Música en la sangre

En 1983 Greg Bear publicó en Analog el cuento largo «Blood music», que acabó conquistando los premios Hugo y Nebula, lo que lo motivó para ampliar la historia hasta el tamaño de novela. Así, «Música en la sangre» llegó a las librerías en 1985, obteniendo igualmente un recibimiento entusiasta (aunque tuviera que rendirse finalmente ante el impacto insuperable de «El juego de Ender«, de Orson Scott Card).

La novela empieza en el más puro estilo techno-thriller, con Vergil Ulam, un científico que trabaja en el ascendente campo de la biotecnología, siendo reconvenido por su jefe por utilizar el laboratorio para proyectos paralelos de dudosa ética. Como Vergil es un gilipollas integral (como casi todos los científicos de Bear), en vez de aprender algo, sigue en sus trece y acaba siendo despedido, aunque antes de abandonar las instalaciones se propone salvar su investigación… y no se le ocurre mejor modo que inyectándose en vena los linfocitos modificados genéticamente en los que ha estado trabajando.

Resulta que su experimento tiene algo que ver con aprovechar todo el ADN basura eucariótico (aunque Bear solo considera los intrones) como hardware para crear células inteligentes, que bautiza como noocitos, y no hacen falta muchos sesos para adivinar que meterse un chute de seres inteligentes, aunque microscópicos, no puede llevar a nada bueno. Así que pronto descubre que está empezando a cambiar. Primero son cosas pequeñas, mejoras sin importancia, pero poco a poco van yendo a más, y es entonces cuando empieza a escuchar a los noocitos en su interior, la música que tocan en su sangre.

A partir de ahí la novela cambia espectacularmente de tercio, y se convierte en una notable historia apocalíptica, que detalla la expansión imparable de la infección de noocitos por Norteamérica. Expande el foco para seguir a nuevos protagonistas: Bernard, el ex-jefe de Vergil, que escapa en un jet privado y se autoexilia voluntariamente en un centro de investigación de alta seguridad alemán para ser estudiado; y un puñado de supervivientes a la infección, que sirven sobre todo de testigos de cómo EE.UU. va siendo transformado por una imparable proliferación de lo que un año después Eric Drexler bautizaría en su seminal libro sobre nanotecnología «gray goo».

Pero aún le queda cuerda para rato, porque en otro giro argumental brusco la novela entra en el terreno de la metafísica, ofreciendo en esta ocasión una versión actualizada de «El fin de la infancia» (Arthur C. Clarke, 1953), fuertemente influenciada por la teorías de Teilhard de Chardin (que absolutamente nadie fuera del círculo de escritores de ciencia ficción se toma ni remotamente en serio) e introduciendo uno de los temas fetiche de Greg Bear: la realidad como una función dependiente del observador.

No cabe duda de que «Música en la sangre» es una novela ambiciosa, y sus sucesivos giros argumentales, e incluso tonales, le confieren un tremendo atractivo. En su apreciación, sin embargo, no puedo evitar sentir una profunda ambivalencia, porque por desgracia también hace gala de todos los defectos de Greg Bear como escritor, empezando por lo anodino de sus personajes y siguiendo por su absoluta incomprensión de todo lo que tenga que ver con la ciencia y los científicos (más que científicos, en la novela hay empresarios biotecnológicos, interesados únicamente en la cuenta de beneficios, que perpetúan el arquetipo negativo del complejo de Frankenstein).

Las ideas son poderosas, pero su fundamento es tan poco riguroso que en todo momento amenazan con derrumbarse. Lo peor es que la falta de rigor científico hubiera podido ser un problema menor si el autor no se empeñara en pretender lo contrario, y a tal efecto centrara una y otra vez la atención en la parte técnica de sus especulaciones sin sentido. Es como si no fuera consciente de que eso precisamente supone la principal debilidad de la novela para cualquiera que sepa un poco sobre los temas que trata (y si no, sigue careciendo de un armazón lógico resistente).

Hay que reconocer que Bear estaba al tanto de las ideas que se movían en círculos científicos, y prueba de ello es que se adelantara a la gran publicación divulgativa sobre nanomáquinas arriba mencionada. Por desgracia, trata de apoyar eso en conceptos que apenas comprende, y así nos encontramos, por ejemplo, con que todo cuanto escribe sobre genética carece de sentido. La documentación está ahí (hay elementos de la trama que solo pudieron ser inspirados por «El gen egoísta», publicado por Richard Dawkins en 1976), pero la integración falla, y así la especulación, si es eso lo que buscas en una novela de ciencia ficción, no se sostiene, y amenaza en todo momento con romper el pacto de suspensión de la incredulidad.

Tampoco juega a su favor el que desde entonces otros escritores hayan descrito escenarios similares con mucho mejor estilo literario. Así, la Nueva York transformada por los noocitos evoca ahora inevitablemente el New Weird de «Aniquilación«. En cuanto a la metafísica del último tercio… al basarse en teorías que nunca fueron científicas y constituir más imaginación libre que especulación, palidece ante esfuerzos similares llevados a cabo por autores que sí utilizan un marco lógico coherente (la ciencia) para intentar saltar más allá, como Greg Egan («Ciudad Permutación«, «El instante Aleph«), Peter Watts («Visión ciega«) o Neal Stephenson («Anatema«).

«Música en la sangre» es a grandes rasgos un quiero y no puedo. Muestra a un autor con una gran imaginación, capaz de plantear ideas muy sugerentes, pero sin la capacidad ni literaria ni científica para sacarles partido. Supone, al menos, una lectura ágil, lo bastante alocada como para entretener cuando menos con su potencial (y lo bastante breve como para que cuando se malogran las expectativas suscitadas, el impacto no resulte demasiado negativo).

Aparte de las ya mencionadas nominaciones para el Hugo y el Nebula, «Música en la sangre» fue finalista de los premios BSFA (que perdió contra «Los astronautas harapientos», de Bob Shaw) y John W. Campbell Memorial (donde fue derrotada por «El cartero», de David Brin).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en julio 14, 2020.

4 respuestas to “Música en la sangre”

  1. Lo leía hace unos años después de buscarla eternamente en librerías de viejo. Coincido plenamente. Va de más a menos y divierte lo justo. La parte final también me recordó a El fin de la infancia. La recomendaría solo por el primer tercio y algo del segundo.

    • Yo prefiero el segundo tercio, pero es que mi formación en genética molecular choca demasiado con el primero.

      • Pues yo como ingeniero industrial medio le compré la historia del primer tercio. La segunda está pareja pero con una tema más trillado y el final no me gustó. No me gusta la metafísica y me resulta un como «deus ex machina» cuando aparece.

        • La metafísica, bien tratada, puede ser fascinante (aunque durilla). Recomendaría sin dudarlo todas las obras que enlazo en la crítica, que sí son de ciencia ficción hard. El otro camino es pasar por completo de la ciencia y de cualquier explicación racional, y durante la New Wave hubo títulos muy interesantes al respecto (de Aldiss o Silverberg, por ejemplo). «Música en la sangre», por desgracia, se queda a mitad camino; ni rigurosa, ni completamente imaginaria.

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