Sobre la espada y brujería

Con motivo de la inminente aparición de La invocación del picto, recupero este artículo, publicado originalmente en la revista electrónica Hierro y Huesos 1 en 2016.

La espada y brujería nació en 1961. Se escribía desde mucho antes, pongamos por ejemplo que desde 1929, pero no poseía denominación propia, sino que se cobijaba bajo el paraguas genérico de la weird fiction, un término poco definido que abarcaba en su momento, cuando la separación entre las distintas vertientes del fantástico era un tanto difusa, desde historias de puro horror a aventuras de ciencia ficción, siempre y cuando el texto evocara cierto sentimiento de inquietud y extrañeza.

El impulsor del tardío bautizo fue Michael Moorcock, quien lanzó una pregunta abierta a través de la sección de cartas del fanzine Amra (una publicación de la Hyboriaii Legion, una asociación de aficionados a Conan), solicitando propuestas para nombrar ese tipo especial de ficción al que varios autores se estaba dedicando y que hundía sus raíces en la obra de Robert Ervin Howard (Moorcock estaba a punto de publicar su primera historia de Elric de Melniboné, así que su interés no debió de ser por completo académico).

Aunque el propio Moorcock sugirió un término (epic fantasy), quien se llevó el gato al agua y acertó con la propuesta fue Fritz Leiber (autor de la serie de Lankhmar de Fafhrd y el Ratonero Gris). El 6 de abril de 1961, en la revista Ancalagon (una efímera publicación, sólo tres números, de la Philadelphia Science Fiction Society) lanzó el nombre de sword-and-sorcery, espada y brujería; propuesta que ampliaría en el número de julio de Amra, haciendo referencia al grado de civilización involucrado (es decir, aquellas culturas en las que se emplean armas de filo) y a la presencia del elemento fantástico o sobrenatural.

Otra ventaja del término residía en su similitud con etiquetas ya asentadas, tales como cloak-and-sword (capa y espada) para la aventura histórica (en la línea de las novelas de Alejandro Dumas y sus imitadores) y cloak-and-dagger para los relatos de espías. Sin mencionarlo explícitamente en su argumentación, la propuesta evocaba también el género cinematográfico del sword-and-sandal, lo que nosotros conocemos como peplum, que por aquel entonces estaba viviendo su época dorada.

Todas estas asociaciones hicieron inevitable que la sugerencia prosperara, y pronto, a pesar de ciertas reservas respecto a la parte de la «brujería» que albergaban algunos de los autores implicados, acabó consolidándose como una denominación más o menos oficial. En 1963, por ejemplo, L. Sprague de Camp editó la antología «Swords and sorcery», recopilando relatos modernos y clásicos del «nuevo» género, y más o menos por esas fechas Sprague de Camp, Lin Carter y John Jakes fundaron SAGA: Swordmen and Sorcerer’s Guild of America, para promover la popularidad y respetabilidad de la espada y brujería (aunque durante sus primeros años fue más bien una mera excusa para que autores con interés comunes se juntaran para tomarse unas copas y actuar de forma extravagante).

En años sucesivos, de Camp y Carter, ya sea juntos o por separado, editaron diversas antologías, muchas de ellas con una amplia representación de (o directamente copadas por) miembros de SAGA, aunque sin duda su mayor contribución a la popularidad del género reside en la canónica (y polémica, por la importante modificación de relatos de Howard y la inclusión de pastiches creados por los editores) reedición cronológica de las aventuras de Conan el Bárbaro, publicada inicialmente por Lancer, y tras su quiebra continuada por ACE.

Al final, por supuesto, todo apunta a Robert Ervin Howard, quien a través de los relatos que escribió entre 1926 y 1936 asentó las bases y modeló lo que tantos años después acabaría llamándose espada y brujería (aunque sus raíces, por supuesto, se hunden mucho más allá, pero eso ya es un tema que trataré en algún otro artículo).

Definir cuál es el primer cuento de espada y brujería jamás publicado es una cuestión de matices. Podría ser quizás «El reino de las sombras», el primero de los dos relatos del rey Kull publicados en vida de Howard (en 1929, aunque sus primeros borradores datan de 1926). Por otro lado, si nos fijamos en Solomon Kane, que es un personaje mucho más desarrollado, podríamos hablar de 1928, fecha de la publicación de «Sombras rojas», su primera aventura, o quizás de 1930, año en que se publicó el primer cuento del puritano perfectamente reconocible como de espada y brujería: «Luna de calaveras». De hecho, leyendo cronológicamente (según el orden de escritura) las aventuras de Solomon Kane, es posible percibir cómo las características del género van concretándose, dando forma a un tipo de relato fantástico con unos rasgos tan inequívocamente reconocibles como difíciles de precisar.

Todo ese proceso de maduración acabaría desembocando en «El fénix en la espada», una reescritura de un cuento inédito del rey Kull («¡Con esta hacha gobierno!»), que se acabó transformando en el primer relato de Conan, un bárbaro que vivió en la edad Hyboria, una época mítica diez mil años antes de nuestra era.

Pese a unos inicios poco prometedores (Farnsworth Wright, el editor de Weird Tales, rechazó los tres primeros cuentos de Conan, aunque realizó sugerencias para una revisión de «El fénix en la espada», que finalmente aceptó), las historias de Conan el bárbaro pronto conquistaron una enorme popularidad, convirtiendo a Howard en uno de los escritores pulp más exitosos de su época (lo que no lo libró por completo de sufrir los vaivenes económicos, sobre todo por los continuos retrasos en los pagos por los que era tristemente famosa Weird Tales).

En total, hasta su prematura muerte en 1936, Robert E. Howard escribió veinte relatos de diversa extensión sobre Conan y una novela, «La hora del dragón» (renombrada en compilaciones posteriores como «Conan el Conquistador»), además de cuatro fragmentos más o menos desarrollados y varios esbozos, tomados como referencia por escritores posteriores para la escritura de pastiches («colaboraciones póstumas» para ellos). Carter y de Camp «conanizaron» también otros cuentos de Howard, sobre todo de fantasía histórica, que en principio nada tenían que ver con el cimerio, para conformar las dos primeras ediciones compilatorias (la de Gnome Press, entre 1950 y 1957, y la de Lancer/Ace, entre 1966 y 1977).

La cuestión es que con todo esto queda más o menos expuesto el origen de la espada y brujería, pero no estamos ni un paso más cerca de definir qué es la espada y brujería (más allá del nebuloso: todo lo que se parezca a las historias de Conan).

Ser más específicos no es tarea fácil. Lo cierto es que la espada y brujería se define casi por oposición frente otras corrientes de la fantasía, como la fantasía épica (high fantasy), de la que «El Señor de los Anillos» es el máximo exponente, o la fantasía feérica (y, en general, toda la fantasía con raíces mitológicas). Podemos, eso sí, definir con bastante precisión sus características más representativas:

El protagonismo en las obras de espada y brujería suele recaer en personajes solitarios (excepcionalmente, en parejas de personajes solitarios), que se preocupan sobre todo por su propios intereses, sin que suelan verse implicados los destinos de grandes imperios (y en caso contrario, es siempre una mera consecuencia de las acciones que aborda el protagonista a título personal). Desde esta óptica individualista, la moral de los personajes suele ser ambigua (cuando no decididamente defectuosa), sujeta sobre todo a códigos propios que no tienen el porqué coincidir exactamente con unos planteamientos éticos tradicionales (un difícil equilibrio entre héroe y antihéroe que a menudo se convierte en el punto débil de las aportaciones más flojas al subgénero).

Por lo que respecta al elemento sobrenatural, es imprescindible, pero su importancia nunca debe hacer sombra al uso de las armas para solventar situaciones críticas. Lo usual, además, es que la magia represente a las fuerzas antagónicas (con notables excepciones como el Elric de Moorcock, imaginado deliberadamente como la antítesis de Conan, al ser un brujo de constitución débil, o el Kane de Karl Edward Wagner, también conocido como el espadachín místico, ambos desarrollos relativamente tardíos dentro del género). Es quizás a través de esa lucha contra lo desconocido como mejor se podría caracterizar la espada y brujería, una tradición que, cabría destacar, se gestó durante la Gran Depresión.

Porque yendo a la esencia misma del género, la espada y brujería narra la lucha individual del hombre (o de la mujer, que aun siendo menos abundantes, también contamos con protagonistas femeninas que en nada desmerecen a sus homólogos varones, como Jirel de Joiry) contra las fuerzas que se le oponen. En este sentido, la brujería sería lo incontrolable, todos aquellos condicionantes externos, a menudo incomprensibles y siempre incontrolables, que buscan su fracaso (ya sean los altibajos de la economía, la presión social o la mera hostilidad de un universo despiadado que no piensa regalarle nada a nadie); y para enfrentarse a esa brujería, el ser humano sólo cuenta con sus propias fuerzas y, sobre todo, con su voluntad, ejemplarizadas ambas en la espada (que no es nada sin el brazo que la empuña).

La espada y brujería escenifica la fantasía de autorrealización suprema, el «no necesito a nadie» y también el «nada puede derrotarme»; el consuelo existencial de que no existe obstáculo que no pueda ser vencido… aunque tal hazaña no esté necesariamente al alcance de un mortal cualquiera, sino que precise de cualidades excepcionales (aunque no sobrehumanas). Dentro de este escenario existen matices, por supuesto; desde la seriedad adusta de Conan a la más relajada supervivencia pícara de Fafhrd y el Ratonero Gris (concebidos por Leiber en 1938, cuando la economía estadounidense empezaba a mostrar signos de recuperación). Luego, por supuesto, estarían las imitaciones simplonas, que copian la estética pero ignoran el trasfondo, pero eso es algo que el mercado suele castigar (aunque a ellas, así como a su incorrecta traslación a otros medios expresivos, se debe la fama de baja calidad y superficialidad que viene arrastrando).

Mucho camino ha recorrido la espada y brujería desde que viera la luz, aún innominada, en Cross Plains, Texas, allá por finales de los años veinte, e incluso desde que fuera formalmente bautizada en 1961 por un grupo de creadores entusiastas, que reconocían así su deuda con Robert E. Howard. Son décadas en las que ha sufrido altibajos de popularidad, moviéndose casi siempre a la sombra de otros subgéneros «mayores», aunque sin llegar a perder por completo su capacidad de fascinación.

Al fin y al cabo, su mensaje implícito sigue siendo tan relevante hoy en día como en la época en que fue concebido. Llamarla fantasía de autorrealización (a menudo emborronada con otro tipo de fantasías) no es del todo justo. La espada y brujería no pretende ofrecer consuelo frente a las adversidades, ni ser un triste sustitutivo del éxito, vivido vicariamente en la piel del héroe, sino constituir una llamada de atención, un desafío.

«¿Qué haces ahí tirado en el suelo?», nos diría Conan. «¡Levántate y pelea!».

Porque en las historias de espada y brujería rara vez se logra una victoria definitiva, sino todo lo más el privilegio de seguir en pie, indómitos y dispuestos a seguir luchando otro día, y otro, y los que hagan falta; el privilegio de poder gritarle al mundo: «Lo has intentado con todas tus fuerzas y aún no me has vencido»; la satisfacción de vivir bajo una simple premisa, que es al mismo tiempo declaración de principios, reto y guía de conducta: «¡By this axe I rule!».

¡Larga vida a la espada y brujería!

~ por Sergio en noviembre 29, 2018.

4 comentarios to “Sobre la espada y brujería”

  1. ¿Se podrá adquirir esta novela -y la de William Morris- en Amazon? Es allí donde realizo la mayor parte de mis compras literarias ahora.

    Un saludo.

  2. Muy buena la entrada, yo apenas estoy empezando con el género, y tiene razón, me gusta, aparte del escenario, los héroes que nunca terminan de caer o vencer del todo.

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