La rueda celeste

En 1971, incrustada en medio de sus dos sagas más famosas (la de Terramar de fantasía y el ciclo del Ekumen de ciencia ficción), Ursula K. Le Guin publicó el que quizás sea su libro más singular (con permiso de “El eterno regreso a casa”), “La rueda celeste” (“The lathe of heaven”… que se hubiera traducido mejor como “El torno celeste”).

El protagonista de la novela es George Orr, un hombre normal, de hecho, el epítome de la normalidad, cuya única característica relevante es su capacidad de experimentar sueños efectivos. Es decir, sueños a través de cuales su subconsciente altera la realidad, de modo tal que solo él recuerda como era el mundo, quizás el universo, antes del cambio. Angustiado por la terrible responsabilidad que esto supone, decide automedicarse con drogas para evitar dormirse, con el resultado de que, tras una sobredosis, se le da a elegir entre la cárcel (por fraude a la Seguridad Social) o un tratamiento psicológico voluntario.

El destino quiere que su terapeuta, el orinólogo William Haber, inventor de una máquina capaz de estimular la fase REM, decida, tras constatar la veracidad de su aseveración, utilizarlo para cambiar el mundo a través de sugestiones posthipnóticas… aunque el subconsciente de George no siempre responde a estas directrices del modo esperado, lanzando la realidad hacia una espiral de cambios cada vez más profundos a medida que el doctor Haber va cobrando seguridad. Así, partiendo de una típica distopía superpoblacional y ambientalista de la época (similar a “¡Hagan sitio!¡Hagan sitio!” de Harry Harrison, “Todos sobre Zanzíbar” de John Brunner o “El mundo interior” de Robert Silverberg), el mundo de Orr (y Haber), va derivando hacia un sistema más sostenible, donde ya no existe la guerra, pero con la violencia sublimada a través de deportes ultraviolentos, con la amenaza de los Extraños asentados en la Luna o con draconianas medidas eugenésicas e imposiciones propias de totalitarismos.

Porque al contrario que ocurre con Philip K. Dick (con cuya obra a menudo se compara “La rueda celeste”), Le Guin no está interesada tanto en la esencia mutable de la realidad como en contrastar filosofías vitales contrapuestas, así como en realizar una revisión crítica al concepto de utopía, examinado tanto desde la perspectiva de lo que es humanamente alcanzable (sin un cambio fundamental de nuestra naturaleza), como con respecto a su propia deseabilidad como fin.

“La rueda celeste” es uno de los títulos de la autora en los que es más evidente la influencia de la filosofía taoísta. Así, George Orr representa precisamente el propio Tao, el camino, que fluye de forma casi totalmente autónoma, sin la guía impositiva de los deseos. De hecho, es precisamente la insistencia en propiciar el cambio por parte del doctor Haber lo que va destruyendo el equilibrio (representado, por ejemplo, por un volcán dormido que acaba erupcionando por un motivo u otro), propiciando un ciclo de eterna insatisfacción que deriva una y otra vez hacia el caos, pese a las mejores intenciones por parte del científico (al que, en todo caso, solo cabe achacar un exceso de soberbia).

Otra constante de la progresión de realidades que forma parte del discurso crítico de Le Guin es la pérdida de la diversidad, propiciando, por ejemplo, una solución radical al problema racial, que consiste en hacer a todos los seres humanos grises. Esto contrasta vivamente con la solución taoísta, que consiste en la integración armoniosa del yin y el yang, que si en “La mano izquierda de la oscuridad” se había identificado con los humanos hermafroditas de Gethen (que armonizan en sí mismos los principios masculino y femenino), aquí toma un significado aún más literal, configurando la relación amorosa entre el caucásico George Orr y la abogada mulata Heather Lelache (con quien inicialmente contacta para tratar de escapar del control de Haber). Cabe señalar que hasta que el Tribunal Supremo las declaró inconstitucionales en 1967, todavía había leyes antimestizaje vigentes en dieciséis estados de los EE.UU. apenas cuatro años antes de la publicación de la novela.

A grandes rasgos, “La rueda celeste” expone el proceso a través del cual George Orr va aceptando la mutabilidad de la existencia. Descrito a menudo como alguien débil por el resto de personajes, esa debilidad, que encierra en realidad una capacidad absoluta de adaptación, se acaba mostrando como una fortaleza inatacable. Es precisamente su equilibrio intrínseco lo que sirve de ancla a la propia realidad cuando todo se desmorona y las únicas certezas que restan son el amor y la confianza.

Entrelazada con todas estas consideraciones, como ya adelantaba, tenemos también esa crítica a la utopía irrealizable (y, en cierto modo, también a la distopía absoluta). Como buen taoísta, Le Guin se niega a calificar en términos absolutos, y ninguna de las realidades que crean George Orr y William Haber acaba siendo por completo positiva o negativa, sino que presentan todas una mezcla de cualidades positivas y negativas que derivan de la imperfección fundamental del ser humano y convierten en vano cualquier empeño por conquistar lo inalcanzable (con la posible excepción del caos provocado por un exceso de control).

Tres años después, la autora subtitularía su novela “Los desposeídos” como “Una utopía ambigua”, reconociendo tal vez esta verdad anterior: que nada humano puede ser perfecto, que la auténtica felicidad no surge de la perfección absoluta sino de la absoluta aceptación; un tema común en las filosofías orientales, que choca frontalmente con la tendencia a la proactividad del pensamiento occidental.

“La rueda celeste” fue finalista de los premios Hugo y Nebula, que fueron respectivamente para “A vuestros cuerpos dispersos“, de Philip José Farmer, y “Tiempo de cambios“, de Robert Silverberg, aunque quedó justo por delante de ambas en la votación de los Locus, constituyendo así el primero de los veinticuatro galardones que cosechó Le Guin en diversas categorías en este premio (cinco de ellos de novela). Ha sido objeto, además, de dos adaptaciones. Por un lado, una película para la televisión de 1980, que contó con la colaboración (y aprobación posterior) de la autora. Peor reputación mantiene la película de 2002, realizada de espaldas a Le Guin y que se toma considerables libertades respecto a la trama y los personajes.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en noviembre 9, 2019.

Una respuesta to “La rueda celeste”

  1. Gostei este site. o material é deveras benéfico. Vou voltar novamente.

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