The calculating stars

Mary Robinette Kowal acaba de hacerse con el premio Nebula y el Locus de ciencia ficción por su séptima novela, “The calculating stars” (2018), que constituye además el inicio (cronológico) de su serie sobre “The lady astronaut of Mars” (premio Hugo 2014 al mejor cuento largo), y aún puede alzarse con el premio Hugo, al que está nominada, algo en absoluto descartable dada su popularidad. El caso es que, tras su lectura, me ha parecido uno de los Nebula más anodinos que he leído (y he leído cuarenta y ocho de ellos). Ojo, no malo, simplemente anodino; y es una pena, porque su planteamiento resultaba extraordinariamente prometedor.

Permitidme poneros primero en antecedentes. El 2012 Kowal publicó como audiolibro su relato sobre “The lady astronaut of Mars”, la historia de Elma York, una anciana que treinta años antes lideró la primera misión a Marte y que se encuentra en la disyuntiva de partir en un último viaje de exploración o hacer compañía a su moribundo esposo. A partir de este personaje, seis años después, la autora cambió de registro (su producción larga se había orientado hacia la fantasía histórica romántica, en especial su serie de la Glamourista) y en un intervalo de menos de dos meses publicó “The calculating stars” y su primera secuela, “The fated sky”, narrando el inicio de la carrera como astronauta de Elma York.

Ante todo, hay que aclarar que nos encontramos en una línea histórica alternativa. Ya no es solo que la novela arranca con la caída de un meteorito de en torno a un kilómetro que borra del mapa todo Washington D.C. y pone en marcha una cuenta atrás que hará la Tierra inhabitable en unas pocas décadas, sino que los cambios, más sutiles, vienen de antes, pues para entonces no solo la carrera espacial está mucho más adelantada que en nuestra línea, sino que además los EE.UU. ya la están ganando (requisitos imprescindibles para ajustar la cronología si quería mantener el primer cuento como canónico). Desde un punto de vista social, sin embargo, debemos asumir que existe poca divergencia hasta el momento del impacto meteórico, así que no queda sino anticipar lo que nos promete la sinopsis: la lucha de la doctora York por vencer los prejuicios contra su sexo y conseguir un puesto prominente en esa carrera, ahora a muerte, por conquistar el espacio.

Tras un inicio trepidante en donde, en la línea del género catastrofista (por ejemplo, “El martillo de Lucifer“, de Niven y Pournelle), asistimos desde una distancia apenas segura al gran evento, las altas expectativas deben empezar a recalibrarse a la baja, porque la autora parece por completo desinteresada en especular con lo que tal desastre supone más allá de aquello que afecta directamente a los York, o más específicamente a Elma. No me refiero a que utilice un punto de vista limitado, sino a que el escenario mismo parece estar al servicio del personaje. Nada importa a no ser que le afecte de forma directa, y así no hay forma de construir un escenario coherente, o siquiera interesante.

Otro problema que pronto se hace patente es el presentismo. No solo resulta imposible percibir los años cincuenta en lo narrado, sino que al cabo de un tiempo se ha de concluir que todos los conflictos son un reflejo casi perfecto de la situación y, sobre todo, posicionamientos actuales respecto al feminismo, la conciencia ecológica sobre el cambio climático (y el negacionismo interesado del mismo), las dificultades de financiación de la carrera espacial e incluso en menor grado la cuestión racial, algo sobre lo que pasa de puntillas y de forma totalmente inverosímil a poco que se conozca algo de la historia de la lucha por los derechos civiles (que no comenzó de forma organizada hasta 1955 y no consiguió el fin de la segregación legal hasta más de una década después).

Todo se reduce, por tanto, a seguir de cerca la lucha de Elma York por hacerse con una de las cotizadas plazas de astronauta, limitadas (como de hecho ocurrió) a hombres que hubieran sido pilotos de prueba. Resulta fácil identificarse inicialmente con ella, pues se encuentra en el extremo malo de una injusticia manifiesta. Lo que ocurre es que resulta de una artificialidad extrema, y la doctora York sufre de lo mismo que muchas otros personajes femeninos empoderados en la ficción reciente: resulta tremendamente sosa.

Elma es una matemática brillante, con una capacidad de cálculo sobresaliente (que le vale su ingreso como calculadora humana, todavía más necesaria en un contexto histórico en que las computadoras electrónicas aún están a años de alcanzar suficiente desarrollo). Es, además, una piloto experimentada, veterana del servicio civil de las WASP durante la Segunda Guerra Mundial (no se les reconoció su estatus de veteranas hasta 1977). La candidata perfecta, de no ser por una única debilidad, y aquí es donde todo empieza a torcerse, porque esa debilidad consiste en los ataques de ansiedad que la atenazan cada vez que tiene que hablar en público, que además tienen su raíz en la discriminación que sufrió de pequeña por ser mujer y lista. Es decir, su único punto flaco no es culpa suya.

Podría haber sido interesante si a partir de ahí tuviéramos una historia de superación, pero la solución que se saca de la manga la autora tiene un tufillo a Deus ex machina excesivo y, sobre todo, priva a Elma York de crecer por sí misma. Resulta todo hasta tal punto sencillo que hubo que introducir al menos un antagonista (el primer hombre en el espacio, un machista que casualmente fue jefe y tuvo encontronazos con Elma en su etapa en las WASP… que nunca fueron a más por ella era hija de un general). Por suerte el destino interviene de nuevo y hasta ese escollo se aparta amable auque involuntariamente del camino de la lady astronauta.

A ver, entiendo el atractivo de la novela para determinado tipo de lectoras. En esencia, “The calculating stars” es una fantasía de reescritura de la historia y empoderamiento femenino. El problema que tengo con ella (y con películas como “La Capitana Marvel” o las nuevas de Star Wars) es que no me presenta personajes interesantes. Todos los obstáculos, todas las trabas, son externos. Su lucha reside casi únicamente en llegar a creer en sí mismas, y aunque en modo alguno es esta una cuestión baladí, la sobrecompensación de virtudes acaba por convertir el esfuerzo en un mero trámite (para el personaje; y en el caso de la novela que nos ocupa ni eso).

Pero bueno, incluso a eso podría haberse sobrepuesto la historia si ofreciera algo más. Si ofreciera precisamente lo que anuncia. Me hubiera interesado enormemente esa historia alternativa de la carrera espacial, esa historia alternativa de los movimientos sociales (la lucha por los derechos civiles y el feminismo de segunda ola adelantados unos lustros y acelerados por la situación de emergencia), esa historia alternativa, en definitiva, de una humanidad herida que se enfrenta a su muerte si no es capaz de dejar atrás sus prejuicios. Por desgracia no es eso lo que encuentro en las páginas de “The calculating stars”, sino más bien una versión dulcificada e injustificadamente acelerada de la experiencia real (recientemente rescatada por el magnífico combo de libro y película de “Figuras ocultas”), con una protagonista que nunca llega a parecer un ser humano real, ni mucho menos alguien capaz de torcer a fuerza de voluntad el curso de la historia.

Me atrevería a anticipar que en unos años, felizmente evolucionado el contexto sociocultural en que ha surgido, se mirará atrás hacia este premio Nebula con cierta incredulidad, dado que incluso a nivel literario anda justito (correcto y con un ritmo envidiable, pero bastante plano en todos los demás aspectos).

Tras “The fated sky”, que conduce la historia hasta Marte, ya están anunciadas otras dos secuelas: “The relentless moon” (2020) y “The derivative base” (2022).

Otras opiniones:

~ por Sergio en junio 28, 2019.

Una respuesta to “The calculating stars”

  1. Eso de no tener personajes buenos, o que el escenario gire en torno al protagonista realmente son defectos terribles. Si de leer literatura feminista se trata yo recomendaría a Amanecer o Las señoras de Mandrigyn, no se nota de ni una pizca de ideología en ambas.

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