Parque Jurásico (novela)

En la confluencia entre la literatura popular moderna (el bestseller) y la ciencia ficción, se fue desarrollando desde los años sesenta un subgénero híbrido, que aderezaba el suspense con detalladas descripciones de carácter técnico. Este género, con el tiempo, empezó a etiquetarse como techno-thriller, y la principal figura en su desarrollo y crecimiento fue sin duda Michael Crichton.

Entre sus características principales, cabe señalar que el techno-thriller presenta narraciones contemporáneas al momento de publicación, con lo que a cualquier elemento especulativo presente debe dotársele de cierta aura de plausibilidad, lo que se consigue mediante el uso exhaustivo de terminología técnica e incluso en ocasiones gráficas, tablas de datos y referencias, no siempre fidedignas. A ese respecto, aunque ya sus primeras novelas de suspense criminal (publicadas bajo seudónimo) incluían elementos propios del techno-thriller, es con “La amenaza de Andrómeda”, en 1969, que arranca un estilo que fue perfeccionándose en los años siguientes (“El hombre terminal”, 1972; “Congo”, 1980; “Esfera”, 1987) hasta culminar con su consagración definitiva en “Parque Jurásico” (“Jurassic Park”, 1990).

Hablar hoy en día de “Parque Jurásico”, la novela, resulta imposible sin hacer referencia a su adaptación cinematográfica de 1993, dirigida por Steven Spielberg, que se convirtió en la película más taquillera de la historia (hasta ser superada en 1998 por “Titanic”) y, básicamente, inició la era de los efectos especiales digitales. La saga Jurásica, tras seis libros y cinco películas (con otra más en camino) e infinidad de videojuegos, sigue de plena relevancia cultural (o cuando menos económica, con más de 7.000 millones de dólares generados), y en buena medida es uno de esos casos en los que la vertiente audiovisual ha eclipsado los orígenes literarios.

A grandes rasgos, la película sigue con fidelidad la trama de la novela, aunque hay discrepancias sustanciales en la caracterización (e incluso destino) de ciertos personajes, así como el libro incide más en la posibilidad de que hayan escapado dinosaurios del parque. Por si alguien ha vivido los últimos treinta años debajo de una piedra, “Parque Jurásico” narra la visita de un grupo de consultores expertos a una isla costarricense, donde el emprendedor millonario John Hammond ha creado un parque de atracciones revolucionario, donde mediante ingeniería genética han devuelto a la vida a varias especies de dinosaurio (más del cretácico tardío que del jurásico, por cierto).

Pronto, sin embargo, todo empieza a descontrolarse (tal y como había vaticinado el matemático Ian Malcolm), y lo que parecía un parque zoológico perfectamente controlado se revela como un desastre mortal, en la que todos los presentes deberán esforzarse por sobrevivir ante el acoso de algunos de los mayores depredadores de la historia del mundo, como el tiranosaurio o el velocirraptor (aunque los especímenes que reciben ese nombre en el libro se corresponden más con Deinonychus, siendo el empleo de la nomenclatura alternativa, real pero muy minoritaria, una licencia narrativa).

El estilo de Michael Crichton es tremendamente ágil, con una miríada de escenas ultracortas que no conceden ni un respiro, saltando de una a otra con un ritmo cinematográfico que traiciona el origen de la historia como un guion de cine. La idea central surge de entremezclar dos ideas, por un lado una adaptación de “Almas de metal”, la película sobre una parque de atracciones robótico que se descontrola que Michael Crichton escribió y dirigió en 1973. Con posterioridad, Crichton empezó a trabajar en un guion sobre un estudiante de biología que recrea a un dinosaurio, aunque es un proyecto que no encontró apoyos en su momento.

“Parque Jurásico” se lee pues con facilidad. Michael Crichton conocía perfectamente su oficio, y así no es de extrañar que los derechos de adaptación se subastarán por una cifra realmente escandalosa (1,5 millones) antes incluso de ser publicado. He de decir, sin embargo, que constituye uno de esos caso en los que la película es mejor, y lo es fundamentalmente por dos razones.

Para empezar, está el talento de Spielberg para crear tensión utilizando el lenguaje visual que la novela trata de evocar. Casi todas las escenas con dinosaurios son diferentes, y quitando de aquellas que no pudieron recrearse por cuestiones técnicas (lo que hizo que el número de especies en la película fuera mucho menor), el diseño cinematográfico es mucho mejor. Además, está la cuestión de la filosofía subyacente, y simplemente la visión tecnófoba de Michael Crichton echa a perder la fascinación que debería suscitar ver animales extintos tan formidables andando de nuevo sobre la Tierra.

Aquí he de hacer mención de una de las debilidades intrínsecas del techno-thriller, al menos para los lectores habituales de ciencia ficción, y es que habitualmente genera su suspense apoyado en el miedo a la ciencia (y a sus frutos). Es el mal denominado “complejo de Frankenstein” (porque el error de Victor Frankenstein no fue crear vida, sino desentenderse moralmente de ella), que viene a expresarse como que “hay cosas que el ser humano no está preparado para conocer”.

“Parque Jurásico”, la novela, es profundamente ludita, y el pensamiento de Crichton, puesto en boca de Ian Malcolm, demuestra que el autor ni entiende ni aprecia la ciencia, lo cual no deja de ser irónico, pues basa el atractivo que pueda ejercer el libro en la fascinación por la tecnología de vanguardia. Esto, además, no es un caso aislado. Una y otra vez a lo largo de su carrera, Crichton se posicionó en contra de la ciencia, y a la postre casi todos sus techno-thrillers acababan transformados en una fábula moral contra los peligros del conocimiento (aunque declarara advertir en contra del mal uso de la ciencia, lo cierto es que el mensaje anticonocimiento no puede estar más claro, pues considera todo avance como desestabilizador y potencialmente catastrófico). Es una tendencia que llegó a su culmen con la novela anti-cambio climático “Estado de miedo” (2004).

Hablando de ciencia… la ciencia de “Parque Jurásico” es pura fantasía. Toma un tema complejísimo y lo simplifica hasta el extremo de hacerlo sonar plausible, pero en realidad, solo en su descripción del proceso de recuperación, secuenciación, reparación y habilitación de ADN fósil, se queda en la más vaga superficie, obviando los millones de problemas que comportaría un proyecto de esas características (de la “reparación” de huecos con ADN anfibio… mejor ni hablamos). De igual modo, el autor malinterpreta brutalmente todo lo referido a la teoría del caos, pues si tuviéramos que hacer caso de Ian Malcolm todo, absolutamente todo lo que presentara un mínimo de complejidad acabaría autodestruyéndose (por añadidura, el fallo catastrófico en el parque no lo inicia un fallo estructural intrínseco, sino un acto premeditado de sabotaje).

A la postre, sin embargo, eso sería disculpable. Podríamos considerarlo una enorme licencia artística, supeditada a un fin de entretenimiento. Lo que poco a poco va minando mi interés en la historia, y de hecho me hace contemplarla con animosidad, es esa filosofía anticientífica subyacente, que fue incluso lo que condujo a dejar de leer a Michael Crichton unos años después (tras “El mundo perdido”, de hecho). No es solo que estuviera en desacuerdo con su postura, es que me ofendía la vileza de emplear la fascinación por la ciencia como vehículo para denigrarla. Es una contradicción ética que, en mi caso, acabo echando a perder el placer de la lectura (bueno, eso y que a partir de determinado momento parece que los personajes compitan por ver quién hace la idiotez más grande, que el suspense no se sostiene solo).

Mostrando de nuevo un considerable acierto, Spielberg, junto con David Koepp, replanteó el dilema moral del parque, huyendo de ese simplista lema de “la ciencia es peligrosa”, tal y como ya expuse en el ensayo Ética Jurásica.

En 1995, presionado por Spielberg, Michael Crichton escribió una secuela, titulada “El mundo perdido” (en “honor” al clásico de Arthur Conan Doyle), donde no tuvo reparo en resucitar personajes que había matado en “Parque Jurásico”, el libro, pero no morían en “Parque Jurásico”, la película. A nivel narrativo, sin embargo, es mucho peor (hasta el punto de que apenas se uso como base para el guion final), y solo sería destacable por el bueno ojo de Crichton para anticiparse a la crisis de las enfermedades priónicas. Adicionalmente, hay una serie de tres novelas cortas infantiles, escritas por Scott Ciencin y relacionadas con “Jurassic Park III”, así como una novela juvenil, “The evolution of Claire”, publicada por Tess Sharpe en conjunción con “Jurassic World”.

~ por Sergio en julio 21, 2020.

2 comentarios to “Parque Jurásico (novela)”

  1. Lo leí hace un tiempo, tanto que no recuerdo las diferencias con la peli (los protagonistas niños en el libro son más jóvenes tal vez), pero sé que mi impresión fue positiva, un libro entretenido aunque al leerlo muchos años después de haber visto la película tal vez no me generó el mismo placer de leer una historia desconocida. Interesante la crítica que haces desde el tecno triller y el uso de la ciencia o tecnología para generar suspenso, miedo o terror, cosa que el cine hace repetidas veces. No había pensado que eso fuera negativo para la visión o acercamiento de una persona a las ciencias, a su comprensión y disfrute. Saludos.

    • Los personajes cambian un poco. Los niños son algo más jóvenes, y además sus edades están invertidas (en el libro, el niño es el mayor… la niña, una criaja insoportable), Allan Grant es mayor, Ellie Sattler más joven (y, por tanto, la relación entre ambos es totalmente diferente) y Ian Malcolm un tío desagradable. El peor parado, sin embargo, es John Hammond, pues Richard Attemborough lo dotó con una suerte de ilusión infantil que está ausente por completo en el libro (donde encarna la avaricia empresarial). Lo de la visión negativa de la ciencia y el conocimiento es algo que fue resultándome cada vez más molesto, hasta que ya no pude disfrutar de ninguna novela de Crichton. No recuerdo si en su momento hice esa lectura (sí que me di cuenta de que la ciencia no era muy rigurosa, pero es que por entonces ya estaba estudiando biología). Por algún motivo, es muy fácil y atractivo mostrar el conocimiento (y a quienes lo poseen) como algo temible. Hoy sigue siendo un tema recurrente (y, me temo, cada vez lo será más).

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