El sótano

La literatura de terror se hizo superventas en los años setenta, a la estela primero de “El exorcista“, de William Peter Blatty (1971), y posteriormente de Stephen King (empezando con “Carrie” en 1974). Ello propició la aparición de multitud de autores, escribiendo en general dentro del estilo que acabaría llamándose bestseller, que exploraron todas las variantes posibles dentro del género, con casi el único requisito de ser historias eminentemente urbanas y en general contemporáneas (aunque de vez en cuando era admisible retrotraerse treinta años atrás, por lo de aprovechar el ciclo de nostalgia).

Dentro de este abanico de sensibilidades, resultaba inevitable que aparecieran historias que renunciaban prácticamente al horror (como sentimiento de aprensión anticipativa), para volcarse (casi podría decirse que “regodearse”) en el terror, es decir, en el impacto visceral de lo espantoso. Y hablando de vísceras… pues sí, qué caramba, también encontraba lícito (e incluso imprescindible) el centrar la narración en los aspectos más explícitos, en el gore, buscando la reacción empática del lector. Por ello, aunque este tipo de literatura empezó a cultivarse a partir de 1980, en 1986 fue cuando recibió un nombre: splatterpunk (a imitación del archipopular cyberpunk, que estaba revolucionando la ciencia ficción).

Dentro de la etiqueta amplia del splatterpunk, sin embargo, hay grados y grados. Están, por ejemplo, las descripciones gráficas del recientemente fallecido Jack Ketchum, que pese a todo sirven de colofón a una narración que va construyendo la tensión del modo tradicional, recurriendo como el que más al lento incremento horror anticipativo; por otro lado tenemos a quien posiblemente sea al autor más destacado de la corriente, el británico Clive Barker, que revolucionó el género con los muy explícitos (a nivel tanto hemoglobínico como sexual) “Libros de sangre” (1984-1985) o novelas (y también películas) como “Hellraiser” o “Razas de noche“; y luego tenemos a Richard Laymon…

Richard Laymon irrumpió en el mercado con la novela “El sótano” (“The cellar”) en 1980, que si por algo se caracteriza es por ir derecha al meollo, saltándose cualquier paso previo. Bueno, por eso y por su clara intención de traspasar cualquier límite, haciendo que parte de la narración se efectúe desde el punto de vista de un pederasta asesino, deteniéndose en la plasmación escrita de sus desmanes justo en el límite de lo que podría empezar a considerarse pornografía infantil. Esa es otra de las señas de identidad de Laymon, la explotación absolutamente desvergonzada del binomio sangre/sexo, que suele hacer su aparición en la historia cuanto antes mejor.

La historia es… no tanto simple como directa. Nos cuenta cómo Donna y su hija Sandy huyen precipitadamente de su casa cuando se enteran de la salida de prisión de Roy, el ex marido de la primera y padre de la segunda… de la que abusó sexualmente. Así, mientras este se dedica a buscarlas, dejando un rastro de muerte y depravación a su estela, madre e hija acaban atrapadas en un pueblecito de California llamado Malcasa Point, sede de la tristemente afamada Casa de la Bestia, donde desde hace décadas se vienen sucediendo una serie de misteriosos y brutales asesinatos.

Justo esto es lo motiva el segundo (o tercer) hilo de la trama, pues Larry, una antigua víctima de la mítica bestia, que logró escapar de ella cuando niño (un amigo suyo no tuvo tanta suerte), se ha hecho con la ayuda de Judge (Judgement), una especie de Equipo A de un solo hombre, empeñado en solucionar expeditivamente casos criminales particularmente crueles en modo justiciero. Al final, está claro que Donna, Sandy, Larry, Judge y Roy acabarán de algún modo en la Casa de la Bestia, enfrentados al macabro misterio que la rodea.

Por el camino, Laymon nos ha ofrecido algo de sexo, sadismo por parte de Roy (contra adultos y, sobre todo, una niña pequeña a la que rapta y viola repetidamente) y ya hacia el final un pequeño toque fantástico y algo de bestialismo grotesco. Dejando de lado estas cuestiones (si te pones a leer a Laymon, ya sabes dónde te estás metiendo), lo cierto es que la mayor virtud de la novela constituye al mismo tiempo su mayor debilidad; y es que “El sotano” tiene un ritmo endiablado, en el que todo ocurre muy, muy rápido, sin dejarte tiempo para aburrirte. Claro que esto se logra dejando la psicología de los personajes reducida al más fino cascarón, convirtiéndolos a menudo en estúpidos sin remedio y confiándolo todo al azar (y a nuestra buena voluntad para tragarnoslo todo, porque Roy, por ejemplo, con su actitud desordenada y su incapacidad para contener los impulsos, solo puede permanecer libre por más de medio día gracias a la increíble ineptitud de todos los servicios policiales del mundo).

Pese a esto, la novela, mal que bien, se sostiene, he incluso llega a presentar un personaje sugerente (Judge, del que se podría haber sacado mucho mayor partido). Podría incluso argumentarse que exhibe una somerísima autorreflexión en torno a la fascinación por la violencia, plasmada en los grupos de turistas que pagan fascinados por visitar una atracción de tan poco gusto como la Casa de la Bestia. A la postre, sin embargo, todo eso queda muy lejos de las intenciones del autor, que sabe perfectamente lo que está ofreciendo y a qué público se está dirigiendo.

Se podría argumentar que hay cierto mérito en esto de ofrecer emociones básicas (terror, fascinación, asco…), sin complicaciones, y desde luego hay mercado para ello (al igual que pueden convivir sin problemas los restaurantes con las franquicias de comida rápida), pero lo que no tiene mucha justificación, se mire como se mire, es lo que hace con los dos últimos capítulos, donde tira por la borda todo lo que ha estado (más o menos) construyendo para solucionar el clímax en dos pinceladas gruesas, cuya única “virtud” es dejarlo todo abierto para futuras secuelas (y, tal vez, subvertir las expectativas del lector, aunque mucho me temo que una intención tan sutil estaba muy lejos de las intenciones del autor).

En efecto, la secuela no se demoró mucho (gracias al éxito y a los seguidores que empezó a amasar Laymon… en Europa, porque el público americano no tardó en volverle la espalda). En 1986 se publicó “The Beast House” y doce años después, en 1998, “The midnight tour”, cerrando aparentemente la trilogía… hasta que se publicó póstumamente, en 2001, la novela corta “Friday night in the Beast House”, que tal vez hubiera sido descartada por el propio autor y recuperada por sus herederos para aprovecha el tirón de la consecución del premio Bram Stoker por “El espectáculo del vampiro” ese mismo año, muy poco después de su fallecimiento por un infarto. En conjunto, los cuatro libros conforman las Crónicas de la Casa de la Bestia, aunque solo el primero ha sido traducido al español.

Otras opiniones:

~ por Sergio en agosto 27, 2020.

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