Camino Desolación

En 1988 el escritor británico Ian McDonald vendió su primera novela… al mercado estadounidense. Se trató de “Camino Desolación” (“Desolation Road”), que de inmediato lo aupó como una de las voces emergentes de la ciencia ficción, valiéndole un premio Locus de primera novela.

“Camino Desolación” es una obra claramente inspirada en “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, que toma como escenario un Marte más cercano al de las “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury que a las historias de terraformación más o menos técnica algo posteriores, como la Trilogía de Marte (Kim Stanley Robinson, 1992-1996) o “Marte se mueve” (Greg Bear, 1993). Eso sí, allí donde las Crónicas de Bradbury toman como referente metafórico la conquista del oeste, proyectándola sobre un Marte que no busca en modo alguno ser verosímil, “Camino Desolación” retoma el camino allí donde más o menos lo dejaba la otra, en un Marte sin población oriunda (aunque existen unos misteriosos hombres verdes que provienen de otra línea temporal… o quizás de otra realidad), interconectado por una red de vías férreas por las que circulan los trenes impulsados por energía de fusión de la Compañía Belén Ares.

En este escenario se nos presenta al doctor Alimantando, expulsado de su Deuteronomio natal por brujo (científico), que atraviesa el desierto gracias a la guía de un fantasmal hombre verde, hasta un oasis donde una titánica inteligencia artificial moribunda de la ROTECH (la empresa terraformadora) le proporciona la materia primar necesaria para fundar un pueblo, que bautiza por error Camino Desolación, a la espera del tren que debería llegar meses después. El caso es que este asentamiento temporal pronto deviene en permanente, mientras el doctor Alimantando estudia las ecuaciones cronocinéticas para llegar a dominar él mismo el viaje en el tiempo, e igualmente en imán para distintos personajes que por las causas más variadas acaban arribando allí y convirtiéndolo en su hogar.

Desde ese momento, por medio de capítulos breves, cada uno de los cuales funciona en cierto modo como un relato semiindependiente, se nos narra el devenir futuro tanto de Camino Desolación como de sus habitantes, en una historia que se prolonga por exactamente tres generaciones (la novela concluye con el único nacimiento de la cuarta) y que se ramifica, a medida que los habitantes del pueblo salen al exterior y afectan los grandes acontecimientos de ese Marte que, pese a ubicarse a más de mil años en el futuro (unos mil quinientos, según la cronología propuesta y teniendo en consideración que el año marciano es 1,88 veces un año terrestre), reproduce la industrialización de los EE.UU., así como sus luchas obreras, con el auge del sindicalismo (Concordato en la novela), que se alza contra el feudalismo industrial de las grandes compañías.

La principal característica de la novela, sin embargo, es su fusión entre dos sensibilidades aparentemente contrapuestas. Por un lado, la ciencia ficción, que es además la que le proporciona, más o menos, el escenario; por otro, la fantasía, entretejida en la narración con la naturalidad del realismo mágico. Ian McDonald crea así una suerte de ciencia ficción mágica (a falta de un término mejor), que explora además como tema recurrente la dicotomía entre racionalismo y misticismo. 

Ya no es solo que dos personajes, mellizos, representen el epítome de cada uno de estos polos (la Gris Señora, escogida a su pesar como representante en la superficie de la diosa cibernética orbital Santa Catalina; y El Más Grande Jugador de Billar que el Universo Haya Conocido, capaz de vencer con su racionalismo al propio diablo), sino que todos y cada uno de los elementos narrativos de la novela participan en mayor o menor medida de estos opuestos, bien sea Rajandra Das, el vagabundo vocacional, capaz de encantar las máquinas para que se reparen; el Asombroso Desprecio, Maestro Mutante del Centelleante Sarcasmo y Réplica Rápida, o incluso el propio pueblo de Camino Desolación, que se convierte tanto en sede de una congregación religiosa, la de las Pobres Criaturas, como en núcleo generatriz de Ciudad Acero, una monstruosa explotación industrial que busca explotar los ricos yacimientos férricos del desierto.

Incluso dentro de esas dicotomías hay dicotomías, pues las Pobre Criaturas buscan la mortificación total, el reemplazo de toda la carne por acero, de modo que su modelo de perfección es un cíborg (o un alma humana atrapada en la inteligencia artificial de una locomotora; debate teológico sujeto a disputa); mientras que en la Compañía Ares los altos directivos van siendo sustituidos uno tras otro por copias robóticas. Y todo ello sin mencionar los curiosos fenómenos que desencadena la devanadora de tiempo construida por el doctor Alimantando.

En “Camino Desolación” no existen las fronteras definidas. Ciencia ficción y fantasía, racionalidad y misticismo, se entremezclan sin reconocer siquiera diferencia alguna entre ellas. Se clasifica como ciencia ficción del mismo modo en que podría considerarse fantasía. En realidad es algo diferente y bastante único… lo cual no quiere decir que sea perfecto.

Por diseño narrativo, las historias concretas quedan fragmentadas, ya ni siquiera episódicas, sino caleidoscópicas. Los personajes apenas gozan de espacio para desarrollarse, se mueven entre pinceladas, que la premeditada indefinición genérica vuelve aún más caótica. Supongo que habrá a quienes fascine este tapiz (metáfora que propone el propio libro), pero a mí, personalmente, no me convence. En parte es porque prefiero una estructura narrativa más sólida (la experimentación puede gustarme, pero el problema con “Camino Desolación” es que no percibo un plan definido, sino un caos semicontrolado), pero es que a un nivel más fundamental el propio planteamiento filosófico de la novela, esa mezcolanza de ciencia ficción y fantasía, de racionalidad y fantasía, no me funciona. En mi cerebro, son dominios inmiscibles, y al tratar de compaginarlos se anulan mutuamente.  Admiro el intento, y reconozco que es mucho más extremo y original que casi todo lo que suele pasar por Science/Fantasy (que al final queda en una fantasía aparente racionalizada), pero no es para mí.

Aparte del Locus de primera novela (en una año en que batió a “Neverness“, de David Zindell, que en octavo lugar no estuvo siquiera entre las favoritas), quedó empatada en tercer lugar en la votación del Arthur C. Clarke (que ganó Geoff Ryman con “El jardín de infancia“). El año 2001, McDonald publicó una secuela (ambientada en el mismo escenario, aunque sin otra relación con los personajes o acontecimientos de “Camino Desolación”), titulada “Ares Express”.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 28, 2020.

Una respuesta to “Camino Desolación”

  1. Es un placer ver que sigues escribiendo reseñas. No las hay mejores en español.
    En este caso coincido parcialmente contigo y es que a las mentes científicas nos cuesta el realismo mágico e incluso en fantasía prefiero las historias que tienen un sistema mágico bien estructurado. No obstante, si pude en este caso disfrutar mucho del libro tras hacer un esfuerzo por suspender cierta parte de la mente racional y entrar en el juego de la novela. Como dices es uno de los mejores ejemplos de la unión ciencia ficción / fantasía, al menos uno de los más logrados en cuanto a cohesión.
    Gracias de nuevo por tus aportes al mundo de la Fantasía / Ciencia Ficción /Terror

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