestro hará unos cuatrocientos años, pero que muestra las verdaderas diferencias a partir de 1879, con la invención de la tecnología de transporte interdimensional (los errores cometidos en otra realidades paralelas explican en principio la desolación de la Mancha).

La Mancha Insular Dos es un mundo casi asolado por una guerra nuclear, en la que un dictador controla con mano férrea lo que queda en pie desde su palacio en Algeria. La Mancha Insular Tres es la nuestra, y es donde un comando del Imperio secuestra a Brion Bayard, diplomático estadounidense destinado en Estocolmo (y antiguo militar; todo ello a imagen del propio Laumer), y lo conduce al Imperio (bajo el control de una unificación de las dinastías Windsor y Habsburgo), un lugar que, salvo por la tecnología interdimensional, se encuentra curiosamente estancado en un nivel de desarrollo tecnológico y social similar al vigente con anterioridad a la (nuestra) Primera Guerra Mundial.

Tras unos malentendidos iniciales, los agentes del Imperio acaban revelándole para qué lo quieren: Bayard es el doble exacto del dictador de la Mancha Insular Dos… y desean enviarlo allí para que lo asesine y sustituya, previniendo así que su régimen se extienda por el multiverso.

A partir de aquí la novela asume por completo las convenciones del romance ruritanio, a imagen de “El prisionero de Zenda”, de Anthony Hope (1894), aunque al contrario que con otros títulos como “Estrella doble“, de Robert A. Heinlein, la imitación no se limita a la trama del doble (justificada en este caso mediante los mundos paralelos), sino que tenemos incluso una sociedad tardodecimonónica, que despierta en Bayard el anhelo romántico por unos tiempos más simples y más “inocentes”.

Esto, unido a la repudia a la desolación nuclear de la Mancha Insular Dos, emparenta “Mundos de Imperio” con todas las obras de ciencia ficción de los años cincuenta y sesenta que se mostraron horrorizadas con la bomba atómica, proponiendo en su caso, ingenuamente, un retorno idealizado al mundo previo a las Guerras Mundiales (obviando, por supuesto, todos sus defectos y desigualdades). La sutileza y la autocrítica no son, desde luego, el fuerte de Laumer, y pronto queda claro que esta novela está más cercana en espíritu al pulp de los años treinta que a la New Wave que estaba perfilándose en el horizonte.

Bayard es, por supuesto, un héroe de una pieza, casi ridículo (desde una perspectiva moderna) en su increíble eficiencia y saber estar en cualquier situación (justo el tipo de personaje que Brian Aldiss ridiculizaría en 1964 en “Los oscuros años luz“). ¿Que toca pelear con una espada? Tan bien como el mejor. ¿Que toca batirse en duelo con un experto? Ahí está él, más chulo que un ocho. Lo peor, sin embargo, está por llegar, porque es llegar a la Mancha Insular Dos y transformarse en una historia de intriga ramplona, que evita como la peste cualquier atisbo de complejidad narrativa o temática.

Esa falta de ambición para explorar en lo más mínimo las implicaciones de la existencia de dobles exactos, con comportamientos, valores y ética muy diferentes convierte incluso en una broma de muy mal gusto la inclusión como personaje secundario de un Hermann Goering alternativo al servicio del Imperio. El nazismo es un tema que no conviene ni rozar si no tienes algo significativo que decir al respecto. Similar nivel de “profundidad” tiene su perspectiva sobre la guerra nuclear (hasta el punto de que no parece siquiera tener muy claro cómo funcionan las bombas atómicas).

“Mundos de Imperio” deviene así en poco más que una fantasía de autorrealización; idea que cobra todavía más visos de plausibilidad por los grandes paralelismos existentes entre las biografías de Bayard y del propio Laumer. Es una historia tan, tan pulp que resulta casi ridículo pensar que se publicó en 1961. El planteamiento del escenario es sugerente, pero cualquier mérito queda malogrado por lo que después hace con él, quedando la historia reducida a la categoría del entretenimiento más irrelevante.

Al parecer, las cosas mejoran con la segunda novela del Imperio, “Al otro lado del tiempo” (“The other side of time”, 1965), que sí parece cumplir con las promesas planteadas por el escenario (aunque como no la he leído todavía, no puedo juzgarlo personalmente). Hubo una tercera novela, “Assigment in nowhere”, de 1968; y aun una cuarta, en 1990, ya en plena decadencia de Laumer como escritor, titulada “Zone Yellow”.

Otras opiniones:

~ por Sergio en noviembre 3, 2020.

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