Don’t bite the sun

Tanith Lee es conocida sobre todo por sus novelas de fantasía (adulta y juvenil), pero sobre todo al inicio de su carrera, también incursionó en la ciencia ficción, normalmente bajo la forma de la science-fantasy. En 1976, sin embargo, justo tras el éxito de “The birthgrave” (el primero de sus romances planetarios, que lanzó su carrera en la fantasía adulta), publicó una pequeña novela de ciencia ficción pura, inscrita vagamente (aunque no del todo conscientemente) en la corriente de ciencia ficción feminista de la New Wave: “Don’t bite the sun”.

La idea de base tras esta obra era proponer una utopía descorazonadora. Justo en aquella época abundaban las distopías descorazonadoras, ya estuviéramos hablando de la Trilogía del Desastre de Brunner (“El rebaño ciego“, 1972) o, por ejemplo, de la obra de Silverberg (“El mundo interior“, 1971), y Tanith Lee se propuso en cierto modo regresar a la esencia de la antiutopía, presentando un escenario no solo superficialmente deseable, sino efectivamente agradable para la mayor parte de quienes viven en él; lo cual emparenta “Don’t bite the sun” sobre todo con “Un mundo feliz” (Aldous Huxley, 1932), aunque su crítica no se dirige tanto hacia la deshumanización producida por la mecanización capitalista como hacia la selección de un hedonismo vacuo como objetivo vital.

“Don’t bite the sun” nos sumerge en la cultura jang de Four-BEE, una de las tres ciudades-cúpula de un planeta desértico innominado. Allí, la humanidad vive sin preocupaciones de ningún tipo, con todas sus necesidades cubiertas por quasi-robots (más orgánicos que metálicos, aunque carentes de la chispa de consciencia humana), que son quienes se encargan de gestionarlo todo y asegurarse de que los seres humanos pueden realizarse por completo, entregados a los placeres que deseen.

La principal característica de esta sociedad, sin embargo, es que la muerte ha sido proscrita. Bajo las cúpulas, ningún accidente es definitivo. La consciencia queda grabada y los quasi-robots la restauran tras la muerte física en un nuevo cuerpo, diseñado al capricho del usuario. Así, el cambio de sexo es casi tan habitual como el cambio de vestuario, y aparte de los modelos más o menos estándar (aunque casi todos invariablemente atractivos), existen multitud de modificaciones corporales al acceso de los más aventureros (desde pelo y plumas en lugares inverosímiles a alteraciones más profundas). Eliminada la consecuencia última, tampoco es que el resto de actitudes asociales revistan mucha importancia. En esencia, Four-BEE es una sociedad de libertad sin restricciones, de actos sin consecuencias.

Esto es especialmente cierto para la cultura jang, es decir, los jóvenes (“young” fonéticamente es muy similar a “jang”). No solo es que gocen de libertad casi total, sino que incluso se les estimula a ejercerla, así que su vida es un frenesí continuo a la búsqueda de sensaciones, con casi absoluta libertad sexual (solo se pide que los participantes estén casados, pero ese es un trámite que se resuelve al instante y que puede revertirse en una semana) y no exenta de emociones más intensas como las derivadas de los suicidios (premeditados o por negligencias graves). Incluso se espera de ellos que no compren nada, sino que lo roben (si los pillan, basta con un poco de expiación emotiva), y su rebeldía social se expresa en sabotajes sin apenas repercusión.

Es un estilo de vida que provoca en la protagonista (durante la mayor parte de la novela en cuerpo femenino) un hastío existencial que la lleva a una búsqueda de alternativas, bien sea entrando en la vida adulta (algo que los quasi-robots descartan por su grado de madurez), bien embarcándose en mil y un planes infructuosos, como buscar uno de los escasos trabajos disponibles (descubre que todos ellos son superfluos y, por tanto, inútiles), aspirar a un bebé (de una forma tan retorcida que preocupa incluso a los quasi-robots) o participar en una investigación pseudoarqueológica en el exterior de Four-BEE.

Tanith Lee explora a través de su personaje la vacuidad existencial de una utopía que lo ofrece todo… todo menos un sentido a la existencia. En “Don’t bite de sun” vemos una sociedad que se ha aislado por completo del mundo natural (representado en el desconocido desierto que hay más allá de las cúpulas), que ha roto con lo más fundamental, las relaciones de causalidad, desligando acciones y consecuencias en modo superlativo. Es una sociedad mórbida, que requiere de una etapa embrionaria, la cultura jang, durante la cual se consume cualquier atisbo de rebeldía, sofocado bajo la tiranía de la libertad absoluta. Una vez superada, queda una eternidad adulta carente de sentido, de expectativas y de metas.

Formalmente, la novela es quizás menos experimental que otras coetáneas suyas, pero ofrece por el contrario atisbos de desarrollos que no se harían populares en la ciencia ficción hasta mucho después, incluyendo ciertas pinceladas precyberpunk. En su momento, levantó cierta polvareda por la despreocupada y virtualmente autodestructiva actitud de sus jóvenes (aunque a efectos prácticos es una autodestrucción inane e inconsecuente), pareciera casi como si estuviera realizando una crítica adelantada al punk que justo en esos momentos empezaba a despuntar (aunque por fechas es una visión muy influenciada todavía por la cultura hippie). En general, puede leerse como una crítica inespecífica tanto hacia la trasgresión por la trasgresión como hacia el hedonismo autocomplaciente, señalando que para que ninguno de los dos tiene sentido sin objetivos ulteriores.

Al año siguiente, Tanith Lee publicó una secuela, “Drinking shappire wine”, en la que la protagonista (ahora en un cuerpo principalmente masculino) acaba siendo expulsada de la ciudad, dando inicio en el exterior de la cúpula a un proyecto con consecuencias (incluyendo la muerte) que resulta atractivo para parte de la comunidad jang, iniciando así un cisma en la estructura social. Hubo incluso planes para un tercer título que nunca llegó a materializarse, en la que se descubría una cuarta ciudad, Four-BII, donde se habría alcanzado el equilibrio entre protección y libertad de experimentación. Los dos primeros se llegaron a publicar conjuntamente en una edición ómnibus titulada “Biting the sun”.

Don’t bite the sun” (no muerdas el sol) es un misterioso refrán de la extinta población aborigen del planeta.

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 20, 2020.

Una respuesta to “Don’t bite the sun”

  1. Admito que esta autora me llama la atención, debería retomar El señor de la noche que tengo a medias.

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