Condicionalmente humano

La carrera literaria de Walter M. Miller Jr. fue muy, muy breve. En siete años, entre 1951 y 1957, publicó unas tres docenas de relatos y novelas cortas de ciencia ficción, y a partir de ahí solo compilaciones y en algún caso específico alguna reescritura (como con las tres novelas cortas que compusieron “Cántico por Leibowitz” en 1959), hasta la aparición póstuma de la secuela de su gran éxito, “San Leibowitz y la mujer caballo salvaje”, que completó Terry Bison en 1997.

Esta fugacidad quizás explique la relativa falta de reconocimiento que se le tiene, pues aunque “Cántico por Leibowitz” está universalmente considerada una de las mejores novelas ganadoras del premio Hugo (y su secuela una de las mayores decepciones del género), apenas se le presta atención al resto de su producción, y las novelas cortas recopiladas en el volumen “Condicionalmente humano” (“Conditionally human”, 1962), prueban que esto es un error.

Son tres los textos que integran la antología, el que le da título, publicado originalmente en el número de febrero de 1952 de la revista Galaxy; “El darfsteller”, aparecido en Astounding en enero de 1955 y merecedor del primer premio Hugo a mejor cuento largo; y “Bendición oscura” (“Dark benediction”), de septiembre de 1951, en Fantastic Adventures. Todos ellos presentan un estilo muy cuidado y literario, propio de los autores que comenzaron su carrera en la década de los cincuenta, pero además desbordan de ideas que trascienden el momento de su escritura y permiten soslayar la lógica obsolescencia tecnológica de que hacen gala, pues apuntan a conceptos y dilemas atemporales.

“Condicionalmente humano”, por ejemplo, nos lleva a un mundo superpoblado, en el que se ha instaurado un férreo control poblacional, con licencias de reproducción concedidas bajo estrictos criterios eugenésicos. Ante esta circunstancia, y para satisfacer de algún modo el instinto maternal de las mujeres rechazadas, se ha desarrollado la tecnología de los neutroides, animales modelados a nivel embrionario para adoptar la apariencia de niños asexuados, que nunca pasan del estado de desarollo y la inteligencia de un auténtico niño de dos o tres años (aunque les dejan una cola, para no llevar la mímesis demasiado lejos). El protagonista es un encargado regional de la gestión de los neutroides, que debe enfrentarse a una doble crisis. Por un lado está la desaprobación que siente su esposa (con la que acaba de casarse), ante un trabajo que considera inhumano, pero además su supervisor le avisa de que debe retirar toda una serie de neutroides ante la posibilidad de que uno o más de ellos hayan sido manipulados en la línea de producción y puedan incluso alcanzar la madurez sexual.

Con estos mimbres, Miller construye un relato que si bien no puede sustraerse a la estereotipificación de roles sexuales propia de la época, ahonda en el dilema ético de qué es un ser humano y examina los mecanismos opuestos de empatía y deshumanización, con claras evocaciones de los crímenes nazis (Miller era veterano de la Segunda Guerra Mundial, y fue una experiencia que le marcó toda su vida). El trauma bélico y la pérdida de confianza en la humanidad es un tema recurrente en la ficción de la época, que podemos encontrar en obras como “Más que humano” de Theodore Sturgeon, “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke o “Ciudad” de Clifford D. Simak, pero “Condicionalmente humano” es la única que no fuerza el desenlace, sino que impone sobre sus protagonistas un juicio ético.

Por su parte, “El darfsteller” (también traducido en otras compilaciones como “El actor”) es una historia fascinante y adelantada a su tiempo, que trata sobre la obsolescencia de los trabajos tradicionales ante el imparable avance de la tecnología. Se centra en las vivencias de un antiguo actor, resentido por la implantación del autodrama, funciones robóticas, controladas por un cerebro electrónico, el Maestro, que han apartado a los intérpretes humanos del teatro. Paradójicamente, aunque la industria del entretenimiento se haya desarrollado por cauces totalmente diferentes y la tecnología descrita se antoje a medias obsoleta y a medias inverosímil, la situación en sí podría ser más actual que nunca, con la revolución robótica asomando por el horizonte con su amenaza de destruir una más que generosa proporción de los empleos tradicionales.

“El darfsteller” (algo así como “actor libre” o “actor de improvisación”) es una magnífica muestra de la capacidad de la ciencia ficción con sustrato de sobrevivir al paradigma tecnológico en el que se concibió, así como un gran acierto de aquellos principiantes votantes del Hugo (que, todo sea dicho, no estuvieron tan finos en las otras categorías literarias).

Por último, “Bendición oscura” ha sido toda una sorpresa, porque lo último que esperaba encontrarme en una historia de 1951 es una narración de zombis (en su variante de “infectados”). La novela corta arranca en un escenario postapocalíptico, con un superviviente a una terible plaga, la neurodermia, intentando regresar a Houston. Lo que encuentra allí, sin embargo, es una especie de organización paramilitar (de nuevo con reminiscencias del nazismo), y lo que es peor, una mujer infectada, a la que salva en un impulso de ser ajusticiada.

A medida que avanza la historia, descubrimos que el origen de la plaga fue una lluvia de meteoritos (lo que la emparenta con “El día de los trífidos”, de John Wyndham, aunque los dos meses que median entre ambas publicaciones descarta la posibilidad de influencia mutua), y más importante, nuestra percepción de los infectados empieza a cambiar, pues si bien es cierto que ante la presencia de un “normal” sufren una especie de paroxismo que los impele a tocarlo (transmitiéndoles así la enfermedad), la neurodermia podría tener un origen y unos efectos difícilmente imaginables.

Aun a riesgo de incurrir en un pequeño spoiler (si no deseáis saber más de la cuenta, saltaos el párrafo), no puedo dejar de comentar cómo “Bendición oscura” resulta un claro antecedente de “Soy leyenda“, de Richard Matheson, publicado solo tres años después. No solo el planteamiento es muy similar, sino que también tienen mucho en común en su enfoque cientifista y su reflexión final (aunque la obra posterior bebe más de la tradición del terror).

En conjunto, tenemos tres magníficas novelas cortas, que abordan la ciencia ficción desde una perspectiva profundamente humanista. En ellas se perciben además algunas de las obsesiones (o fantasmas) de Miller, como es su experiencia bélica y su religiosidad, que nos ofrece el punto de vista católico (no necesariamente positivo) en dos de los cuentos (aunque sin la profundidad que luego daría a “Cántico por Leibowitz”). Si bien es cierto que los temas pueden resultar un poco manidos, cuando se toma en consideración la fecha de redacción no queda sino reconocerles su cualidad de pioneros, y de todas maneras el cuidadoso estilo compensa más que de sobra cualquier posible sensación de déjà vu que pudiera embargarnos.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en abril 17, 2019.

2 comentarios to “Condicionalmente humano”

  1. No querría desaprovechar la ocasión de recomendar otra de las recopilaciones de sus relatos: “the view from the stars” que contiene 9 historias cortas, con solo una de ellas llegando a la extension de novella. Muy recomendables “dumb Waiter” y ” I, Dreamer”

  2. […] que sí hay una razón de peso para leer este número concreto de Astounding: el plato fuerte es «The Darfsteller», una novela corta con la que Walter M. Miller ganó uno de los primeros premios Hugo. Sí, el […]

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