Hacia el Transhomo sapiens: introducción a la filosofía transhumana de Greg Egan a través de Axiomático

(Ensayo publicado originalmente como complemento de la segunda edición de Axiomático, publicada por Grupo Editorial AJEC en 2011)

Los relatos que componen Axiomático fueron publicados entre 1989 y 1992 (salvo por «Ver» y «Un secuestro», inéditos hasta su aparición en la antología). En 1992 aparecía también la primera novela de ciencia ficción de Greg Egan, Cuarentena (Quarantine), seguida por El instante Aleph (Distress, 1993) y Ciudad Permutación (Permutation City, 1995). Juntas componen la que se conoce como Trilogía de la Cosmología Subjetiva [aunque es esta una denominación apócrifa, pues el propio autor reniega de ella y rechaza considerarlas así]. Su posible vínculo no se propone porque estén relacionadas dramáticamente, ni porque compartan personajes; ni siquiera presentan una ambientación común. Su nexo de unión es filosófico. Las tres especulan sobre el papel de la inteligencia, el observador, en la configuración de la realidad.

Axiomático, la antología, publicada originalmente en 1995, puede considerarse en propiedad como un cuarto elemento que precede (por fecha de composición), complementa y, en determinados aspectos, amplía, explorando otras derivaciones, muchas de las ideas que constituyen la materia prima de este terceto en particular. Al mismo tiempo, sin embargo, su alcance es mucho mayor, pues en estos cuentos se pueden distinguir ya los grandes núcleos temáticos de la obra de Egan, los cimientos de todo su corpus especulativo y de la filosofía subyacente al mismo.

Tenemos ejemplos de su especulación sobre las leyes físicas, que alcanzaría su máxima expresión en las novelas Diáspora (Diaspora, 1997) y, sobre todo, Schild’s ladder (2002) e Incandescence (2008); defensa de la razón frente a la superstición, ubicua en toda su obra, aunque especialmente destacable en los relatos que componen la antología Luminoso (Luminous, 1998) y en la novela corta «Oceánico» («Oceanic», 1998); activismo a favor de inmigrantes y otros colectivos marginados, uno de los pilares de Teranesia (1999); y transhumanismo, el que quizás sea el eje central de su obra. Cada uno de los cuentos que componen Axiomático podría analizarse, desde cualquiera de estos frentes (a los que podría añadir la vertiente biotecnológica de muchos de ellos). Sin embargo, tal aproximación excedería en mucho las posibilidades de este pequeño ensayo, que tan solo aspira a ofrecer algunos elementos de reflexión sobre lo leído y, quizás, proponer una posible dirección al lector que lo desee para seguir explorando el corpus especulativo del autor. Por ello, centraré mi análisis en la configuración de la visión transhumanista de Greg Egan.

Expresado con brevedad, el transhumanismo no es sino la reflexión en torno al futuro del ser humano, una vez trascendidas las limitaciones biológicas actuales. En este sentido, cabe prestar especial atención a que el próximo salto evolutivo del hombre (en el que ya nos encontramos metidos) no obedecerá al lento y ciego motor de la selección natural, sino que la responsabilidad recaerá en nuestras manos (o más bien en nuestra inteligencia). Y se trata de una responsabilidad terrible, de una magnitud que difícilmente podemos empezar a asimilar. Sólo los dilemas éticos que plantea ya son de una complejidad paralizante. Para muestra, recapitulemos lo leído.

La biotecnología abre los primeros frentes de conflicto. Desde escenarios proyectados a partir de temas actuales, como ocurre con la moralidad de los controles negativos en los ensayos clínicos con humanos («Hermanas de sangre») o la selección embrionaria de caracteres con fines eugenéticos («Eugene»), hasta modificaciones que podrían entrar dentro del campo de lo posible en no demasiados años («La ricura», «Amor apropiado», «La caricia», «El foso»). El enfoque de Egan en estos cuentos suele ser crítico con las intervenciones, bien sea rechazando sus fines o sus medios o tachando de inaceptables posibles consecuencias adversas (siempre a través de reflexiones internas de los personajes, sin injerencias de cualquier otra voz narrativa). No se trata de la típica tecnofobia que tan a menudo aqueja la mala ciencia ficción, siempre dispuesta a contemplar cualquier novedad desde la peor óptica posible, para regodearse en nuestro atávico miedo a lo desconocido. Surge de un proceso de auto examen, del cuidadoso estudio de la situación y de una valoración fría de riesgos y beneficios, y de ahí a la conclusión sobre qué nivel de riesgo es aceptable para llevar adelante la modificación. La respuesta que se extrae del conjunto es rotunda: Cuando las consecuencias las vaya a sufrir otra persona, el único riesgo aceptable es cero.

Una actuación personal, informada y libre constituye la única senda moralmente aceptable. Esto no conforma una receta mágica contra el error, como se verá más adelante, pero limita su impacto al individuo, al agente causal.

La principal dificultad para aplicar este principio al campo que nos ocupa, la evolución humana dirigida, es que las transformaciones genéticas realmente significativas ejercen su efecto durante las etapas formativas del nuevo organismo, a nivel embrionario. Además, aun en el caso de lograr solventar en parte este escollo (mediante reprogramación tisular, vectores de transmisión y factores de crecimiento, por ejemplo), quedaría el pequeño detalle de la transmisión de las características adquiridas a la siguiente generación. Nos encontramos ante un dilema insoluble. No existe una vía ética para emprender la revolución transhumana.

¿O sí?

Egan apuesta por una simplificación, por reducir el concepto de «humano» a su núcleo más básico. Lo que nos hace humanos sería nuestro intelecto, nuestra mente: un conjunto grande pero finito de bits (o qubits), indexados según un sistema determinado y sujetos a un conjunto específico de reglas de transformación. Y en esta definición el soporte biológico deviene en irrelevante.

Aparece aquí el concepto de «copia», que en su forma más burda se materializa como la joya Ndoli, un dispositivo que, tras un prolongado período de entrenamiento, es teóricamente capaz de proporcionar la misma información saliente que determinado cerebro dados los mismos estímulos entrantes (los circuitos capaces de realizar esta función se conocen como redes neuronales, precisamente por imitar la flexibilidad del sistema nervioso para reconfigurarse). No importa el mecanismo exacto, solo el resultado. Si los respectivos outputs son indistinguibles, se asume que el modo de obtenerlos es irrelevante.

No constituye una idea tranquilizadora. Demasiado parecida a un dogma (y los dogmas son modelables a conveniencia, como se pone de manifiesto en «El virólogo virtuoso»). Además, presenta el minúsculo inconveniente de que no puede existir un organismo con dos mentes. En algún momento la joya debe sustituir al cerebro orgánico (idealmente, antes de que este empiece a decaer). En «Aprendiendo a ser yo» surge una discordancia poco antes del relevo. Una discordancia minúscula cuyo efecto se amplifica exponencialmente al expandirse el árbol de decisiones. Se trata de una forma efectista de llamar la atención sobre el hecho de que nunca podríamos fiarnos de algo que no llegamos a entender hasta sus mínimos aspectos.

No existen, pues, atajos. O comprendemos y recreamos como información pura la mente humana o cejamos en nuestro empeño de arrancar las riendas de nuestra evolución de manos de la cruel selección natural (también podríamos resignarnos a hacer pagar a parte de nuestra descendencia el precio de nuestros errores, pero ¿en qué nos convertiría eso como agentes éticos?). La segunda parte de la receta, al menos como instantánea atemporal, es relativamente fácil de conseguir. «Basta» con mapear en un momento dado el conjunto de conexiones establecidas entre las 100.000 millones de neuronas de nuestro cerebro. Un trabajito de nada. Apenas 500 billones de sinapsis (y eso sin contar las células gliales, cuya función no es únicamente de soporte).

Habría que diseñar un sistema («escaneado» lo llama Egan) que fuera al mismo tiempo exhaustivo y tan poco intrusivo como resultara posible. Difícil, pero imaginable (en su última novela [en el momento de escritura del artículo], Zendegi», de 2010, aborda precisamente este paso). Las limitaciones físicas podrían generar sus propios conflictos de índole moral (como examinaría en «Sueños de transición», relato recogido en Luminoso), pero no hasta el punto de resultar insalvables. Claro que con un modelo estático no es suficiente. Los datos deben variar, a través de un mecanismo endógeno, según el patrón de pensamiento humano (sin descartar la adquisición de habilidades sobrehumanas, como una memoria perfecta e ilimitada, pero ahí ya entramos en una etapa posterior).

Durante el período recopilado en Axiomático, las reflexiones de Egan no habían llegado tan lejos (o al menos no habían fructificado en forma de relato publicado). La antología Luminoso (que recopila textos publicados originalmente entre 1993 y 1998) ya incluye dos cuentos que examinan esta cuestión: «Señor volición» y «Motivos para ser feliz». Por el contrario, sí que empieza, con timidez, a explorar las posibilidades de una evolución puramente mental, sin perder de vista el componente ético. Por un lado, están los implantes (chutes de nanomáquinas diseñadas para alterar la arquitectura neuronal), que presentan varias ventajas sobre la modificación genética, en particular que su acción se verifica sobre el propio sujeto y que el efecto es reversible. No así las consecuencias de un mal uso, como se constata en «Axiomático», el relato que da título al volumen. Por lo que respecta a «El paseo», se basa en una idea que acabaría desarrollándose como la Teoría del Polvo (expuesta por primera vez en el relato «Dust» de 1992), la base teórica de Ciudad Permutación.

Otras posibilidades (y sus consecuencias) se examinan en «Cercanía» (con el soporte de las joyas Ndoli) y «Un secuestro» (con copias totalmente digitales). Sin embargo, la auténtica exploración del potencial transhumano de este modelo no se llevaría a efecto hasta Ciudad Permutación y, sobre todo, Diáspora, novela que se inicia con el nacimiento de una inteligencia humana digital y no deja de subir las apuestas, capítulo a capítulo, hasta su portentoso final.

Lo que sí examina en bastante detalle, a través de varios de los textos que componen la antología, es la validez del supuesto de partida. Es decir, si es congruente considerar como humana una entidad constituida por información pura, o, dicho de otro modo, el problema de la identidad. Así, por ejemplo, en «Ver» sitúa la autopercepción de su protagonista fuera de los límites físicos de su cuerpo (al tiempo que especula un poco acerca de la construcción de mapas mentales). Resulta significativo comprobar cómo este distanciamiento, puramente psicológico, altera su forma de procesar y relacionarse con su entorno.

Un escenario similar (hasta cierto punto) lo encontramos en «La caja de seguridad», con el añadido de la composición de una identidad mental (información autoorganizada) individual sobre múltiples soportes biológicos. De igual modo, pueden encontrarse reflexiones en torno a este tema en «Axiomático», «Aprendiendo a ser yo», «El paseo» y «Cercanía» (en propiedad, ninguno de los relatos es ajeno al conjunto de inquietudes del autor, así que clasificarlos en tal o cual subgrupo no deja de ser un ejercicio de subjetividad).

Por último, cabría mencionar otra preocupación que, siendo en principio ajena a la especulación sobre la evolución transhumana, se sitúa jerárquicamente en un nivel superior. A medida que vamos aproximándonos a una teoría global sobre el universo físico (tema central de El instante Aleph), va quedando de manifiesto una cualidad preocupante: la dimensión temporal no es cualitativamente distinta de las espaciales. Presente, pasado y futuro no son sino una ilusión, un constructo de nuestro cerebro, incapaz de percibir la realidad como el bloque monolítico que (posiblemente) es. Para terminar de arreglarlo, la mecánica cuántica predice que cualquier acontecimiento con una probabilidad distinta de cero de verificarse o bien se materializa en una pluralidad de realidades paralelas (según la teoría de los Universos Múltiples de Everett) o bien tiene una posibilidad real de manifestarse como resultado del colapso de la función de onda ante un observador (como defiende la Interpretación de Copenhague). Todo ello configura un universo extremadamente hostil al concepto del libre albedrío. ¿Tiene sentido un análisis ético del comportamiento humano, y por tanto una valoración ética de las alternativas transhumanas, si no existe libertad de elección?

No creo que sea casualidad que los dos relatos que examinan esta cuestión sean los ubicados en primer lugar en la antología (pese a haber sido publicados originalmente en junio de 1991 y enero de 1992, es decir, hacia el final del período que abarca la recopilación). Me refiero a «El asesino infinito» (que la aborda asumiendo los condicionantes de la teoría de los Universos Múltiples) y a «El diario de cien años-luz» (que examina, entre otros conceptos, la responsabilidad personal en un universo determinista). Las implicaciones de la mecánica cuántica en el concepto de libre albedrío también se examinan en Cuarentena y, sobre todo, en la novela corta «Singleton» (1993, publicada en español en el volumen Oceánico).

El texto escogido como colofón de Axiomático es igualmente significativo. «Órbitas inestables en el espacio de las mentiras», además de jugar con conceptos matemático-físicos de cierta complejidad (como «Hacia la oscuridad»), ofrece un planteamiento filosófico intrigante. En el cuento se nos describe una comunidad inconexa, vagando entre núcleos de creencias formados arbitrariamente, sin hacer distingos entre supersticiones puras y duras y aquellos cuya fe se deposita en la ciencia. Los miembros de esta comunidad se consideran los únicos libres, pues su capacidad de dudar les ha permitido evitar caer bajo la influencia de algún atractor. Sin embargo, a la postre, se plantea la hipótesis de que su misma actitud responda a fuerzas ajenas a su voluntad.

Aparte de especular con el modelo matemático de los atractores extraños, «Órbitas inestables en el espacio de las mentiras» invita a mantener una actitud sanamente dubitativa respecto a todo. Incluso respecto a la propia duda (sin dejar que esta nos inmovilice). Trasladado al conjunto de la antología, podría interpretarse como que Greg Egan nos está ofreciendo, mediante un envoltorio ameno, sus reflexiones en torno a diversos temas (uno de los cuales sería el transhumanismo), lo cual no es óbice para que nos invite a dudar de ellas, a plantearnos nuestros propios supuestos, para que descubramos nuevos dilemas éticos y tratemos de desenredarlos en base a nuestras propias cavilaciones.

Al fin y al cabo, la evolución transhumana de nuestra especie no nos es ajena. Nuestros descendientes (y nosotros mismos, pues en realidad es un proceso que se inició cuando el primer Homo sapiens se puso a pensar cómo podría mejorar su existencia) serán transhumanos. Conviene tomar cuanto antes, con decisión y el máximo conocimiento de causa posible, las riendas de nuestro futuro.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 6, 2018.

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