Embers of war

Gareth L. Powell es un autor británico que alcanzó el reconocimiento en 2012 con la publicación de “Ack-Ack macaque”, una suerte de postcyberpunk, con elementos de historia alternativa, inspirado en un premiado cuento publicado originalmente en 2008 en Interzone, que se alzó al año siguiente con el prestigioso premio BSFA. Tras dos secuelas, en 2018 cambió de tercio, dando inicio a una trilogía de space opera que se inició con “Embers of war”, y de nuevo se vio recompensado con el BSFA (en competencia, por ejemplo, con “Rosalera“, de Tade Thompson), lo que lo sitúa en un muy selecto grupo de múltiples galardonados con el premio de la Asociación Británica de Ciencia Ficción.

“Embers of war” tiene todos los ingredientes propios de la space opera contemporánea, que se orienta más hacia la aventura que hacia la especulación (aunque recoge elementos, como las naves sintientes, introducidos en décadas previas, dentro de la tradición británica, sobre todo por Iain Banks). Lo que la distingue de esfuerzos similares en los años ochenta y noventa, aparte de una huida bastante acusada de todo cuanto pueda sonar a explicación científica (los viajes subespaciales, por ejemplo, son y punto, y si en ese subespacio las comunicaciones instantáneas están permitidas… pues eso es lo que hay), son los personajes protagonistas, básicamente un grupo de humanos (hay un alienígena, pero apenas tiene relevancia en la trama) rotos por la guerra, que se esfuerzan por cambiar su destino y expiar las culpas del pasado.

Como punto fuerte de este enfoque, estaría la noción de que la propia IA de la nave, la Trouble Dog, replica este patrón tras una atrocidad que se vio obligada a perpetrar durante la pasada Guerra del Archipiélago siguiendo las órdenes de su comandante en jefe (que a su vez acata las instrucciones del alto mando). Una nave de guerra, reconvertida para misiones de ayuda humanitaria bajo la bandera neutral de la Casa de Reclamación, aporta un giro interesante al viejo cliché del soldado desechado que aprende a luchar por una causa justa. Por desgracia, esta intención se queda en la superficie, pues Trouble Dog presenta posiblemente la personalidad más anodina de toda la novela (cuando leí la sinopsis, me esperaba algún tipo de estrés postraumático de su parte, pero no, eso está reservado para otro personaje).

La trama gira en torno a una misión de rescate, acometida justo después de una pifia que ha provocado la muerte del médico de a bordo. La capitana Sal Konstanz (descendiente directa de la fundadora de la Casa de Reclamación) comanda así la que puede ser su último encargo, respondiendo a la llamada de socorro de una nave de pasajeros atacada en un sistema solar caracterizado por la presencia de varias esculturas alienígenas de tamaño planetario. Bajo su mando, una antigua soldado, un nuevo médico inexperto (hasta extremos ridículos) y un mecánico alienígena sin apenas relevancia en la trama. Por el camino, además, recogen como pasajeros a un par de espías, de bandos opuestos en el conflicto, interesados en investigar el accidente y salvar la vida de una pasajera en concreto.

La narración se organiza en capítulos que asumen distintos puntos de vista, el de la Trouble Dog, el de su capitana, el de la pasajera misteriosa, el de uno de los espías y, por último, el de Nod, el alienígena (obsesionado únicamente con cuidar de la nave, mediante un vínculo casi religioso). Por desgracia, la voz narrativa apenas varía de uno a otro (con la excepción de Nod, cuyos capítulos son flujos de conciencia breves y simplones), así que el artificio queda más como una forma de ofrecernos puntos de vista móviles para abarcar cada una de las líneas narrativas (algo especialmente importante con Ona Sudak, la pasajera a la que todo el mundo busca, que oculta un secreto… que acaba desperdiciándose en una revelación prematura), que como una exploración seria de la psicología de cada uno de ellos. Hasta la IA de la nave se percibe como increíblemente plana (después de todo, se formó mediante el cultivo de células cerebrales humanas y caninas, así que tampoco es como si tuviera que pensar de un modo muy distinto, ¿verdad?).

Lo que menos me ha atraído, sin embargo, es el enfoque.

La space opera siempre ha sido, desde los orígenes mismos de la ciencia ficción, un género preocupado por mostrar las esperanzas de los lectores. En la Edad de Oro, esas esperanzas tenían que ver con las fronteras que la ciencia prometía romper, aunque con el paso de los años y las decepciones que se fueron acumulando (esa maldita física que limita brutalmente nuestro radio de acción), la space opera fue desligándose cada vez más de los aspectos científicos y fue derivando hacia una fantasía de ambientación futurista, en la que se asumía más o menos de forma tácita la imposibilidad de lo narrado.

Ello no es óbice, sin embargo, para dejar de explorar esperanzas y temores, y así (dejando de lado el subgénero puramente militarista) la space opera se hizo política, generalmente de izquierdas (“El torreón del cosmonauta“), aunque también hay ejemplos de space opera políticamente conservadora (“La caída del dragón“); se hizo feminista (“Una campaña civil“), se hizo nostálgica (“Titán“), se hizo confortadora (“Última misión Margolia“) y, por último, se hizo social. Hoy en día, buena parte de la space opera contemporánea plasma la materialización de aspiraciones de índole social. No es tanto que el futuro descrito sea utópico, como que los personajes protagonistas representan ese ideal, en medio de un escenario que todavía ha de evolucionar de acorde con esos principios (aunque ya está en camino).

En “Embers of war” tenemos un conflicto entre dos grandes facciones humanas (que a su vez constituyen apenas una porción de la Multiplicidad). Por un lado está la Conglomeración (que representa a defiende a grandes rasgos una política conservadora) y por otro los Exteriores (outwarders), con una postura más progresista (básicamente, la división izquierda-derecha presente desde los inicios mismos de las democracias parlamentarias modernas, aunque con el enfrentamiento entre ambas simplificado como un conflicto más o menos abierto (cuando no hay guerra declarada, la situación es equivalente a la de una guerra fría).

Los tripulantes de la Trouble Dog y la Casa de Reclamación en su conjunto representan una tercera vía. La de quienes están hartos del enfrentamiento y abogan por la solidaridad, intrahumana e interespecífica, como credo vital.

Por desgracia, todo este subtexto está tratado de un modo que casi me atrevería a calificar de infantil. Los personajes, todos y cada uno de ellos, están retratados por medio de sus debilidades casi hasta el punto de la parodia (sin el casi en un caso), y lo que es casi peor, parecen haberse dejado el cerebro atrás junto con las ganas de pelea. Porque una cosa es enfrentarse conscientemente con escenarios imposibles, y otra muy distinta lanzarse alegremente hacia el conflicto esperando que las cosas salgan bien… por azar, supongo.

Y eso ocurre, más o menos. La resolución, muy pobre, no depende apenas de las acciones de los personajes que nos sirven de punto de vista. No hay un gran deus ex machina metiendo la zarpa en ningún momento, pero sí una infinidad de pequeños momentos deusexmachineros, que van erosionando poco a poco todo interés que pueda despertar la novela… al menos en mi caso.

Hace ya varias décadas, Brian Aldiss parodió el personaje típico de space opera de la Edad de Oro con “Los oscuros años luz“. En esa novela, mostró lo ridículo que era un protagonista que era todo fortalezas, sin un ápice de debilidad. Por desgracia, lo mismo es aplicable a personajes que son todo (o principalmente) debilidades. Hace falta un mínimo de capacidad y resolución para salir con bien de una aventura digna de ese nombre, y a la mitad de los personajes de “Embers of war” yo no les otorgaría la capacidad e instinto de autoconservación de un (mítico) lemming.

Sin especulación alguna que dote de personalidad la historia (todos los elementos son básicamente recombinación de conceptos antiguos), y con un desarrollo simplón en el que las cosas van pasando, sin más, hay muy poco en “Embers of war” que me resulte de interés, y confieso que me ha costado acabarla (y me ha dejado sin muchas ganas de abordar “Fleet of knives” o “Light of impossible stars”, las secuelas que completarán la secuencia).

~ por Sergio en junio 28, 2020.

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