Ciudad

La Segunda Guerra Mundial supuso un mazazo para la ciencia ficción, un género que se había caracterizado por mirar con optimismo al futuro y por celebrar los avances tecnológicos, enfrentado subitamente con los peores miedos de la humanidad y más tarde con el horror de la bomba atómica. La alegre tecnofilia de la que había brotado la Edad de Oro, gracias a la influencia de editores como Hugo Gernsback y John W. Campbell, dio paso a una visión más humanista y pesimista, que sobre todo a principios de los años cincuenta originó obras como “Más que humano“, de Theodore Sturgeon, o “El fin de la infancia“, de Arthur C. Clarke, que especulaban con lo inconcebible, el fin de la humanidad (o su transformación en algo superior), ambas de 1953, un año después de la obra que nos ocupa, “Ciudad”, de Clifford D. Simak.

“Ciudad”, sin embargo, es un caso especial, pues se trata de un fix-up, un colección de relatos publicados con anterioridad y engarzados a traves de un hilo conductor para conformar una obra unica. En su edición original, son ocho textos, publicados principalmente en dos tandas en Astounding (cuatro en 1944 y tres en 1946-47), mientras que el octavo y último (por entonces) se publicó en 1951, posiblemente con la vista puesta ya ofrecer una conclusión a la novela.

La proliferación del fix-up en la ciencia ficción es por añadidura casi una consecuencia del conflicto bélico, que provocó la decadencia del mercado de revistas pulp por la carestía de papel y el auge de nuevas colecciones en formato de libro (con la aparición de sellos como Fantasy Press, Gnome Press y un poco después Ace Books y Ballantine Books). De repente, las historias publicadas años atrás en las revistas podían disfrutar de una nueva vida comercial, y si bien más adelante se impondría la serialización inicial de tres novelas cortas, escritas ya con el propósito de conformar una novela en tres actos, para satisfacer la demanda inicial nada mejor que tomar series de relatos publicados durante la década de los cuarenta y juntarlos de un modo más o menos coherente (el rey de esta práctica, y quien de hecho la bautizó, fue A. E. Van Vogt, quien durante la década de los cincuenta estaba demasiado ocupado timando al personal con su proyecto dianético escindido de la Iglesia de la Cienciología para preocuparse de escribir material nuevo).

Esto no quiere decir que el fix-up sea una mala técnica. De la mano de Asimov nos ofreció “Yo, robot” o “Fundación“; Bradbury produjo así las “Crónicas marcianas” y “El vino del estío”; y Henry Kuttner y C. L. Moore compilaron “Mutante”; y es una técnica que siguió dando sus frutos cuando la motivación inicial ya se había perdido. Un fix-up es tan bueno o malo como el autor sepa hacerlo, y posiblemente “Ciudad” sea uno de los mejores ejemplos, porque gracias al ingenio y visión de Simak, el conjunto se prueba superior a la suma de sus partes, hasta el punto de que se alzó con el prestigioso, si bien efímero, Premio Internacional de Fantasía de aquel año (el antecesor espiritual de los Hugo, que arrancaron aquel año con el galardón a la también magnífica “El hombre demolido“, de Alfred Bester, sin que se conserven datos sobre posibles finalistas).

“Ciudad” nos va narrando el proceso a través del cual los hombres abandonan la vida urbana (a instancias de los avances tecnológicos y el temor a la bomba atómica… detalle añadido con posterioridad a la escritura original), creando una sociedad progresivamente más dispersa y desconectada, que va perdiendo poco a poco impulso, hasta que la mayor parte de los hombres renuncian a su humanidad y se transforman (literalmente) en jupiterinos, dejando la Tierra a una sociedad de perros parlantes (que desarrollados por una familia, los Webster, como compañía igual para el hombre, acaban deviniendo en sus herederos… aunque su propio origen se pierde en las nieblas míticas de las que los cuentos conforman su armazón).

Por encima de la calidad individual de los cuentos, lo más fascinante de “Ciudad” es cómo por medio de su progresión Simak los resignifica, en un proceso que completa la redacción de una serie de entradillas, escritas adrede para la publicación como fix-up, a través de las cuales se nos ofrecen las reflexiones de filósofos perrunos, que dudan incluso de la existencia misma de los “hombres”. El contraste entre su incredulidad y la seguridad del lector de existir, confiere a la obra una cualidad especial, que refuerza el pesimismo existencial subyacente hasta hacerlo casi insoportable, pero aun así poético, como solo pueden serlo los mejores textos de Simak.

De hecho, es muy posible que inicialmente la intención del autor fuera simplemente la de construir una de las seudoutopías pastorales a las que era tan aficionado (glorificando la Wisconsin rural de su infancia). El clima imperante y el devenir de los acontecimientos, sin embargo, debieron de ir impregnando las historias de un pesimismo agridulce, un sentimiento fatalista que alcanza su cúspide en el último relato, que supone en sí mismo un rechazo frontal a la humanidad y todas sus obras, condenadas al olvido por ese fallo fundamental en nuestra naturaleza que nos impelería a la destrucción (y, siendo ya de 1951 el relato, vemos flotar sobre él el espectro de la Guerra Fría).

Otro punto de interés de “Ciudad” es el modo en que reconduce elementos propios de la Edad de Oro como los robots (compañeros de los perros y coherederos del hombre, en su vertiente más técnica), los mutantes (de asociabilidad exacerbada) o los mundos paralelos (en un desarrollo argumental que preconfigura muchos de los temas que exploraría en su siguiente novela, “Un anillo alrededor del Sol“, de 1953), dándoles una profundidad filosófica más rica y madura, un enfoque humanista que es el que caracterizaría la ciencia ficción de la década de 1950.

“Ciudad” no es una lectura divertida, pero sí quizás pertinente. Es una obra que trata sobre la pérdida de la inocencia, sobre sueños rotos y esperanzas vanas, pero que aún así logra transmitir un rayo de esperanza, aunque tal vez no para la humanidad en sí misma. Es literatura post-traumática, tal vez un poco masoquista, que pese a todo se aferra a la bondad humana, aunque acabe relegándola a la categoría de mito. Como se indica en una de las entradillas:

En esta historia se describe al hombre con una rara ternura. Es, a la vez, una criatura solitaria y digna de compasión, pero no desprovista, sin embargo, de cierta gloria. No deja de ser enteramente típico que al fin adopte una actitud de nobleza, ganando así la divinidad por autoinmulación.

En 1973, Simak escribió un noveno cuento, a modo de epílogo, que se incluye en algunas de las ediciones posteriores (en ninguna de las españolas, pero sí en la reciente en catalán de Editorial Chronos). Dudo, sin embargo, de su pertinencia, pues “Ciudad”, en su conjunto es fruto de una época muy concreta, de un período de transición y de un estado mental específico. “Ciudad” es la concreción de un sentimiento de frustración y desencanto (lo cual, de hecho, la hace tremendamente actual), pero lejos de abrazar una postura recriminatoria, prefiere asumir lo que identifica como fallas consustanciales de nuestra especie y lamentar, simplemente, que nuestras aspiraciones se hayan probado más ambiciosas de lo que permiten nuestras posibilidades. Pocas veces un apocalipsis ha sido retratado con tanta sensibilidad y unas carencias con tanta comprensión.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en mayo 11, 2020.

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