La rebelión de los pupilos

Tras cuatro años de hiato y tres novelas no relacionadas, David Brin regresó en 1987 a su principal escenario, el del Universo de la Elevación de los Pupilos, con “La rebelión de los pupilos” (“The uplift war”). El reto era considerable. La anterior entrega, “Marea estelar“, había cosechado la triple corona (Hugo, Nebula y Locus), y esos son siempre unos zapatos difíciles de llenar.

A la dificultad de producir una entrega a la altura se le añadió además el riesgo inherente a una decisión arriesgada, pues en contra de lo que cabría esperar el autor optó por no continuar con la historia del Streaker, el primer crucero estelar tripulado por neodelfines en torno al cual se organiza el lío de “Marea estelar”, pasando a relatar un conflicto que se da en paralelo en el planeta Garth, recientemente entregado al cuidado del clan terrestre (el destino del Streaker, al menos el destino inmediato, pues aún quedan muchos flecos sueltos, se conocería en la segunda trilogía de la Elevación, que se publicaría entre 1995 y 1998).

El caso es que, aprovechando el tumulto ocasionado en las Cinco Galaxias por el hallazgo fortuito de los delfines, un clan extremista, el de los pajariles gubrus, decide que es una ocasión propicia para conquistar honores tomando Garth como rehén para hacerse con el secreto supuestamente hallado por los lobeznos (un clan sin tutores) de la Tierra. Ante los recursos de tan poderoso enemigo, los terrestres no pueden sino oponer una resistencia simbólica (y aun así de gran importancia desde una perspectiva diplomática), y pronto queda todo el planeta bajo el control de los alienígenas… todo salvo unas pequeñas bolsas de resistencia en los bosques, compuestas principalmente por neochimpancés, la segunda raza pupila del clan terrestre, con apenas trescientos años de sapiencia para avalar sus acciones y decisiones.

Allí donde “Marea estelar” suponía un castillo de fuegos artificiales, “La rebelión de los pupilos” escoge el camino de la exploración de la faceta ética de la gran supercivilización pentagaláctica, que por cientos de millones de años ha creado un entramado de relaciones de tutelaje, con cada especie sapiente obligada a transmitir ese mismo don antes de desaparecer a su vez, siguiendo el camino trazado por los míticos Progenitores. En medio de todo ello ha aterrizado la humanidad, no solo conquistadora del viaje interestelar por sus propios medios, sin el auxilio de la titánica Biblioteca, sino incluso lo bastante madura desde una perspectiva ética para haberse ocupado de la elevación de dos razas pupilas… aunque el pasado no tan lejano está oscurecido con el recuerdo del desastre en el que estuvo a punto de sumir a su propio mundo.

Más que en ningún otro de los libros de la serie, en “La rebelión de los pupilos” permea un discurso fuertemente ecologista, que apela a la responsabilidad del hombre para con los ecosistemas de su mundo, y es precisamente en la demostración de la responsabilidad como tutores de los hombres y en la idoneidad como pupilos de los chimpancés en donde se fundamenta la resistencia frente a los gubru, algo que se logra más en el plano de la imagen frente a la sociedad pentagaláctica que a través de logros puramente militares.

Hay un tema subyacente a toda la novela, oculto tras la historia arquetípica de resistencia en contra de fuerzas muy superiores, y es el de maduración. Así, tenemos a los jóvenes Robert Oneagle, hijo de la coordinadora planetaria, y Athaclena, hija del embajador tymbrini (una de las pocas razas aliadas del clan terrestre), obligados a asumir como tutores el peso del liderazgo de la resistencia, pero sobre todo los esfuerzos de neochimpancés como el piloto de la armada Fiben o la líder de la resistencia Gailet por mostrarse dignos miembros de la sociedad sapiente incluso privados del apoyo y la guía de sus tutores.

La maduración forzosa que todo ello supone retrotrae a la que debieron (debemos) superar los hombres para escapar de la autodestrucción. David Brin nos presenta un futuro al que aspirar, siempre y cuando nos mostremos dignos del don de la inteligencia, al tiempo que alerta contra las catastróficas consecuencias de una conducta atávica, pues Garth es un mundo llevado al borde del colapso ecológico por las ansias consumidoras de sus anteriores cuidadores.

Por supuesto, es una novela de David Brin, así que también tenemos aventuras, alienígenas exóticos y una trama que quizás se estira sobre demasiadas páginas, pero que va entretejiendo con cuidado una rocambolesca salida al conflicto que se centra en la supuesta existencia de unos míticos garthianos (presapientes oriundos del planeta y que, de algún modo, escaparon a la destrucción). Además, como suele ser la norma con Brin, el optimismo vence, y la proverbial suerte de los terrestres confabula con el universo para mantener su independencia en un universo brutalmente hostil, en el que somos literalmente los últimos monos.

Tras mi primera lectura de esta novela, que realicé hace ya unos cuantos años, me sentí decepcionado porque no me ofrecía aquello que esperaba tras “Navegante solar” y “Marea estelar”. En esta ocasión, sin embargo, creo que he entendido mejor lo que pretendía transmitir David Brin, y gracias a ello he aprendido a apreciar la novela en su justa valía, de modo que no solo la considero una más que digna integrante de la serie de la Elevación de los Pupilos, sino también muy merecedora de todos los honores que cosechó, pues al igual que su predecesora se hizo con los premios Hugo y Locus, mientras que en los Nebula tuvo que contentarse con una posición de finalista (frente a, la en mi opinión menor, “La mujer que caía“, de Pat Murphy).

Entre los finalistas al Hugo se cuentan también el inicio de la serie de Alvin Maker, de Orson Scott Card, “El séptimo hijo” (ganadora del Locus de fantasía); la imprescindible para la época aportación cyberpunk de la mano de George Alec Effinger y el inicio de la trilogía de Marîd Audran con “Cuando falla la gravedad”; el epílogo de la serie de Gene Wolfe del Sol Nuevo con “El urth del Sol Nuevo”; y una novela bastante mediocre de Greg Bear, “La fragua de dios“.

De forma harto curiosa, “La rebelión de los pupilos” es uno de los premios Hugo más maltratados en nuestro país, pues cuenta con una única edición, con una traducción mejorable, de hace más de treinta años.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 21, 2019.

3 comentarios to “La rebelión de los pupilos”

  1. Hola,
    no se si solaris segirá sacando la saga pero es cierto que es una pena la cobertura editorial que ha tenido. Yo lo leí en español en Acervo hace varios años pero me he tenido que comprar las dos trilogías de los pupilos en inglés pues la mayoría de títulos ni están ni se les espera y cada vez es más es dificil encontrar la edición de acervo de este título en un estado decente. Creo que son libros que pueden gustar a un amplio sector del público y este encima se podría publicitar con varios premios. Supongo que todo dependerá del éxito comercial de marea estelar. Aunque si lo sacaron hace 7 años (marea estelar lo publico solaris en 2012) y no hay visos de nuevos títulos de Brin será que no funcionaron muy bien, pero me extraña.

    • Me temo que La Factoría quebró hace ahora tres años, así que todas las series que venía publicando mal que bien en Solaris se han quedado colgadas y sin perspectiva de que nadie vaya a recogerlas.

  2. La premisa se ve realmente interesante, pero dudo tener acceso al libro.

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