Saturn’s children

Con “Saturn’s children” (2008) Charles Stross dio inicio a la miniserie del Freyaverso, inaugurando un escenario futuro en el que la raza humana se ha extinguido (de un modo que nunca llega a explicarse del todo, pero parece estar relacionada con un lento declive al estilo de “Ciudad“) y el Sistema Solar se encuentra poblado por nuestra “descendencia” robótica. El problema de esta sociedad es que integrado en el núcleo más central de cada personalidad artificial existe un anhelo insoslayable por servir a los seres humanos, y carente de objetivo concreto, esa necesidad crea una profunda insatisfacción existencial, que cada subtipo de robot ha de gestionar como pueda.

Es un anhelo que resulta particularmente acuciante para la serie a la que pertenece Freya Nakamichi-47, la protagonista y narradora de la historia, pues se trata una ginoide de placer, diseñada con el único propósito de “enamorarse” de un ser humano y servirlo sexualmente. El problema es que para cuando la activaron hacía ya más de un siglo que había muerto el último de los humanos, por lo que incluso para los estándares de la sociedad robótica posthumana las integrantes de su clan constituyen un grupo obsoleto (lo que, de tanto en tanto, fuerza a alguna de sus hermanas, cuyas “almas” guarda en una caja, al suicidio).

Lejos, además, de haber logrado construir una utopía, la sociedad robótica se encuentra fuertemente estratificada, con unos pocos individuos, los aristos, poseedores de la mayor parte de los recursos e incluso de las propias vidas de los más desfavorecidos bajo un sistema esclavista. La independencia, al menos, es un don que han logrado mantener las hermanas clónicas de Freya, aunque ella misma, por culpa de un encontronazo con una aristo al principio de la novela, se ve obligada a huir, lo que termina poniéndola a las órdenes de una misteriosa organización, la Corporación Jeeves, que la contrata como correo (misión que, por supuesto, no hará sino multiplicar sus problemas).

A grandes rasgos, “Saturn’s children” constituye un homenaje explícito a “Viernes”, de Robert A. Heinlein (1982). En vez de limitar las aventuras de su protagonista a la Tierra (y su entorno inmediato), Stross hace que su Freya recorra todo el Sistema Solar, desde las ciudades rodantes de Mercurio (para ir persiguiendo el terminador) hasta los objetos helados transneptunianos, y pese a autodenominarse Space Opera, lo cierto es que todo lo que tiene que ver con el viaje espacial (y ya no digamos lo que sabemos de planetología) se aborda con el mayor de los rigores (algo que no siempre es posible cuando nuestros protagonistas son frágiles humanos).

El escenario, por tanto, es fascinante, y es descrito con un grado de rigor que rara vez se emplea en este tipo de aventuras intrasistema. Por desgracia, la trama, a mi entender, se resiente porque Stross no parece saber muy bien hacia dónde está yendo. No es que se pierda en las complejidades del juego de espías (con múltiples bandos enfrentados en pos de lograr algo que cambiaría para siempre las relaciones de poder dentro de la cultura robótica, sin que falten las traiciones, los agentes dobles e incluso los turbios secretos “familiares”), sino que filosóficamente no termina de encontrar lo que desea contar hasta bien cumplidos dos tercios de la novela.

Porque ya puedo adelantar que como homenaje a “Viernes” la novela fracasa. Stross no consigue entregarse a la tarea con la alegría con que lo hace John Varley en, por ejemplo, “Trueno Rojo“. Entre 1982 y 2008 media un abismo social, y aunque Freya intenta imitar la despreocupada sexualidad de la Viernes original, esa exuberancia inocente (aunque no exenta de intención) no termina de encajar con un modelo de pensamiento como el actual, en el que dentro de teoría feminista se discuten conceptos como la “mirada masculina” (pecado del que es plena y alegremente culpable el título original). En otras palabras, Stross nunca parece hallarse cómodo en su papel de neoHeinlein, y aunque intenta ser picante, como al mismo tiempo procura evitar resultar inapropiado (algo que al Heinlein original jamás le preocupó lo más mínimo), el resultado queda lejos de ser ideal.

Discurre así buena parte de la novela, arrastrando a Freya de un problema a otro y de un escenario exótico al siguiente, antes de que parezca por fin encontrar una conexión con las preocupaciones habituales en su obra y con su posicionamiento intelectual. A partir de determinado punto, y casi por sorpresa, “Saturn’s children” se convierte en una fascinante reflexión no tanto sobre el libre albedrío (que ahí se hace un poco un lío con todas las normas que tiene que inventar para mantener el escenario dentro de unos parámetros coherentes con los de la ciencia ficción clásica y congruentes con los últimos avances en inteligencia artificial), sino sobre… economía.

A postre, “Saturn’s children” se transforma en una disertación sobre los males del capitalismo, logrando derivar de esa suerte de “pecado original” todas las características indeseables de la sociedad robótica posthumana, que se muestra como atorada en una trampa, alimentada por la paradoja de la necesidad de servir a un amo desaparecido. Ahí sí, Charles Stross se encuentra en su elemento. La reflexión no solo está bien estructurada y argumentada, sino que resulta convincente; es una magnífica disertación que invita a la reflexión y que casi, casi redime por completo la novela.

A la postre, sin embargo, ese atisbo de brillantez llega quizás un poco tarde, y no logra así redimir los bandazos y la ausencia de focalización iniciales. “Saturn’s children” es una novela fallida de intriga, que acaba siendo secuestrada por una tesis a la que se le deja insuficiente espacio para desarrollarse. Con el tiempo, sin embargo, los detalles concretos empiezan a quedar difusos y lo que restan son las ideas, y así el recuerdo que deja en la memoria acaba siendo, tal vez, más profundo de lo que parecía durante la lectura.

“Saturn’s Children” fue finalista en un buen puñado de premios, empezando por el Hugo, que fue inexplicablemente para “El libro del cementerio“, de Neil Gaiman, en un año en el que no faltaban precisamente candidatos. Incluso prescindiendo de “La historia de Zoë“, de John Scalzi, los otros candidatos fueron “Anatema“, de Neal Stephenson (que ganó con todo merecimiento el Locus, al que también fue candidato Stross), y “Pequeño hermano” de Cory Doctorow (que fue el que le arrebató el Prometheus (a estos dos últimos estaba nominado además Iain Banks con “Materia“).

Aunque iba a ser una novela independiente, en 2010 Stross publicó un cuento ambientado en el mismo universo, “Bit rot”, y en 2013 la novela “Neptune’s brood”, cuya acción acontece cinco mil años después y en la que la faceta económica parece asumir desde el mismo inicio un papel central.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en junio 19, 2020.

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