Sobre los viajes interestelares

(Artículo publicado originalmente como prólogo de “La canción de Orfeo y otros viajes interestelares“, Cápside Editorial, 2016)

El viaje interestelar, cruzar los abismos siderales que separan y aíslan esos pequeños oasis de materia organizada, quizás incluso de vida (o de vida potencial), que son los cortejos planetarios que hoy en día suponemos comunes a la mayoría de las estrellas, constituye uno de los grandes temas (y obsesiones) de la ciencia ficción. Conocido y explorado todo nuestro mundo, el anhelo de lo desconocido, la llamada imperiosa de la frontera, se trasladó al espacio.

Durante unas décadas, ese anhelo empujó los límites de nuestra imaginación a lo largo y ancho del Sistema Solar. Los intrépidos pioneros hollaron primero con pies humanos la Luna, y luego Marte, Venus, Júpiter, Saturno… Llegó entonces un momento en que incluso esos mundos lejanos, aún hoy más allá del alcance de nuestra tecnología salvo por fugaces y limitadas visitas delegadas en algunas de las máquinas más especializadas y complejas que hayamos construido jamás, nos supieron a poco. La llamada de lo desconocido susurraba en nuestros oídos una invitación irresistible a la aventura; y así nuestros sueños, que como maldición o bendición del hombre siempre nos empujan a desear lo que está fuera de nuestro alcance, se dirigieron hacia las estrellas.

El primer viaje interestelar del que tengo noticia apareció en un libro francés de 1854, obra del médico Charlemagne-Ischir Defontenay y recientemente recuperado después de más de un siglo de olvido. Se titula «Star ou Psi de Cassiopée: Histoire merveilleuse de l’un des mondes de l’espace» (traducido por estos lares como «Los libros starianos») y narra los eventos acontecidos en la lejana estrella Psi, de la constelación de Casiopea, donde una raza similar a la humana se desarrolla, levanta imperios, conquista todos los planetas de su sistema y sufre terribles tragedias de las que a la postre sale más sabia y reforzada.

El viaje interestelar constituye la excusa argumental, cuando el narrador encuentra en el Tibet un meteorito del que se insinúa su artificialidad, en cuyo interior se conservan las crónicas de aquellos lejanos planetas, que ha viajado por el espacio hasta tropezar, literalmente, con la Tierra.

A partir de ahí, los primeros viajes entre las estrellas prescindieron incluso de vehículos. Al fin y al cabo, ¿hay algo que la mente no pueda lograr?

En 1872 el astrónomo Camille Flammarion presentó en «Lumen» el viaje interestelar de un alma descarnada, siguiendo los principios del espiritismo francés, acogido a la doctrina de la pluralidad de los mundos habitados (unos años antes el mismo autor ya había especulado sobre cómo podrían ser los habitantes de mundos con condiciones muy distintas a la Tierra, precisamente en el ensayo «La Pluralité des mondes habités»). Flammarion imaginó una serie de sistemas estelares habitados, por los que las almas transmigrarían siguiendo una escala de perfeccionamiento espiritual, ofreciendo con ello imágenes muy vívidas de los ecosistemas alienígenas.

El viaje astral más impresionante, sin embargo, corresponde sin duda al innominado protagonista de «Hacedor de estrellas», de Olaf Stapledon (1937), quien observando una noche el cielo estrellado se ve arrastrado a un viaje que lo lleva hasta los confines del universo y del tiempo, en el que posiblemente sea el ejercicio especulativo más impresionante de la historia de la ciencia ficción.

Incluso en tiempos más recientes, los autores han hecho uso de supuestas capacidades mentales para propiciar el viaje espacial. En 1956 Alfred Bester publicó «Las estrellas mi destino» (o «Tigre, tigre»), en  la que Gully Foyle es un trasunto de Edmundo Dantes, a quien sus ansias de venganza le llevan a romper todos los límites del «jaunteo» (teletransporte ejercido por la fuerza de la mente), desvelando el codiciado (y peligroso) secreto del jaunteo espacial.

Para llegar hasta la primera nave interestelar de fabricación humana de la historia de la ciencia ficción toca remontarse hasta la Alondra del Espacio, imaginada por Edward Elmer Smith (más conocido como E. E. «Doc» Smith) en torno a 1920, aunque por lo novedoso de su planteamiento no encontró editor hasta 1928, en la primera revista pulp dedicada específicamente a la ciencia ficción: Amazing Stories.

En cierto sentido, «The Skylark of Space» formaba parte de aquella tradición de narraciones que desde al menos cuarenta años antes estaban transportaban osados aventureros por todo el Sistema Solar a bordo de naves antigravitatorias («Across the Zodiac», de Percy Greg; «A journey in other worlds», de John Jacob Astor IV; «Luna de miel en el espacio», de George Griffith; o incluso «Estrella roja», de Alexander Bogdánov…). Sin embargo, también fue mucho más. Las aventuras del brillante científico Dick Seaton y sus amigos, enfrentados a la perfidia de su rival, Marc DuQuesne, rompieron los «estrechos» límites del Sistema Solar y abrieron todo el universo a la imaginación de escritores y lectores.

«The Skylark of Space» fue la primera space opera moderna, constituyó un éxito rotundo que se prolongó por otras tres novelas (y dio paso a la igualmente exitosa serie de los Hombres de la Lente) y estableció las líneas maestras de todas las fábulas de exploración interestelar que seguirían. Eso sí, hizo trampas. Decidió ignorar que por aquel entonces un joven físico alemán de origen judío, cuyas teorías acabarían convirtiéndolo en una de las figuras icónicas del siglo XX, ya había demostrado que ninguna masa podía viajar a mayor velocidad que la luz.

Ese límite, pese a ser de cerca de 300.000 km/s, supone un serio impedimento al viaje interestelar, y la primera tarea de cualquier ficción que lo aborde consiste en establecer un marco hipotético que lo soslaye. Por fortuna, lo que la ciencia quita, la ciencia también lo puede restituir.

En 1918, por ejemplo, el joven ingeniero Robert Goddard escribió un ensayo tan especulativo que lo guardó en un sobre con instrucciones de que sólo lo abriera un optimista. «La última migración» salió a la luz en 1972 y en él Goddard trataba de conjurar su miedo por el futuro de la humanidad («para cuando el sol se enfríe», supuestamente, aunque los horrores de la Primera Guerra Mundial debieron de influir lo suyo en su redacción), que sólo veía asegurado colonizando las estrellas.

Proponía estructuras masivas, excavadas en meteoritos, que alcanzarían cúmulos globulares impulsadas por energía solar o atómica (faltaban veinticuatro años para que Fermi y Szilárd construyeran la primera pila nuclear). Las distancias siderales sólo podían cubrirse mediante lo que hoy conocemos como naves generacionales autosuficientes o, llevando la especulación a su máxima expresión, transportando una especie de sopa protoplasmática que una vez en el planeta de destino pudiera dar origen a seres humanos, que se educarían gracias a exhaustivas bases de datos.

En 1926, Goddard, el padre de la astronáutica estadounidense, que a los dieciséis años se había visto inspirado por su lectura de «La guerra de los mundos», construyó el primer cohete de combustible líquido lanzado con éxito, uno de los pasos más importantes que ha dado la humanidad para tratar de abandonar nuestra cuna y alcanzar las estrellas antes de que se convierta también en nuestra tumba.

El de las naves generacionales se convertiría en uno de los grandes subtemas del viaje interestelar, con vehículos-hogar que se enfrentan al límite absoluto de la velocidad de la luz mediante viajes que pueden durar décadas, incluso siglos. La primera propuesta pública fue de otro pionero, el padre de la astronáutica Konstantin Tsiolkovski, en su ensayo de 1928 «El futuro de la Tierra y de la humanidad». Un año después, el concepto fue tratado en mayor profundidad en el influyente libro de ensayo de J. D. Bernal «El mundo, la carne y el diablo».

A la ficción llegó una década después, siendo cruciales en su popularización las novelas cortas de Robert A. Heinlein «Universo» y «Sentido común» (Astounding, 1941), que años después se unirían para conformar la novela «Huérfanos del espacio». En ellas, el autor introdujo la popular variante de los viajeros que han olvidado que se encuentran a bordo de una nave estelar y cuya civilización ha degenerado en su interior (dando lugar a títulos tan interesantes como «La nave estelar», de Brian Aldiss, 1958).

Desde entonces, resurge una y otra vez, con la fascinación de un microcosmos que es al mismo tiempo un pequeño mundo y un vehículo espacial, e incluso constituyó la base de una novela ganadora del premio Nebula: «Rito de iniciación», de Alexander Panshin (1968).

Sin embargo, disponer de un vehículo capaz de sostener la vida humana por décadas no es suficiente. La conquista del «vació» interestelar es compleja por las enormes distancias implicadas. La Voyager 1, por ejemplo, abandonó oficialmente el Sistema Solar hace casi exactamente cuatro años (es decir, sólo le costó treinta y cinco). En su futuro, aguarda un encuentro «cercano» con otra estrella, AC +79 3888, a 17,6 años-luz de la Tierra… dentro de unos 40.000 años. Y eso que se trata de uno de los vehículos más rápidos fabricados por el hombre: 17 km/s o, traducido a unidades que nos son más familiares, más de 60.000 km/h; casi Mach 50, pero solo 0.000057 c.

No es suficiente. Necesitamos sistemas de propulsión capaces de acercarnos al menos a la velocidad de la luz para lograr tiempos de tránsito razonables (aunque luego toque pagar un precio temporal por los efectos relativistas).

En 1960, el ingeniero Robert Bussard realizó una propuesta: un reactor de fusión, alimentado por el hidrógeno que existe en infinitesimales densidades incluso en el espacio profundo. Para aprovecharlo, se tendría que atrapar ese combustible por medio de inmensos embudos magnéticos, que irían abriendo literalmente surcos en el medio interestelar. El truco consiste en que a mayor velocidad, mayor sería la cosecha, lo que permitiría teóricamente compensar el aumento de masa que se deriva de las ecuaciones de Einstein al ir aproximándonos asintóticamente a c.

Tenemos estatocolectores Bussard en la saga del Espacio Conocido de Larry Niven, en las Zonas de Pensamiento de Vernor Vinge o en la serie de Akasa-Puspa de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal. El uso más temprano (y relevante) lo encontramos sin embargo en una novela de Poul Anderson de 1970, «Tau cero», en la que una avería en los sistemas de una nave equipada con un estatorreactor Bussard le impide frenar, condenándola a una aceleración sin fin, lo que acaba sometiendo a su tripulación a los efectos de una dilatación temporal extrema. Mientras para ellos pasan horas, minutos, segundos… el universo envejece siglos, milenios, eones…

El caso de los reactores tipo Bussard es especial, pero en general el vuelo interestelar puede hacer uso básicamente de dos estrategias opuestas para alcanzar las altas velocidades imprescindibles para hacerlo práctico: impulsos muy intensos y puntuales o un impulso bajo pero constante. En esta última categoría se inscriben las velas solares, que aprovechan la presión de la radiación electromagnética (no sólo luz) sobre una amplísima superficie opaca a la misma para transferir al vehículo una aceleración minúscula pero constante.

Fue Kepler el primero que sugirió que el Sol debía de emitir una especie de brisa celestial, que era la que apuntaba en dirección opuesta la cola de los cometas. En siglos posteriores, a medida que se iba comprendiendo el fenómeno de la luz, fue caracterizándose esa «brisa» hasta el punto de que a principios del siglo xx una serie de científicos (Konstantin Tsiolkovski, JBS Haldane, J.D. Bernal) pudieron sentar las bases del concepto de la «vela solar».

El primer autor de ciencia ficción que sugirió la posibilidad de utilizar la luz como agente de impulso fue ni más ni menos que Verne, ya en «De la Tierra a la Luna» (1865), pero la idea no entró de verdad a formar parte del depósito general de materias primas del género hasta 1951, con la publicación en Astounding de un artículo discutiendo sus posibilidades.

Eso sí, no fue sino hasta los años 60 que empezó a popularizarse, con cuentos como «La dama que pilotó el Alma» de Cordwainer Smith (ya un vuelo interestelar), «El planeta de los simios» de Pierre Boulle o «Sunjammer» («El viento del Sol»), de Arthur C. Clarke.

Dada la baja aceleración que proporciona, en la ficción suele limitarse a viajes interplanetarios (la novela más exhaustiva al respecto quizás sea «El naufragio de “El mar de estrellas”» de Michael F. Flynn), pero con suficiente paciencia permite también salvar el abismo interestelar, como ocurre por ejemplo en la ya mencionada saga de Akasa-Puspa (gracias a que se ambienta en un cúmulo globular, con las estrellas muy próximas entre sí). Y si no hubiera bastante con el «viento» solar, pues se suplementa… con láseres, por ejemplo.

Este concepto fue desarrollado por Robert L. Forward en torno a 1970, y en él se inspiró por ejemplo Larry Niven para la visita alienígena que dispara los acontecimientos en «La Paja en el Ojo de Dios». Para encontrar una explicación detallada, sin embargo, conviene ir a la fuente. Nada mejor para comprender las posibilidades de las velas solares impulsadas por láser (sería como utilizar un inmenso ventilador en la bocana del puerto para hacer navegar los barcos veleros) que leer «El mundo de Roche» de Forward (1990), donde se describe (entre otros detallitos técnicos) el truco para frenar una vez alcanzado el destino (la Estrella de Barnard, en este caso).

La estrategia opuesta (es decir, impulsos breves pero muy intensos) es la que emplea, por ejemplo, propulsión por pulso nuclear. La idea, que suena bastante extrema, consiste básicamente en hacer explotar bombas nucleares justo tras la nave y cabalgar la onda expansiva (que percutiría contra una placa protectora). La aceleración conseguida es de hecho tan grande, que el mayor problema de cara a una misión tripulada consiste en amortiguar el impacto para hacerlo compatible con la vida.

La propuesta original fue muy temprana, tanto como 1947, por parte de Stanislaw Ulam, uno de los científicos del Proyecto Manhattan. Desde entonces se han sucedido los proyectos, auspiciados por el hecho de que la propulsión por pulso nuclear es la única tecnología que con el grado de desarrollo actual permitiría el vuelo interestelar. Así, tenemos los proyectos Orion (en los años 50 y 60), Daedalus (en los 70), Longshot (en los 80, con el objetivo específico de alcanzar Alfa Centauri con una sonda no tripulada en 100 años), Medusa (en los 90, con un híbrido entre pulso nuclear y vela solar), o su heredero actual, el proyecto Icarus.

En la ficción, las astronaves tipo Orión son relativamente abundantes en novelas que buscan proponer un viaje interestelar científicamente riguroso. La primera fue «El imperio del átomo», de A.E. Van Vogt (1956), y desde entonces ha aparecido en numerosas novelas, bien sea por su capacidad de viajar entre las estrellas, bien por su velocidad para desplazamientos intrasistema. Precisamente en esta línea nos ofreció el cine una buena muestra de la tecnología Orión en «Deep impact» (1998), con el propósito de lanzar una misión urgente para interceptar un asteroide que amenaza la Tierra. Más recientemente, la tecnología Orión se emplea como método de viaje algo más que interestelar en la magnífica novela «Anatema», de Neal Stephenson (2008).

Otro sistema teórico que podría proporcionar un impulso elevado es el cohete de antimateria. La energía se obtendría en este caso a través de la aniquilación mutua de pares protón-antiprotón, con diversas opciones a partir de ahí. El cohete de antimateria «puro» haría uso de los productos de la reacción (piones cargados que pueden dirigirse magnéticamente como propelente, con un límite de velocidad de un tercio de c, y rayos gamma que, con una tecnología aún inexistente, podrían igualmente dirigirse, proporcionando el impulso de una masa minúscula pero acelerada prácticamente a la velocidad de la luz). Otras opciones consistirían en aprovechar el calor generado para vaporizar un sólido que serviría de masa de propulsión, o incluso hacer uso de la energía como catalizador de reacciones nucleares (de fusión o fisión).

Las dificultades para implementar estos sistemas son grandes. Por un lado, cualquier ser vivo (o instrumento electrónico) que aspire a sobrevivir en un cohete de antimateria necesita interponer con los motores blindajes antirradiación masivos y disipadores de calor residual no menos gargantuescos. Pero es que además, producir y almacenar el «combustible» supone una tarea titánica, quizás sólo al alcance de un proyecto coordinado, global y multigeneracional.

Ése podría ser el aspecto más atractivo del viaje interestelar por medio de antimateria: su éxito dependería del esfuerzo generoso de todo un mundo, unido en una causa común, sin que nadie en el planeta madre acabara beneficiándose directamente. Es un sueño utópico (enfrentado a la pesadilla del más que evidente uso militar de la antimateria), cuya consecución demostraría que el hombre, como especie inteligente, merece de verdad disfrutar de un legado de estrellas.

Desde al menos los años treinta, sin embargo, si el autor no tenía excesivas ganas de meterse en embolados con su navegación interestelar, siempre podía recurrir al comodín del hiperespacio.

El concepto surgió como conclusión acientífica de la relatividad general. Si había tres dimensiones físicas y una temporal, perpendiculares todas ellas entre sí, ¿por qué no podría haber misteriosas dimensiones adicionales, inaccesibles por lo común, pero al servicio del ingenio humano para realizar viajes interestelares por rutas muchísimo más cortas?

Desde entonces, la física teórica no ha dejado de proporcionar nuevas excusas que cuando menos suenan a científicas, bien sean las microdimensiones adicionales con las que especulan algunos modelos de la teoría de cuerdas, bien la tan socorrida física cuántica y sus ramificaciones más arcanas.

En el fondo, el pretexto no importa. Lo fundamental es establecer unas reglas claras que limiten lo que puede y no puede suceder, pues sin limitaciones no hay posibilidad de sustentar una trama. Una restricción típica, por ejemplo, consiste en prohibir el salto cerca de un pozo gravitatorio importante, también suelen requerirse arduos cálculos, e incluso a veces se limita la posibilidad de penetrar en el hiperespacio a puntos de salto específicos.

Prácticamente toda la ciencia ficción clásica se acoge a un tipo u otro de hiperespacio (desde el universo de la Fundación de Asimov al Espacio Conocido de Niven), pero es un recurso que nunca pasa de moda, como pueden atestiguar series tan significativas como la de los Heechee de Frederick Pohl, las Cinco Galaxias de David Brin o la Cultura de Iain Banks.

La descripción del hiperespacio en sí suele obviarse, o en todo caso se despacha con unas pocas descripciones vagas. Hay excepciones, sin embargo, y una de mis preferidas la encontramos en la serie de la Instrumentalidad, de Cordwainer Smith. Si los primeros viajes de esa gran historia truncada del futuro de la humanidad se realizan, como ya he comentado, con velas solares, pronto el descubrimiento del Espacio-2 lleva al viaje en planoforma, poéticamente descrito en «El juego de la rata y el dragón», y finalmente se alcanza una dimensión adicional, el Espacio-3, con «Barco ebrio». Toda una demostración de que el lenguaje de la ciencia no es el único capaz de transportarnos con la imaginación a las estrellas.

Y hablando de soluciones topológicas… Una forma de solucionar el problema de las enormes distancias que median entre las estrellas con el límite de la velocidad de la luz consiste en obviarlas y tomar un atajo. Por fortuna, las ecuaciones relativísticas que describen el espacio-tiempo permiten una solución denominada puente Einstein-Rosen, mejor conocida desde 1957 bajo el nombre de agujeros de gusano.

En esencia, un agujero de gusano vendría a ser una especie de túnel que conectaría entre sí puntos del espacio (o del tiempo) a través de una distancia menor de la que los separa en el espacio «normal». El primer tipo que se caracterizó matemáticamente fue el agujero de gusano de Schwarzschild, una estructura muy inestable que colapsaría inmediatamente si cualquier objeto intentara cruzarla. En 1973, sin embargo, se determinó que podría utilizarse materia exótica con densidad de energía negativa para estabilizarlo, creando un agujero de gusano atravesable.

De repente, podíamos viajar por el universo en tiempos razonables sin violar las leyes de la física, posibilidad a la que no tardaron en encomendarse los autores de ciencia ficción.

En 1974 Joe Haldeman los llamó colapsares y pasaron a formar parte del marco conceptual de «La guerra interminable» (con las naves teniendo que viajar por el espacio normal a velocidades relativistas hasta alcanzarlos). En 1985 Carl Sagan imaginó una red de agujeros de gusanos y un dispositivo para generar artificialmente un acceso a la misma en «Contact» (aunque ya en 1968 Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick habían propuesto algo similar en «2001: Una Odisea en el espacio»).

Más allá de la ciencia ficción dura, en 1986 Lois McMaster Bujold creó para su serie de Miles Vorkosigan el nexo de agujeros de gusano, un recurso que replicó en 1994 David Weber para su serie de Honor Harrington. De igual modo, los agujeros de gusano pronto se convirtieron en uno de los métodos preferidos del medio audiovisual para permitir el viaje interestelar, en series como «Babylon 5», «Stargate» o «Star Trek: Espacio Profundo 9».

Su popularización dentro de la space opera no implicó, sin embargo, que dejaran de ser objeto de especulación para los autores más inclinados hacia el hard. En 1992 Robert L. Forward publicó «Maestro del tiempo», novela en la que emplea agujeros de gusano en los que una de las bocas se mueve a una velocidad cercana a la de la luz mientras la otra permanece (relativamente) estacionaria, lo que permite viajar no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Por su parte, en 1997 Greg Egan se embarcó en un auténtico tour de force especulativo con «Diáspora», inventando nuevas teorías físicas que le permitieron crear agujeros de gusano conectando entre sí no sólo puntos distantes de nuestro universo, sino universos paralelos.

Lo curioso es que la historia de los sistemas de propulsión capaces de posibilitar el vuelo interestelar no ha ido sólo en la dirección de la ciencia a la ficción, sino que también ha recorrido el camino inverso, como sucedió con el famoso impulso de curvatura o «warp drive».

La idea básica consiste en curvar el espacio, encerrando la astronave en una burbuja que podría moverse a velocidades superiores a la de la luz, aunque localmente ninguna masa en su interior se acercara a ella, con lo que en principio no contravendría las ecuaciones de la relatividad general.

La primera mención a un dispositivo de estas características la realizó John W. Campbell en su novela de 1931 «Islands of space» (publicada por primera vez en formato de libro en 1957). Otras famosas novelas que emplean sistemas similares son «Tropas del espacio» (Robert A. Heinlein, 1959) o «Dune» (Frank Herbert, 1965; aunque en este caso se pliega el espacio para poner en contacto dos puntos lejanos). Su fama, sin embargo, proviene principalmente de ser el sistema escogido para impulsar las astronaves de Star Trek, cuya serie original comenzó su emisión en 1966… y así hasta la fecha.

Lo curioso de todo esto es que en 1994, explícitamente inspirado por el impulso warp de Star Trek, el físico Miguel Alcubierre propuso una solución matemática a las teorías de campo de Einstein cuyo efecto era exactamente el descrito en la ficción. Podía crearse una burbuja contrayendo el espacio frente a la astronave y expandiéndolo por detrás, logrando desplazamientos hiperlumínicos sin vulnerar localmente el límite de la velocidad de la luz.

La métrica de Alcubierre, aun siendo matemáticamente correcta, presenta varios problemas. Para empezar, requiere energía negativa, muchísima energía negativa; un problema que va más allá incluso de disponer de materia exótica u otro sistema, como el efecto Casimir, capaz de generarla, dadas sus desproporcionadas necesidades (se ha calculado que enviar una sonda al otro extremo de la galaxia consumiría tanta energía como masa tiene el universo conocido). Incluso solucionando este problemilla (y existen cálculos más refinados que apuntan en esa dirección), queda la sospecha de que una teoría física unificada (que incluya también los fenómenos cuánticos), prohibirá cualquier solución como ésta con potencial de vulnerar el principio de causalidad (o, en otras palabras, capaz de permitir el viaje en el tiempo), por no hablar de la posible generación de ingentes cantidades de radiación de Hawking o la posibilidad de que a velocidades superlumínicas la astronave pierda la capacidad de actuar sobre el frente de torsión (impidiéndole frenar)…

Todo lo cual no sería un obstáculo si tan sólo se pretende alcanzar velocidades sublumínicas (o cuasilumínicas)… con la ventaja de que como localmente la velocidad es mucho menor no se experimentarían en el interior de la burbuja efectos relativistas (dilatación temporal o incremento de la masa). Podría bastar para alcanzar las estrellas, y aunque es un tiro bastante lejano, hay investigaciones en marcha para estudiar esa posibilidad.

Pese a las enormes dificultades que entraña su realización, el sueño del viaje interestelar lejos de haberse apagado sigue presente en nuestros corazones. Ya se vea impulsado por el puro afán de conocer o por el anhelo relacionado de buscar compañía, otra chispa de vida en un Universo frío y hostil, seguimos levantando los ojos hacia las estrellas e imaginándonos viajando entre ellas.

De hecho, recientemente parece haberse producido un repunte en el interés general por la cuestión. Aún no hemos llegado a Marte y apenas acabamos de fotografiar de cerca Plutón, pero ya especulamos con lo que podríamos encontrar en Próxima b, el planeta tipo terrestre recientemente descubierto en órbita de Próxima Centauri, nuestra más cercana vecina (y aun así, a unos desesperantes 4,2 años luz de distancia). El viaje interestelar constituye un desafío extraordinario, y aun más, trascendente. Abordarlo supone expandir las fronteras de nuestro universo particular, tratando de abarcar ese otro Universo externo que lo contiene, de convertir en propio lo ajeno; de demostrar, en definitiva, nuestra mayoría de edad como especie inteligente, independizándonos por fin de nuestro hogar a la búsqueda de nuevos horizontes.

Ojalá sea una empresa en la que sepamos mostrarnos dignos.

~ por Sergio en mayo 31, 2019.

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