Seveneves (Siete Evas)

Siete años después de la monumental “Anatema“, Neal Stephenson volvió al hard con la palindrómica “Seveneves”, tal vez la novela definitiva sobre colonización espacial en el futuro cercano. Una novela que arranca por todo lo alto con la destrucción de la Luna por una fenómeno inexplicable (quizás intencionado), y sigue elevando las apuestas a partir de ahí.

En algún momento de los próximos años, con la Estación Espacial Internacional (ISS, o Izzy para los amigos) acoplada a un asteroide capturado recientemente (Amaltea), la especie humana se enfrentará a la extinción, con un plazo de apenas dos años para otorgarse una oportunidad de supervivencia, que pasa por la colonización a gran escala de la órbita terrestre… con los recursos tecnológicos que ya están a nuestra disposición (o que se esperan para los próximos años).

Los siete fragmentos originales en que se fracturó la Luna, por efecto de las pequeñas inestabilidades orbitales, pronto comienzan a rozar entre sí y fragmentarse, en un proceso de dinámica exponencial que acabará produciendo primero la lluvia sólida (una persistente lluvia de meteoritos sobre la Tierra) y finalmente el Cielo Blanco, el día en que una pequeña alteración provocará la caída simultánea sobre nuestro planeta de un pequeño porcentaje de la masa lunar original, suficiente sin embargo para elevar la temperatura de la atmósfera hasta el punto de calcinar la tierra y evaporar los oceános.

Stephenson centra la atención en un amplio elenco de personajes, mientras los gobiernos del mundo se ven obligados a lidiar con el problema de la aniquilación inminente, diseñando un plan desesperado para convertir la Estación Espacial Internacional en un Arca Nube, con capacidad para salvar a cinco mil seres humanos (junto con una extensa biblioteca genómica), que podrán restaurar la vida en la Tierra cuando milenios después la temperatura haya descendido lo suficiente como para hacerla habitable (tras un considerable esfuerzo de terraformación). Así, tenemos por ejemplo a Doc Dubois, un científico mediático (un apenas disimulado Neil deGrasse Tyson) que alberga serias dudas sobre le viabilidad del proyecto (lo considera un placebo para apaciguar la angustia existencial de los miles de millones de personas sentenciadas), pero que aun así acaba trabajando en el proyecto. O también a Dinah e Ivy, las dos comandantes de Izzy en el momento de la catástrofe. Y muchos, muchos más, que van sumándose al esfuerzo, bien sea en órbita o desde la superficie, por lograr lo imposible, en una empresa que (la propia sinopsis oficial nos lo revela) está condenada a cierto grado de fracaso.

Si de algún modo se puede definir “Seveneves” es como un cruce entre una épica de la conquista espacial y la novela catastrofista definitiva. Neal Stephenson hace uso de todos sus conocimientos en la materia (que son tan detallados como amplios, pues toda la planificación surge a raíz de su labor como miembro fundador de Blue Origin, la empresa aerospacial de Jeff Bezos (donde estuvo trabajando a tiempo parcial hasta el 2006). Así, todo, absolutamente todo lo que tiene que ver con el proyecto espacial tiene ese halo de verosimilitud que lo hace fascinante, incluso cuando le puede la emoción y la narración deviene en excesivamente técnica. Básicamente, Stephenson nos está diciendo que, en caso de extrema necesidad (o si hubiera voluntad política), podríamos iniciar ya la colonización del espacio cercano (sobre todo si se relajan un poco los parámetros de seguridad).

La construcción del Arca, la gestión del Enjambre, la expedición de Sean Probst (alter ego del propio Bezos, o tal vez de Elon Musk) a la captura de un cometa para proporcionar propelente al Arca… Todo ello resulta tan evocador que logra disimular las (a veces graves) carencias de la narración en otros aspectos. Así, toda la novela se muestra curiosamente fría para una historia que involucra la aniquilación del 99,9999% de la humanidad (en realidad más, porque los planes nunca salen como estaban previstos). Todos los personajes son del tipo intelectual. No hay espacio para las emociones, y así momentos como el del Cielo Blanco, que sobrecogen por sus implicaciones, quedan curiosamente atenuados.

De igual modo, la trama política resulta casi infantil en su sencillez y en la poca resolutividad que muestran los personajes (cuando no conviene). Da la impresión de que el autor no está cómodo (o interesado) con esa parte de la historia, y llega incluso a elidir subtramas enteras que podrían clarificar dinámicas que se nos presentan como fait accompli. Tan solo queda claro el desprecio de Stephenson por los políticos y por la política en su conjunto, representada en Julia Bliss Flaherty, la presidenta de los EE.UU., que acabará siendo una de las Siete Evas de la humanidad (¿Y tal vez respresentando esa tara fundacional que acaba estropeando lo que la ciencia gestionaría con eficacia?).

Otra carencia de la novela la encontramos en su extraña estructura. El libro está dividido en tres partes que no son equivalentes. La mayor parte nos muestra los esfuerzos que median entre la destrucción de la Luna y la Lluvia Blanca, por un lado, y luego entre este momento y el establecimiento de la colonia fundacional del futuro en un hueco protegido del mayor fragmento que resta de nuestro satélite (tras una serie de catástrofes, disensiones, accidentes y proezas de ingeniería que dejan al remanente de humanidad, siete mujeres, frente al reto de reconstruir, si es que nos lo merecemos, nuestro futuro).

A partir de ahí, da un salto gigantesco de cinco mil años y nos presenta el resultado, justo en el momento en que empieza a ser factible recolonizar la Tierra. Por efecto fundador, la humanidad (espacial) se ha dividido en siete razas (con cierto número de subrazas), proveniente cada una de las modificaciones genéticas a las que se sometieron cada una de las fundadoras. En el apartado técnico, Stephenson sigue maravillándonos con las obras de megaingeniería que plasma, como el superascensor espacial compuestos por el Ojo y la Cuna o el competidor Gnomón, que amplía y mejora sus prestaciones y alcance.

A nivel político, sin embargo, sigue siendo un tanto decepcionante cómo no es capaz de imaginar nada más allá de la reiteración de un enfrentamiento de bloques; y por lo que respecta a la biología… Digamos que todo el rigor que aplica cuando toca tratar ingeniería y mecánica orbital lo abandona al hablar de genética poblacional, evolución dirigida y efecto fundador. De hecho, da la impresión de que esta parte de la novela se encuentra a medio cocer. Tanto por lo que se refiere al planteamiento como en su exploración de otros posibles supervivientes a la catástrofe, que optaron por soluciones diferentes para enfrentarse a la Lluvia Sólida y el Cielo Blanco, y los problemas derivados del reencuentro entre las ramas divergentes de la humanidad.

Había ahí un potencial enorme, incluso lo suficientemente amplio como para producir dos o tres novelas más, pero Stephenson lo desaprovecha. No sé si se debe a que perdió el interés, o a que a él mismo no le terminó de cuadrar el escenario que dibuja, pero en este caso resulta paradójico que haya llamado al libro “Siete Evas”, en referencia al fragmento menos conseguido de la historia (y constituyendo además un spoiler del resto).

En el computo global, sin embargo, las virtudes superan ampliamente en mi opinión los defectos, y “Seveneves” se erige en una obra monumental, imprescindible para contemplar las posibilidades que la exploración (y explotación) del espacio (desde la iniciativa privada, ya que la pública se ha mostrado inoperante) abre en el futuro inmediato (con suerte, sin una supercatástrofe de por medio, aunque nunca se puede dar nada por supuesto).

En 2016, “Seveneves” fue finalista del premio Hugo, que acabó conquistando N. K. Jemisin por “La quinta estación” (las tres, incluyendo “Un cuento oscuro” de Naomi Novik, más que dignas candidatas, aunque considero que en esta ocasión los votantes acertaron plenamente al destacar la originalidad de Jemisin). De igual modo, quedó segunda en la votación de los Locus (por detrás de “Misericordia Auxiliar”, de Ann Leckie) y fue finalista del John W. Campbell Memorial Award que conquistó Elenanor Lerman con “Radiomen”. El que sí conquistó, y muy merecidamente, fue el premio Prometheus (tercero para Stephenson).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en septiembre 16, 2020.

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