Overlord (o por qué no basta con zombis nazis para ser terror)

Inicialmente se presentaba como la cuarta entrega de la serie Cloverfield, asupiciada por J. J. Abrams bajo su sello Bad Robot, pero finalmente ha llegado a las pantallas una película independiente, con un presupuesto de 38 millones de dólares, ambientada durante el Desembarco de Normandía, y más específicamente en las (desastrosas) operaciones de los comandos aerotransportados tierra adentro para asegurar diversos objetivos estratégicos.

Eso sí, aunque imite su estilo, “Overlord” (Julius Avery, 2018) no es estrictamente hablando una película histórica, ni siquiera un drama bélico, pues abandona pronto cualquier pretensión de verosimilitud para abrazar una sensibilidad descaradamente weird, reminiscente de títulos como “Dog soldiers” o “Deathwatch” o, con mayor propiedad incluso, la saga de videojuegos Wolfenstein.

Así, nuestro comando, que se ve casi de inmediato reducido a cuatro hombres, tiene como misión dinamitar una estación de radio protegida por casi medio centenar de nazis, en medio de un pueblecito francés. Lo que no había previsto el centro de mando, sin embargo, es que aquel puesto dobla también como centro de experimentación para un suero que podría cambiar el curso de la guerra (administrado, como todo potingue que se precie, mediante gigantescas inyecciones transparentes)… y no destripo nada comentando que todo aquello deriva en el típico (o no tanto) brote zombi… con nazis, zombis nazis.

Supongo que Billy Ray, el guionista que propuso la idea de la película, la presentó exactamente así, plantándose en el despacho de Abrams y pronunciando las dos palabras mágicas: “zombis” y “nazis” (y hay que tener en cuenta que en los EE.UU. la entretenidísima bilogía noruega “Zombis nazis”, decididamente inclinada hacia el humor negro y el gore, no tuvo una gran distribución). El caso es que la historia no tiene mucho más. Los comandos llegan al pueblo, son testigos de las cosas nazis que hacen los malos, se va creando un poco de atmósfera opresiva y, cuando llega el momento (un poco tarde para mi gusto), todo se desmelena (no lo bastante para mi gusto) y tenemos tiros, nazis y muertos vivientes imparables, supersoldados desquiciados y fuego y explosiones.

Superficialmente parece una película de terror. Al menos intenta serlo con denuedo, haciendo uso de todos los trucos del manual (sonidos enervantes, sustos visuales y sonoros, ambiente de mal rollo y demás). El caso es que le falta algo, y esa ausencia es, precisamente, lo que más me gustaría resaltar.

En mis talleres de escritura de terror hay dos cosas que siempre comento. Por un lado están las facetas del género, que viene a ser tres: el terror, o sentimiento angustioso que se nutre de la anticipación; el horror, o reacción visceral que suscita una imagen, sonido o hecho impactante; y finalmente la repulsión, que es una respuesta automática que apela directamente a nuestros reflejos empáticos sin pasar por el cerebro consciente. También comento que para ser efectiva una historia de terror debe presentar al menos dos lecturas: la superficial y evidente, que suele ceñirse a una serie de tópicos y estructuras clásicos predefinidos; y la referencial, que a través de la metáfora es la que realmente conecta con algún temor o conflicto profundamente enterrado en nuestro subconsciente.

De estos cinco elementos, “Overlord” solo atiende a tres, y por ello me cuesta clasificarla como película de terror.

Veamos, la parte de la repulsión está clara. Dentro de ciertas limitaciones estéticas (para no caer en el exceso), cumple muy bien, y además lo hace a través de maquillaje y efectos físicos, dejando el CGI reducido al mínimo, con lo que consigue suscitar una reacción muy satisfactoria. El horror, como ya he adelantado, también lo maneja con soltura, utilizando con aplomo todos los aspectos técnicos, desde la fotografía a los encuadres, pasando por la música y los efectos de sonido, para potenciar los sustos. En cuanto al terror… ¡Ay!, me temo que “Overlord” confía casi por completo en el poder evocativo del conjuro “zombis nazis” para generar el sentimiento de aprensión. Deja caer una buena frase (“El Reich de los mil años necesita soldados de mil años”), pero no construye a partir de ahí, y esa es, de hecho, una posibilidad que nunca llega siquiera a definirse.

Esto es algo que no solo me resulta deplorable desde una perspectiva narrativa, sino un poco también filosófica. Los zombis no me preocupan. De hecho, encarnan el arquetipo del monstruo hueco, carente por completo de propósito o significado propio. Son un lienzo en blanco para que podamos pintar cualquier idea sobre ellos. Los nazis, sin embargo…  Los nazis deberían ser algo más que una simple elección estética. Dejarlos reducidos a la categoría de mero icono (intercambiable con cualquier otro), me resulta tristemente inaceptable. Si utilizas nazis, más te vale que sea para algo más que por explotar su aura oscura, porque entonces te estás limitando a explotar su atractivo maldito, ganado a costa de la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos, algo que, simplemente, no es ético.

Lo cual nos lleva a la otra gran carencia: la ausencia de sublectura. Vale, a fuer de ser completamente justo reconoceré que hay un leve atisbo de subtexto, relacionado con el peligro de convertirnos en monstruos al combatir monstruos, pero está tan, tan diluido (posiblemente en la mesa de edición, por no “molestar” a lo que de verdad importa), que puede darse casi por inexistente. Lo que se ve en la superficie es lo que hay, y ni siquiera termina de regodearse, o siquiera de hilvanar, todos sus recuerdos (paradigmático de esto es la absoluta irrelevancia del científico al cargo del proyecto o la inexplicable escena del colgante al inicio del metraje, un elemento que se señala como importante para no volver a ser mencionado en toda la cinta)

Carente pues de terror (en el sentido literario) y de sulectura, “Overlord” queda reducida a una competente historia bélica (grandísima la escena inicial, como extraordinario es el póster alusivo, todo hay que decirlo), que reproduce con buena mano recursos vistos una y mil veces con el pequeño aditivo del toque weird y, en general, desperdicia todo su potencial para justificar sus ambiciosas elecciones estéticas con un mensaje acorde.

Un tanto decepcionante, máxime cuando tenemos historias igual de superficiales pero mucho más desquiciadas (como las ya mencionadas gamberradas de los “Zombis nazis” o “Planet terror”, que al menos planteaba al espectador un gran juego metarreferencial). En definitiva, que no está mal, pero podría haber sido mucho más; y por todo lo expresado me entristece un poco la magnífica recepción crítica que ha recibido, pues me hace pensar que ese es el nivel de exigencia que se tiene para con un género, el terror (si es que podemos clasificar “Overlord” como terror, pues no es que carezca de dos de los cinco elementos necesarios, sino que además son los dos más importantes), que tiene cosas mucho mejores que ofrecer que meras emociones huecas.

~ por Sergio en noviembre 15, 2018.

3 comentarios to “Overlord (o por qué no basta con zombis nazis para ser terror)”

  1. Tengo que admitir que esos posters son muy llamativos, hasta me dan ganas de verla, pero seguiré el consejo y me lo tomaré con cuidado.

  2. Disfruté bastante con ella, aunque tienes razón que si busca uno algo más además de un envoltorio más o menos bonito, no encuentra mucho. Deberían haber ahondado más en eso de que para destruir a un monstruo hay que convertirse en uno, aunque el cabo Ford parece que al final se dio cuenta del peligro de que eso ocurriera.

    ¡Saludos!

    • El problema solo aparece cuando las expectativas apuntan a una peli de terror (que no es). Me da que por ahí debe de haber un montaje alternativo que desarrolle todas esas sublecturas que posiblemente los productores consideraron superfluas. Por lo demás, he de reconocer que está rodada con bastante buena mano.

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