El juego de las maldiciones

Clive Barker había irrumpido en 1984 como un ciclón en el panorama de la literatura de terror con sus Libros de Sangre, tres antologías (posteriormente ampliadas a seis) que redefinieron el género y se convirtieron en la piedra de toque del splatterpunk, la corriente en auge que recurría a la plasmación gráfica de la violencia, la sangre y el sexo para impactar a los lectores, renunciando a la sugerencia (terror) en favor del horror suscitado por lo evidente.

En otros autores, esto se convierte en una mera excusa para acumular cuantas más descripciones grotescas mejor, sin otro propósito que sacar al lector a golpes de su zona de comfort. Barker, sin embargo, lo utilizaba para poner claramente de manifiesto conflictos sociales y personales subyacentes, explicitando un horror a menudo oculto bajo los convencionalismos en estallidos sangrientos, profundamente metafóricos, cercanos incluso al surrealismo e imposibles de ignorar.

No es de extrañar, por tanto, que se esperara con gran expectación su primera novela, que llegó en 1985 bajo el título de “El juego de las maldiciones” (“The damnation game”) y pronto recibió elogios que le valieron, por ejemplo, una nominación al Premio Mundial de Fantasía. En esta primera incursión en las distancias largas, sin embargo, se aprecia mucha mayor contención que la exhibida en relatos como “El tren de la carne de medianoche”, “En las colinas, las ciudades” o “Rex Cabezacruda”. Sus trasgresiones son más sutiles. Busca más incomodarnos mediante la ruptura de tabús (tocando temas como el sexo, la muerte, la drogadicción, el suicidio, la nigromancia, la pedofilia…) que a través de la crudeza de sus descripciones, y aunque triunfa a menudo en su propósito, el resultado final es tal vez más convencional de lo esperado en un autor señalado como renovador.

El estilo de Barker, sin embargo, se aparta del más populista y bestsellero que primaba al otro lado del Atlántico (con autores como Stephen King, Peter Straub, Dean Koontz o Robert McCammon), logrando imprimir a toda la historia de una atmósfera de decadencia que compensa en parte lo contenido de su propuesta y los ocasionales bajones de ritmo en que incurre.

El protagonista de la historia es Marty Strauss, un convicto al que se le ofrece la oportunidad de gozar de cierta libertad participando en un proyecto piloto, como chófer (y guardaespaldas) de un misterioso ricachón, Joseph Whitehead. Pronto descubre que el trabajo no es tan inocente como parecía, porque hay fuerzas malignas que se ciernen sobre el anciano, reclamando el pago de una deuda contraída cuarenta años atrás, en las ruinas de la recién liberada Varsovia, con una figura mefistofélica conocida como Mamoulian (autodesignado como el Último Europeo). Poco a poco toda esa malevolencia va convergiendo en torno a Whitehead, arrastrando a Marty, al señor Toy (mano derecha del anciano) y a su heroinómana hija Cary, acosados por el vengativo Mamoulian y Anthony Breer (el Último Tragasables), un asesino pedófilo, devuelto a la vida por este para servirlo en sus propósitos.

Barker sale razonablemente bien librado de su primera incursión en la novela, aunque “El juego de las maldiciones” queda lejos de sus mejores trabajos. En particular, adolece de una molesta carencia de foco, algo fundamental en cualquier historia de terror, donde no importa tanto lo que ocurre como lo que estos acontemientos implican o sugieren. Así, tenemos una tímida aproximación a las adicciones (ludopatía, drogadicción, dinero y poder incluso) y una todavía más vaga exploración del erotismo, de un modo que nunca queda claro qué está intentando transmitir el autor.

Conociendo ciertos datos biográficos, su carrera en general y de forma particular sus obras inmediatamente posteriores, es posible realizar una reinterpretación de la clásica trama de pacto fáustico como la venganza de un amante despechado, aunque las tensiones homosexuales apenas quedan insinuadas (y su sublimación en la heterosexualidad rampante de Marty resulta muy poco convincente). Son temas que serían centrales y aportarían mucha más coherencia a títulos como “Hellraiser” (1986) o “Cabal” (1988).

En “El juego de las maldiciones” da la impresión de que existe un rico trasfondo deseando emerger, pero que el autor, por alguna razón, reprime, privando así a la historia de buena parte de su potencia y, sobre todo, de una brújula que permita orientar y darle sentido al conjunto (la proclama de Mamoulian como el Último Europeo, por ejemplo, una vez conocida su historia, queda en una anécdota hueca, que significa tan poco que es algo que raramente se menciona siquiera en las reseñas).

Hay en “El juego de las maldiciones” imágenes poderosa; casi todo lo que tiene que ver con la capacidad de Mamoulian para controlar a los muertos, por ejemplo; así como descripciones y pasajes meritorios (casi todo lo que tiene que ver con Breer). Se aprecia, además, un trasfondo embrionario del conflicto entre la ambición y el amor, de traiciones, secretos, fingimientos y apariencais que hubieran podido elevar la novela a cotas superiores. El resultado final, sin embargo, se me antoja un poco decepcionante. Me da la impresión de que Barker, en este caso en concreto, no quiso o no supo mojarse, y esa falta de definición acaba condenando la novela a ser menos que la suma de sus partes.

Como apunté al principio, sin embargo, los votantes del Premio Mundial de Fantasía la destacaron como finalista en un año particularmente proclive al género de terror, donde se premió a la novela debut de Dan Simmons, “La canción de Kali”, siendo igualmente finalista Anne Rice con “Lestat el vampiro”. Dos años después, a raíz de su publicación en los EE.UU., obtuvo una nominación en los inaugurales premios Bram Stoker a primera novela (que ganó Lisa W. Cantrell con “The manse”).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en octubre 14, 2020.

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