Rosalera

Me temo que con mis impresiones para con “Rosalera” (“Rosewater”, 2016-2018), de Tade Thompson, vuelve a ocurrir que me encuentro en minoría. La impresión general con que ha sido recibido (y premiado) este libro ha sido extraordinariamente positiva, y aunque encuentro en él elementos meritorios, en general me ha resultado muy decepcionante. Vaya pues por delante este aviso, y como siempre, si deseáis conocer otros puntos de vista, al final enlazo con algunas de las muchas reseñas que lo ensalzan.

La novela, ambientada en una Nigeria del futuro cercano, nos es narrada por su protagonista, Kaaro, a lo largo de tres líneas temporales intercaladas, un “ahora” de 2066, un entonces que arranca en 2032, pero pronto se asienta en 2055 y, de forma secundaria, un interludio que, mediante capítulos ultracortos, abarca el período entre ambas. Curiosamente, pese a ambientarse en el futuro se posiciona claramente como una realidad paralela, pues el punto de arranque de la trama tiene que ver con la traumática llegada de una entidad alienígena a Londres en 2012. Décadas después, una gigantesca biobóveda alienígena se ha formado en Nigeria, y en torno a ella ha crecido de forma un tanto caótica una ciudad, que recibe el irónico nombre (porque en realidad apesta) de Rosalera.

La llegada de las entidades alienígenas ha provocado además que por todo el mundo determinadas personas sensibles hayan desarrollado capacidades extrasensoriales (explicadas mediante la presencia de una xenosfera compuesta por millones de hifas fúngicas invisibles). Kaaro es uno de ellos, y al tiempo que desarrolla un aburrido trabajo como componente del equipo de seguridad psíquica de un banco (creando interferencias), trabaja en paralelo para la misteriosa Sección 45, una agencia secreta gubernamental (como buscador excepcional y como lector de mentes).

En la trama del “ahora”,  Kaaro recibe el encargo de investigar las misteriosas muertes que se están sucediendo entre los sensibles, mientras tiene que lidiar con los bandazos políticos en la dirección de la Sección 45. En el “entonces” (así como en el interludio), trata sobre sus primeros años, el descubrimiento de sus poderes, su reclutamiento forzoso y sus primeras misiones (con particular atención hacia la investigación de las actividades supuestamente subversivas de la misteriosa Chica de la Bicicleta.

Hay en “Rosalera” dos novelas imbricadas. Por un lado, una historia de espionaje paranormal, que me retrotrae a las que se escribían hacia finales de los setenta y en los ochenta (“Ojos de fuego”, de Stephen King; las Crónicas Necrománticas de Brian Lumley), con la que no he podido conectar en lo más mínimo, quizás por su pretensión de explicarla a través de una pseudociencia (y alguien me tendrá que explicar cómo es que las hifas de hongos sirven ahora tanto para sustentar la telepatía como para viajar por el hiperespacio cual Star Trek Discovery).

Aparte de la localización africana (y nativa, que Tade Thompson vivió durante más de veinte años en Nigeria), hay muy poco que me resulte realmente atractivo de todo ello, y no ayuda el que Kaaro sea un personaje totalmente pasivo, con una nula capacidad para transmitir emociones (su historia de amor resulta de todo punto inverosímil). Sí, hay temas al fondo que apuntan a perspectivas interesantes sobre el proceso de descolonización/construcción de una identidad nacional, el conflicto entre progreso y tradición (no siempre positiva) o la gran pugna subyacente a toda historia de espías entre libertad y control, pero todo ello muy deslavazado. O tal vez sea que el elemento de percepción extrasensorial me rechina en una novela de ciencia ficción contemporánea (por mucho que haya una explicación pseudorracional… o precisamente por intentar darla).

La “otra” novela oculta en “Rosalera”, y a la postre mucho más interesante, es una narración de primer contacto, entre la humanidad y seres alienígenas casi en la categoría del clásico “El color que cayó del cielo”, de H. P. Lovecraft. Lo que me ocurre con esta faceta es que por un lado la encuentro inflada (por supuesto, cuando apenas ha empezado a dar respuestas, corta en seco y nos emplaza para las secuelas), y por otro percibo la fragmentación temporal de la narración como un intento por añadir algo de misterio a una trama que, contada de forma lineal, resultaría bastante monótona (a esto no ayuda que el narrador de todas las líneas es invariable, por mucho que hayan pasado lustros de experiencias, ni tampoco la desconcertante elección de emplear siempre la primera persona del presente, lo que obliga a prestar mucha atención para saber en qué cuándo estamos).

En pocas palabras, “Rosalera” apenas me ha resultado atractiva como novela. Personalmente, hubiera podado por todas partes y me hubiera quedado con una muy buena novela corta de quizás un tercio de su longitud, o mejor, con una novela de tamaño normal, pero que fuera directamente al grano y contara toda la historia de Ajenjo (el alienígena… o uno de los alienígenas), del desarrollo de Rosaleda (la ciudad), de la política nacional e internacional (un elemento secundario pero intrigante es que los EE.UU. en ese futuro alternativo se han aislado del mundo, y nadie sabe qué acontece tras sus herméticas fronteras) y de Kaaro y la Sección 45.

Lo que tenemos, sin embargo, me deja con la miel en los labios, después de haberse pasado trescientas páginas mareando la perdiz con tal de no llegar al meollo de la historia, y no sé si el ritmo y las promesas de desarrollo (de una invasión alienígena ciertamente original) me incitan a abordar las dos secuelas que conforman la trilogía del Ajenjo (“Rosewater insurrection” y “Rosewater redemption”, ambas de 2019).

Como decía al principio, puede que sea problema mío. No es la ciencia ficción que me atrae. Sin embargo, los reconocimientos recibidos (sobre todo en el Reino Unido) no son pocos. Para empezar, por su versión de 2016 ya recibió el primer premio Ilube Nommo de la Asociación Especulativa Africana y quedó en segundo lugar del John W. Campbell Memorial (que fue para Lavie Tidhar y su “Estación Central”). Tras la revisión de 2018, además, se hizo con un premio tan prestigioso como el Arthur C. Clarke, quedando finalista del BSFA (que ganó Gareth Powell con “Embers of war”).

Otras opiniones:

~ por Sergio en junio 23, 2020.

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