El carruaje fantasma y otras historias sobrenaturales

Amelia B. Edwards es una de esas escritoras victorianas tremendamente populares en su época y hoy prácticamente olvidadas, al menos en su faceta literaria, pues es reconocida como una de las fundadoras de la egiptología inglesa, siendo de especial relevancia su libro de viajes “Mil millas Nilo arriba”, que en el momento de su publicación (1877) supuso un fuerte impulso al interés popular por el antiguo Egipto.

Es un título que sigue vendiéndose (y traduciéndose hoy en día). Sus novelas, sin embargo, no corrieron la misma suerte, y de hecho lo que ha pervivido es una faceta secundaria (si bien consistente) de su producción: los cuentos de fantasmas que fue publicando a lo largo de los años, cumpliendo sobre todo la tradición victoriana que los vinculaba con la Navidad; y más específicamente uno de ellos, “El carruaje fantasma”, que es integrante habitual de antologías dedicadas a esta manifestación cultural.

La compilación que propone La Biblioteca de Carfax consiste en siete de la docena y pico de relatos de fantasmas  que produjo entre 1860 y 1873, empezando por el que le da título, que apareció originalmente en 1864 en el suplemento navideño de All the Year Round, la revista fundada por Charles Dickens en 1859; otros textos provienen de las antologías Routledge’s Christmas Annual, que se fueron publicando más o menos entre 1865 y 1880; y todos ellos, menos el cuento homónimo, formaron parte de su segunda antología, publicada en 1873 bajo el título “Monsieur Maurice: a new novelette and other tales” (junto con otros dos cuentos y la novela corta inédita, que no forman parte de esta compilación).

En resumidas cuentas, “El carruaje fantasma y otras historias sobrenaturales” se compone de los relatos: “El carruaje fantasma” (1864), “Una noche en los confines de la Selva Negra” (1871), “En el confesionario” (1871), “Una misión peligrosa” (1869), “El expreso de las cuatro y cuarto” (1866), “La historia de Salomé” (1867) y “El Paso Nuevo” (1870), siendo todas ellas narraciones en primera persona, en la que los hombres protagonistas rememoran para beneficio del lector una experiencia de su pasado, en la que la aparición de lo sobrenatural tiene generalmente un pequeño pero crucial papel.

A ese respecto, son cuentos de fantasmas muy, muy clásicos, con una más que evidente influencia de la literatura gótica, el romanticismo y casi con toda seguridad el schauerroman (literalmente, novela de estremecimientos, la variante gótica alemana, usualmente más explícita que la británica), que llegó a ser muy popular en Inglaterra. La aparición del espectro es casi siempre sutil, hasta el punto que la sensación de horror (o más que horror, intranquilidad metafísica) surge de la progresiva toma de conciencia de los protagonistas de que se encuentran (o se encontraron) en presencia de lo sobrenatural. Es, por supuesto, una táctica que pierde mucho si el lector ya está predispuesto a encontrarse con una historia de fantasmas, y dado que Amelia Edwards huye casi siempre de las descripciones efectistas, tal vez puedan parecer un poco sosas al gusto moderno.

Esta carencia la suple gracias a la ambientación, pues casi siempre ubica sus historias en entornos exóticos (para el lector británico de la época), que describe con todo lujo de detalles (como consumada viajera y escritora de libros de viajes que fue). Ese toque confiere a los textos un sabor especial, que los hace trascender de meros relatos de fantasmas para convertirse en algo más, y que enlaza de hecho con la ficción de autores posteriores como Algernon Blackwood. Y es que en muchos sentidos el estilo de Amelia Edwards se percibe como un puente entre las viejas sensibilidades góticas y el cuento de fantasmas tardovictoriano, desarrollado ya hasta su cenit por autores como Blackwood (y la mística de las cumbres que exhibe, por ejemplo, en “The centaur“) o, sobre todo, M. R. James (“Historias de fantasmas de un anticuario“).

Así, mientras que algunos de sus fantasmas se contentan con estar simplemente ahí, en recuerdo metafísico de algún acontecimiento terrible, otros exigen atención, previenen de algún peligro, sirven de premonición ominosa o constituyen el núcleo central de un misterio. El cuento más moderno, y tal vez el más elaborado, se me antoja “El expreso de las cuatro y cuarto” (casualmente, también es quizás el menos morboso), con una de las primeras manifestaciones modernas del arquetipo de investigador (amateur) de los sobrenatural, lo que empareja a Amelia Edwards con otra gran escritora contemporánea de historias de fantamas: Charlotte Riddell (“La casa deshabitada“).

Edwards es, sin embargo, más clásica, más apegada a las viejas convenciones góticas. En una época en la que otros autores, como Sheridan Le Fanu (“Carmilla“), iban buscando renovar el género, siguiendo los dictados populares de la novela sensacionalista (un estilo que también cultivó, por ejemplo, Mary Elizabeth Braddon), Amelia Edwards apuesta más por lo atmosférico, por introducir sutilmente la anormalidad en un contexto lo más realista posible, hasta el punto que en algunos casos, como en “Una misión peligrosa” o “Una noche en los confines de la Selva Negra”, es difícil precisar si son historias de fantasmas con un fuerte tratamiento literario o relatos de otros géneros (histórico militar, de bandoleros…) en el que la aparición fantasmal es solo un elemento enfático.

En otras palabras, es fiel seguidora de los principios establecidos por Ann Radcliffe en cuanto a potenciar el horror, ese sentimiento opresivo, sofocante, premonitorio, antes que el impacto brusco del terror, aunque al contrario que aquellas cultivadoras originales del género gótico, sus fantasmas son muy reales… o, al menos, lo son como experiencia subjetiva del narrador, aunque en ocasiones los acontecimientos posteriores constituyen una prueba de su existencia y en uno de los cuentos, “El confesionario”, la trama se centra precisamente en lo singular de una experiencia compartida, aunque solo entre dos personajes. Todo ello, sin duda, con el objetivo de potenciar la verosimilitud, pues ese es el juego que plantea el lector: abrir un resquicio para que en el mundo cotidiano pueda colarse, apelando a un mínimo de suspensión de la incredulidad, lo sobrenatural.

Otras opiniones:

~ por Sergio en julio 25, 2020.

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