Periplo nocturno

Bob Shaw fue un autor norirlandés que nunca llegó a gozar fuera de las islas británicas del reconocimiento que tal vez se merecía, quizás porque en una época en que lo que allí estaba en vanguardia era la experimentación de la New Wave, su aproximación a la ciencia ficción era más clásica y sobria; lo cual no quita que se convirtiera en toda una figura dentro del fándom, lo que le hizo incluso ganar un par de premios Hugo a mejor fan escritor (en un momento en que ya le habían concedido el primero de dos premios BSFA, por “Orbitsville”, en 1976).

Tras más de una década publicando relatos, su primera novela fue “Periplo nocturno” (“Night walk”), de 1967, una obra todavía inmadura, pero que ya apuntaba maneras, en la que un agente terrestre, Sam Tallon, es capturado en el planeta Emm Lutero tras intentar escapar con datos supersecretos concernientes al descubrimiento de la ruta segura a un nuevo mundo habitable. Porque en el universo descrito, aunque el viaje interestelar es posible, está sujeto a saltos unidireccionales predeterminados entre portales, de modo que la información más confidencial se refiere a las rutas de ida y vuelta descubiertas por azar tras el envío de millones de sondas.

Emm Lutero, antigua colonia terrestre, es ahora una teocracia luterana, pero a efectos prácticos lo que nos describe Shaw es una situación de guerra fría, con lo que Tallon es tratado como cualquier espía, siendo torturado por el agente de contrainteligencia Cherkassky, un sádico que se complace en ir borrando uno a uno todo los recuerdos de sus prisioneros hasta dejarlos catatónicos. Es un destino que nuestro protagonista esquiva con decisión, pero en el intento de huida le destruyen los ojos, y así acaban mandándolo ciego al Pabellón, la cárcel de máxima seguridad del planeta.

Es un pequeño contratiempo que no detiene a Tallon, quien pronto acaba participando en el loco plan de fuga de otro prisionero que también es invidente, motivo por el cual acaban construyendo un dispositivo que constituye el elemento más interesante de la novela. Se trata, aunque no lo describen así, de unas gafas que hackean los impulsos visuales de ojos cercanos y reproducen la señal en el nervio óptico de quien las lleva. Así que, para “ver”, Tallon tan solo tiene que detectar un par de ojos funcionales cercanos que estén mirando en su dirección y mandar la señal a su propia corteza visual.

La huida por medio planeta ocupa buena parte de la novela, que incluso nos tiene reservada una sorpresa final (que ni siquiera insinuaré); y a lo largo de la misma Tallon se ve obligado a confiar su vista a animales domésticos, seres humanos e incluso en determinados momentos a sus propios perseguidores (con una perspectiva de sí mismo que supongo que no será muy diferente de la que hoy en día tenemos jugando a un videojuego, aunque en aquella época resultaba bastante más insólita).

Como se puede ver, la novela no carece de ideas sugerentes, aunque la ejecución no siempre está a la altura. De hecho, todo el texto tiene un aroma anticuado, con un desarrollo más propio de la Edad de Oro que de las vanguardias estilísticas de su época. De buenas a primeras, por la perspectiva de ingeniero, podría parecer que es Heinlein el principal referente, pero a la postre queda sin embargo claro que el auténtico modelo de “Periplo nocturno” lo constituyen las aventuras trepidantes (y un tanto inconexas) de A. E. van Vogt (“Slan“, “El mundo de los no-A“), con un toque de extra de especulación tecnológica (y bastante más de coherencia interna).

Bob Shaw estuvo a punto de quedarse ciego por culpa de una enfermedad, y de hecho arrastró toda su vida secuelas perceptuales, hecho que sin duda influyó en la concepción del elemento central de la novela. Por desgracia, sus habilidades narrativas no terminan de estar a la altura de la tarea, o tal vez sea que su perspectiva acaba siendo demasiado ingenieril, por lo que lo contempla todo como un problema que resolver y no llega a explotar las posibilidades que ofrece el invento (más allá de una timidísima sugerencia de posibles usos morbosos), y de hecho apenas si existe diferencia en el uso subrogado de ojos de ave, de perro o de humanos de distinta calaña.

De igual modo, la historia romántica se bosqueja de forma tan esquemática que acaba aceptándose a regañadientes por pura convención. Para variar, “Periplo nocturno” es una novela que agradecería un poco más de desarrollo.

“Periplo nocturno” es una novela un poco frustrante, porque su potencial se adivina muchísimo mayor de lo que acaba siendo. Empujada por la necesidad de no dejar que el ritmo decaiga en ningún momento, pasa de largo frente a infinidad de posibilidades de tratar temas de mayor calado y poner a buen uso el concepto potentísimo del hombre que toma prestado de otros la facultad de la visión. Con esta misma idea, Dick hubiera escrito todo un tratado sobre la percepción (o hubiera divagado hasta el exceso, dependiendo de cómo le pillara). Bob Shaw, sin embargo, se encuentra demasiado constreñido por una visión lógica y ordenada de ingeniero, aplicada en este caso a una trama de espías demasiado ingenua para sustentar a todo lo (no muy demasiado) largo la historia.

Una promesa de desempeño futuro más que un éxito en toda regla, pero aun así nada desdeñable como entretenimiento ligero.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 28, 2019.

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