El aprendiz de mago

En 1940 dio comienzo una de las colaboraciones más fructíferas de la fantasía pulp, la de Fletcher Pratt, un experto en historia militar y gran aficionado al fantástico, y L. Sprague de Camp, diez años menor, quien empezaba a hacerse un nombre en el terreno de la fantasía y la ciencia ficción. Juntos crearon las aventuras de Harold Shea, que empezaron a publicar como una serie de novelas cortas en la nueva revista Unknown, donde su estilo ligeramente humorístico y no en poca medida iconoclasta encajaba a la perfección.

En cierto modo, toda la serie de Harold Shea puede entenderse como un esfuerzo temprano por sistematizar la magia, por trabajar con ella desde una perspectiva materialista, sometiéndola a reglas que, si bien no son científicas, presentan su propia coherencia interna. El protagonismo de las historias recae en el personaje homónimo (un claro trasunto de de Camp), un psicólogo contemporáneo que diseña un sistema de lógica simbólica que le permite proyectarse a cualquier obra de ficción. Su primera aventura, en solitario, tiene lugar en el mundo de la mitología nórdica (en “El tañido de la trompeta”), mientras que en las sucesivas aventuras le acompañará tanto un colega, el doctor Reed Chalmer (Pratt), como Belphebe, su esposa (a la que conoce en su segunda incursión en el mundo de la ficción, “La matemáticas de la magia”).

Más que un ejercicio metaficcional, las aventuras de Harold Shea se justifican como una serie de mundos paralelos, en los que las invenciones del nuestro son realidad (y, de hecho, es su eco a través del multiverso lo que inspira nuestras leyendas), y su gran innovación consistió en el ejercicio de racionalización que los viajeros realizan para entender, replicar e incluso perfeccionar su magia (que, en el fondo, no es sino otro sistema natural, que simplemente difiere del nuestro; que, por cierto, no suele ser válido en esos otros mundos).

Este empeño se convertiría en una constante en la obra de Sprague de Camp, quien aplicaría el mismo enfoque a casos tan dispares como las viejas convenciones de la space opera pulp (en la serie de relatos de los Viagens Interplanetarias), la espada y brujería prehistórica (la serie pusadiana) y la ucronía fantástica (“Que no desciendan las tinieblas”, la serie neonapolitana), aunque aquí, tal vez por influencia de Fletcher, se aprecia una mayor fascinación por el sustrato original, que no por casualidad constituye un buen muestrario de las principales fuentes de inspiración del género fantástico: las eddas nórdicas , los libros de caballerías, la poesía épica  (y más específicamente el “Orlando furioso” de Ariosto) y las mitologías finlandesa (el Kalevala) e irlandesa  (el ciclo del Ulster).

El prematuro cierre de Unknown dejó en el aire la serie, con solo tres novelas cortas publicadas, que en 1941 se recopilaron en dos volúmenes. Por un lado, “El aprendiz de mago” (“The incomplete enchanter”), y por otro la ampliación a longitud de novela de “El castillo de hierro” (“The iron castle”). En 1953 y 1954, en dos efímeras revistas Pratt y de Camp publicaron las otras dos novelas cortas que completan la serie original, “El muro de serpientes” y “El mago inexperto”, que con el correr de los años se han ido compilando en distintos títulos (en español, estas tres últimas se agrupan bajo el título “El aprendiz se hace mago”). La relativamente temprana muerte de Fletcher Pratt en 1959 acabó con la colaboración, y de Camp no retomaría los personajes hasta la década de los noventa, bien en solitario, en colaboración con autores jóvenes, o directamente a modo de homenaje por estos últimos (aunque suele considerarse que estas diez historias presentan un nivel muy inferior).

Pasando ya a las historias en sí, en “El tañido de la trompeta” (“The roaring trumpet”) nos encontramos a Harold Shea en medio del Ragnarök, tomando como fuente de inspiración un poco del Völuspá y un mucho del Gylfaginning, de Snorri Sturluson (en particular, el episodio del viaje de Thor al Jötunheim, el reino de los gigantes). Harold Shea, con una actitud muy de estadounidense creído, se ha preparado para presentarse como un warlock, un brujo de batalla, pero para su sorpresa los truquitos tecnológicos (cerillas, un revólver…) de que se ha provisto no funcionan en aquel lugar, y aún más pasmoso, cuando intenta fingir poderes mágicos a base de aplicar conceptos acientíficos como la ley de similitud (lo similar influye en lo similar), ¡sus esfuerzos tienen éxito!

“El tañido de la trompeta” no solo es una aventura fantástica tremendamente original, sino también una narración magnífica, con una gran caracterización de los dioses nórdicos (si bien con un Ragnarök carente por completo del espíritu fatalista del original) y un proceso de descubrimiento de las reglas de la magia, apoyado en sólidos conocimientos antropológicos, que mantiene totalmente el tipo.

La segunda historia, “Las matemáticas de la magia” (“The mathematics of magic”) tiene un tono definitivamente más humorístico, mientras Harold Shea y su colega Reed Chalmer viajan al mundo del poema épico “The faerie queene”, de Edmund Spenser (1590-1596, incompleto), para responder en particular a la cuestión de por qué es un mundo que se va haciendo más oscuro en sus últimos libros (lo publicado se agrupa en seis “libros”, dedicado cada uno a ejemplificar una virtud caballeresca). A grandes rasgos, el escenario es el propio de las novelas de caballerías, con su visión idealizada del período medieval y sus dignos paladines combatiendo la maldad de la brujería.

Lo que nuestros protagonistas descubren es que, después de décadas de hacer cada uno la guerra por su cuenta, estos hechiceros se han sindicado, y colaboran ahora por el mal común… lo cual no es óbice para que, como suele ocurrir en este tipo de asociaciones, la política interna cobre gran importancia y menudeen las puñaladas traperas. Se trata de un desarrollo que rompe un tanto con la idea de la primera novela corta de la serie, pues añade un anacronismo con evidente intencionalidad paródica. Ya no pretende tanto reinterpretar de forma materialista la fantasía como ridiculizarla, algo que de Camp llevaría a sus últimas consecuencias en 1968 con “La torre encantada” (donde los magos celebran lo que en esencia viene a ser una convención friqui).

Personalmente, siempre me ha llamado la atención el modo en que Sprague de Camp dedica esfuerzos a un género que evidentemente no respeta (o, al menos, no respeta en sus propios términos). La burla aquí está ligeramente matizada, pero es muy evidente, y tal vez resulte en una visión demasiado cínica para resultar realmente disfrutable (a no ser que se comparta esa misma visión cínica respecto a la fantasía). Contrasta, por ejemplo, la actitud de Harold Shea (un personaje prepotente, que siempre se cree en poder de la razón absoluta) con la de Reed Chalmer, quien (no por última vez) se encuentra tan a gusto en ese entorno que, más que imponer su visión, se deja atrapar por la del lugar (y ahí quizás se refleje una diferencia fundamental en la aproximación al género entre ambos autores… y en última instancia la razón por la que se complementan tan bien).

La reputación del ciclo de Harold Shea no solo se ha mantenido, sino que incluso se ha incrementado con el paso de los años, llegando a ser considerado uno de los grandes hitos de la fantasía pre Señor de los Anillos. En 2016, tanto “The roaring trumpet” como “The mathematics of magic” resultaron finalistas del retroHugo de novela corta para obras publicadas en 1940, junto con tres relatos de Heinlein, quien acabó siendo elegido ganador por “Si esto continúa…”, parte de su Historia del Futuro.

Otras obras de L. Sprague de Camp reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 18, 2019.

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