Las crisálidas

La carrera de John Wyndham Parkes Lucas Beynon Harris presenta dos etapas claramente diferenciadas. La primera, desarrollada sobre todo en los años treinta bajo el nombre de John Beynon (y por un breve período John B. Harris), dedicada a la ciencia ficción y las historias de detectives, no le hubiera hecho destacar en modo alguno entre los cientos de autores que cultivaban estos géneros. Tras la Segunda Guerra Mundial (en la que participó), sin embargo, algo cambió. Su estilo evolucionó y sus historias encontraron el enfoque temático que necesitaba, y así, bajo el nuevo apelativo de John Wyndham, se convirtió a partir de 1951 con “El día de los trífidos” en una figura fundamental en la evolución de la ciencia ficción, sirviendo de amalgamante entre las sensibilidades opuestas del romance científico británico y la ficción pulp estadounidense y de puente hacia la futura New Wave (como antecesor directo de autores como J. G. Ballard o Brian Aldiss).

Tras dos novelas de invasiones (“El día de los trífidos” y “El kaken despierta”), ofreció en 1955 algo distinto, trasladándose del presente en que ambientó la mayor parte de sus novelas (como Wyndham) a un futuro postcatastrofista en el que, mil años después de un posible conflicto termonuclear, sobrevive en la península del Labrador una civilización profundamente religiosa, obsesionada por la pureza genética y anhelante de las maravillas que dominaron los casi míticos Antiguos.

“Las crisálidas” (“The chrysalids”, “Re-birth” en su edición estadounidense), es una novela postapocalíptica que aborda temas clásicos, como el temor al holocausto nuclear y el advenimiento de una humanidad mejorada que corrija las carencias de la nuestra, sustituyéndola, que podemos encontrar en muchas de las mejores ficciones de la época (como “Cántico por Leibowitz“, de Walter M. Miller; “El fin de la infancia“, de Arthur C. Clarke; “Más que humano“, de Theodore Sturgeon; o “Ciudad”, de Clifford D. Simak), añadiendo sublecturas contra el inmovilismo y la intolerancia religiosa. Todo lo cual apunta directamente hacia los horrores contemporáneos, como la amenaza de la aniquilación atómica global, la sinrazón de la guerra y el recuerdo estremecido del Holocausto.

La historia nos la narra David, un joven de Waknuk, el asentamiento más próspero antes de los Márgenes, la franja donde la naturaleza empieza a mostrar formas descontroladas y que acaba desembocando en las Malas Tierras, donde no crece nada. La civilización se ha preservado a costa de caer en el fundamentalismo religioso, y toda desviación de la Norma es tratada como una aberración y destruida (ganado y cultivos) o esterilizada y exiliada (subhumanos mutantes, con alteraciones tan graves como un dedo de más). De hecho, el padre de David es uno de los hombres más rectos (es decir, fanáticos) de la región, lo cual constituye un motivo adicional de tensión para este cuando empieza a ser consciente de su peculiaridad. David, junto con otros siete jóvenes de su misma generación, poseen la capacidad de hablar entre sí a distancia con el pensamientode, una comunicación directa de cerebro a cerebro que los hace, lo quieran o no, diferentes, en una sociedad en que eso puede suponer la ruina.

Con estos mimbres, Wyndham va tejiendo un tapiz catastrofista (cercano a visiones contemporáneas como la de George Stweart con “La Tierra permanece“), también en el sentido de que ofrece una visión optimista, aunque solo a través de la renuncia. El sentimiento de obsolescencia y desesperanza para con nuestra sociedad que permea “Las crisálidas” se engendró en la carrera armamentística. En 1952, los EE.UU. anunciaron la implementación del armamento nuclear de segunda generación (las bombas de hidrógeno o termonucleares); un año después hacía lo propio la U.R.S.S. Tan intenso era (y tanto sentimiento de culpa había entre la comunidad de escritores de ciencia ficción por su entusiasmo inicial hacia la energía atómica), que frente a la Destrucción Mutua Asegurada oficial, propusieron el reemplazo por una sociedad alternativa y una humanidad mejor (o cuando menos distinta), algo que también encontramos en títulos como “Soy leyenda” (Richard Matheson, 1954) o “Bendición oscura” (Walter M. Miller, 1951). Un reemplazo que, por supuesto, no se concederá de buen grado.

La gran novedad de Wyndham con “Las crisálidas” consiste en entrelazar todos estos temas con el inmovilismo social y con el concepto de “pueblo elegido”. Detrás de muchas de las escenas de la novela se perciben ecos del Holocausto. El fundamentalismo religioso tras lo que conocen como la Tribulación (el hipotético conflicto nuclear que lo arrasó todo y llegó a cambiar el propio clima), defiende una interpretación exclusivista de lo divino, y a lo largo de la novela se hace incidencia en las mutuamente contradictorias interpretaciones acerca de la voluntad divina que tienen los diversos grupos. Además de esto, resulta imposible dejar de percibir un paralelismo milenarista, que añade matices a una filosofía que bien hubiera podido quedarse en la superficie, sin atreverse a abordar de frente las aparentes contradicciones internas; camino fácil que el autor evita, aunque para ello se vea obligado a utilizar personajes que constituyen poco más que altavoces para el mensaje de la novela (primero el tío Axel, y más tarde… bueno, para eso toca leer el libro, que si no reventaría el final).

Resulta triste que el fundamentalismo religioso siga, más de medio siglo después, constituyendo una realidad incómoda en muchos aspectos (y donde de dice “religioso”, podemos sustituir por cualquier otra ideología excluyente). A la postre, “Las crisálidas” defiende el cambio. Invita a abrazar la novedad, como único camino adaptativo (aunque reconoce la necesidad de cierto control, estableciendo un equilibrio inestable a medio camino entre el inmovilismo y el caos).

Respecto al texto en sí, por un lado es de agradecer la fluidez con que nos relata todo, pues Wyndham logra incluir muchas reflexiones en poco más de doscientas páginas. Se echa, eso sí, de menos un poco más de desarrollo en algunos tramas. Todo evoluciona demasiado rápido. Desde una perspectiva moderna, deja muchas posibilidades sin concretar (hoy en día, de esta trama hubiera surgido probablemente toda una trilogía distópica juvenil) y hace quizás un poco de trampa, recurriendo a una conclusión que se asemeja demasiado el proverbial (y casi literal) deus ex machina

En definitva, “Las crisálidas” es una gran obra, que se lee además en un suspiro, y cuyas reflexiones son más profundas y complejas de lo que aparenta a primera vista. Su escenario postapocalíptico, además, le concede tal vez mayor vigencia que otras ficciones similares, demasiado ancladas quizás a su época. Entre las influencias reconocidas, destacaría la manifestada por Margaret Atwood, que señala esta novela como fuente de inspiración crucial para su propia distopía fundamentalista (desde una perspectiva feminista), “El cuento de la criada”.

Agradezco a Alianza Editorial (esta reseña se basa en al reciente reedición de Runas, con nueva traducción a cargo de Catalina Martínez Muñoz) el envío de un ejemplar de este libro para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

~ por Sergio en diciembre 27, 2019.

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