Rosa Cuántica

Los premios Nebula son… peculiares. En contra de lo que cabría esperar, la votación popular de los Hugo ha arrojado resultados mucho más sólidos, mientras que las elecciones profesionales de los miembros de la SFWA se antojan a menudo incomprensibles, separadas del contexto que las propiciaron. En ocasiones, tirando de archivo, es posible desentrañar algunas. Otras, como la que en el año 2002 le brindó el Nebula a Catherine Asaro por “Rosa Cuántica” (“The Quantum Rose”, 2000), permanecerán para siempre, me temo, en el campo del “¿Pero en qué diantres estaban pensando?”.

“Rosa Cuántica” es la sexta novela de la saga del Imperio Eskoliano de Asaro, un híbrido entre space opera y romance, con algún toque hard, inspirado en la más exitosa serie de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold. Pese a esta circunstancia, diría que la novela se puede leer razonablemente bien sin saber nada más de la saga, aunque quede alguna subtrama un tanto colgada.

La primera parte de la obra utiliza un escenario clásico del planet opera, el de la antigua colonia que, tras siglos de abandono y retroceso tecnológico, acaba de ser reintegrada en la gran red interestelar, aunque sus habitantes siguen viviendo en una sociedad atrasada. En tal circunstancia se encuentra Kamoj Argali, una gobernadora del planeta Balumil, donde ha ido a exiliarse Lionstar, un misterioso eskoliano. Con absoluto desprecio por las costumbres locales, Lionstar (el príncipe Havryl, de la dinastía Rubí) compra a Kamoj con una dote que no puede rechazar, aunque ello la ponga a ella y a su provincia en el punto de mira del vengativo Jax, el gobernador más poderoso de la región y por largos años pretendiente de Kamoj.

En todo esto nos encontramos básicamente con una reformulación del cuento de la Bella y la Bestia, en donde el único punto de interés radica en una correcta descripción de la decadente sociedad de Balumil, que sobrevive ignorante entre las ruinas de una civilización mucho más tecnológica (un escenario muy clásico, pero que pocas veces resulta tan verosímil). El problema surge cuando la autora intenta forzar la faceta romántica… utilizando un molde del siglo XVIII sobre personajes del XXIII para lectores de comienzos del XXI.

Digamos que “La Bella y la Bestia” no es el cuento de hadas más feminista del canon clásico. Sus orígenes se remontan al renacimiento, como una fábula para conseguir que las novias jóvenes aprendieran a descubrir bondades ocultas en sus viejos maridos concertados, y todo ello se cumple a rajatabla, con una Kamoj de dieciocho años (muy maduros, que para eso los habitantes de Balumil se saltan la adolescencia) y un Lionstar de setenta (muy bien llevados, ventajas de la medicina eskoliana, aunque una máscara de metal oculta sus facciones al principio, por eso de resaltar su supuesta monstruosidad), que se “enamora” de ella al verla nadar en pelotas y, básicamente, la compra gracias a los infinitos recursos de una ciencia mucho más avanzada.

Esto engorila a Jax, que secuestra (y posteriormente viola) a la novia, y a partir de aquí la novela ya toma un giro decidido hacia el absurdo, intentando vendernos la idea de que Jax tiene un caso que defender ante un presunto juzgado interplanetario para quedarse con Kamonj. A ver, sé lo que está intentando vender Asaro. La relación tóxica entre Jax y Kamoj reproduce una dinámica de violencia doméstica, con la mujer sintiéndose incapaz de romper la relación. Es solo que, por un lado, es algo que no se sostiene en absoluto habida cuenta de la posición (política, social, económica…) de los distintos integrantes del drama (lo que la obliga a auténticas piruetas mentales, hasta el punto de convertir a Kamoj, de forma literal, en alguien genéticamente predispuesto a la sumisión), y por otro, no es el mejor trasfondo sobre el que desarrollar una historia de amor, la de Havryl con Kamoj, que tampoco se diferencia tanto (Havryl es un alcohólico violento, aunque no con ella, que se aprovecha de su ingenuidad y del tremendo desequilibrio de poder entre ambos para cimentar una relación que es “buena” solo por una misteriosa resonancia mental que lo justifica todo).

Como no hay salida para esta situación, Asaro corta por lo sano y a dos tercios de la novela da un salto de escenario, llevándose a Havryl y Kamoj al planeta del primero, para liberarlo del control de la Alianza Terrestre, aunque de nuevo, la situación no resulta muy convincente, habida cuenta de la disparidad de poderío militar entre el imperio Eskoliano, incluso después de haber salido de una feroz guerra, y los terrestres. Otra debilidad del argumento es que este tipo de salto suele funcionar cuando supone un cambio total de escenario, del atrasado Balumil a un (literalmente) cosmopolita planeta eskoliano. La realidad, sin embargo, es que Lyshriol, el planetal natal de Havryl es casi indistinguible de Balumil, pues se trata de una ridícula utopía pastoral (que utiliza medios igualmente ridículos, en el supuesto contexto ultratecnificado de la saga, para liberarse del control terrestre).

A todo ello se le añade una subtrama sobre una antigua ciudad del igualmente antiguo Imperio Rubí que no lleva absolutamente a ninguna parte y no tiene la menor influencia en la trama, y ya tenemos una novela en la que ni con la mejor de las intenciones se puede encontrar una sola justificación para un premio tan prestigioso como el Nebula (dudaría incluso del otro premio del que hace gala, un tal Affaire de Coeur en la categoría de ciencia ficción… básicamente porque ese año debió de competir en ese galardón específico de novela romántica contra la extraordinaria, en todos los aspectos, “Una campaña civil“, de Bujold).

Decía al principio que en la serie, además de space opera y romance, se salpican gotas de hard. Bueno, eso es bien cierto para “Inversión primaria“, pero en “Rosa Cuántica” la única excusa hard (en una trama que utiliza descaradamente elementos del pulp menos riguroso, como telepatía y teorías sobre antiguos astronautas) es la pretensión de que la trama es una alegoría de la teoría de la dispersión, un marco teórico para estudiar la interacción entre partículas desde la perspectiva de la química cuántica (campo en el que la autora es una experta). El problema es que no me lo trago.

A ver, al final del libro viene todo más o menos explicado en un apéndice técnico, y la verdad es que carezco de la competencia física o matemática necesarias para evaluar su pertinencia, así que acepto lo que me cuenta sin problemas. De lo que ya dudo es de qué fue antes, si la narración o la “explicación”, porque tal y como lo cuenta podría haberse ajustado una descripción cuántica a cualquier interacción entre tres personajes/partículas… y ya sería casualidad que una trama construida por analogía a una interacción cuántica se ajustara además como un guante a los parámetros de un antiguo cuento de hadas francés (de raíces italianas).

¿Fue esta analogía forzada lo que decantó la votación a su favor? Es cierto que 2002 no fue un año muy competitivo (tan poco como para conceder la victoria a un libro mediocre de 2000… que ya había sido serializado en 1999), pero entre los candidatos al Nebula se contaban también “Declara” de Tim Powers, “Tránsito” de Connie Willis (ganadora de un Locus de Ciencia Ficción), “El colapsio” de Will McCarthy, “A través de Marte” de Geoffrey A. Landis (todas ellas, hay que reconocerlo, de segunda fila) o, sobre todo, “Tormenta de espadas” de George R. R. Martin, que sí obtuvo el Locus de Fantasía (en lo que, sin duda, hubiera sido la mejor ocasión para reconocer a Canción de Hielo y Fuego, aunque pocos podían imaginar por entonces que se iba a iniciar su precipitado declive hacia la irrelevancia… desde una perspectiva literaria). Bien es verdad que el Hugo tampoco estuvo muy fino para aquella hornada, destacando a “Harry Potter y el caliz de fuego”.

¿Otros candidatos de ese año? “Médula” de Robert Reed, “Ventus” de Karl Schroeder, “Espacio Revelación” de Alastair Reynolds, “Galveston” de Sean Stweart (premio World Fantasy) o “La estación de la calle Perdido” de China Miéville (que sí fue nominada, pero al año siguiente).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 25, 2019.

3 comentarios to “Rosa Cuántica”

  1. Me sorprende tanto el premio como que la factoría lo publicara. Supongo que esto último es para tirar de la publicidad de poner “premio nebula reciente” pero creo que va en contra de los resultados a largo plazo porque el comprador compra pero lee un mal libro y a la larga no confía más ( si tenía premio y era malo como serán los otros libros escogidos).
    En cuanto al libro recuerdo que no me gustó nada. La parte hard no la veo. Soy físico especialista en nanomecanica y aunque la química cuántica no es mi especialidad la teoría de la dispersión no es más que una simplificación o abstracción de algunos aspectos de la física cuántica subyacente. Nada de lo que cuebta es erróneo en la fecha de su publicacion, ahora hay varias facetas desfasadas pero da igual, lo que no tiene sentido es aplicar algo de esto a interacciones entre personas pues es un concepto muy amplio del que solo utiliza una parte que puede aplicarse a muchas cosas. No tiene ningún sentido y no aporta nada.

    • La Factoría se guiaba casi exclusivamente por los premios (complementados con otros títulos que posiblemente le endosaban los agentes al negociar derechos), y en principio un premio Nebula es un seguro, si no de calidad, al menos de comercialidad. Lo que ya no tiene perdón es la edición, que al parecer en su primera iteración (yo lo he leído en la edición en bolsillo de Puzzle) estaba además plagada de erratas. Intentaron seguir explotando la saga del Imperio Eskoliano (con su ridícula pretensión de que había reemplazado al universo Vorkosigan como la siguiente gran serie de space opera), pero el experimento no pasó de “Inversión primaria”, así que las ventas no deberieron de acompañar (y eso que “Inversión primaria” es mucho mejor libro… aunque no haga falta mucho para eso).

  2. Al menos suena graciosa.

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