La tempestad, Calibán y la monstruosidad del Otro

William Shakespeare no siempre gozó del exorbitante reconocimiento del que disfruta hoy en día dentro de las letras inglesas. Aun siendo un autor muy popular en su propia época, su estrella declinó durante los siglos XVII y XVIII y solo empezó a verse encumbrado de nuevo con el auge del romanticismo a principios del siglo XIX, alcanzando esta reverencia su máxima expresión durante la época victoriana. Casualmente, este período fue también el de conformación de la literatura fantástica moderna, que se vio enormemente influenciada por los escritos del bardo, aunque solo dos de sus obras son inequívoca e íntegramente fantásticas (brujas de “Macbeth” y fantasma de “Hamlet” aparte): “Sueño de una noche de verano” (“A midsummer night’s dream”, 1596) y “La tempestad” (“The tempest”, 1611).

La influencia de la primera en toda la fantasía feérica inglesa es enorme, solo igualada (o incluso superada) por “The faerie queene”, de Edmund Spenser (1596). Por su parte, “La tempestad”, aun estando protagonizada por un mago y presentando personajes como el monstruoso Calibán o el espíritu del aire Ariel, extiende su sombra especialmente sobre la ciencia ficción, con numerosas referencias y homenajes, desde la reciente “La guerra de Calibán”, de James S. A. Corey, remontándose al menos hasta la película “Planeta prohibido” (Fred M. Wilcox, 1956), con títulos como “Ilium”, de Dan Simmons, o “La telaraña entre los mundos“, de Charles Sheffield (sin prescindir por completo de la fantasía, como con “Caliban’s hour”, de Tad Williams). Y es que en muchos sentidos Próspero no actúa como un mago clásico, sino que es un estudioso de la magia, un protocientífico cuyo poder se ha fundamentado en el estudio, en la recopilación de conocimientos.

A lo largo de las décadas, las interpretaciones de esta breve obra de teatro (la última que escribió Shakespeare por sí solo) han sido muchas y diversas. Más allá de lo que pudieran haber entresacado de ella sus contemporáneos (para quienes nunca fue una de las principales), a lo largo del siglo XX se han realizado sobre ella estudios de todo tipo, desde ópticas tan diversas como el psicoanálisis (Calibán sería una representación del subconsciente colectivo, mientras que Ariel sería una externalización de la voluntad consciente), el marxismo (Calibán representaría la clase obrera, explotada y denigrada por una aristocracia identificada en Próspero y Ariel) o el colonialismo (como forma parte de la tesis que quiero presentar, me reservo su descripción para más adelante).

Es relativamente sencillo exponer de qué va (no tanto explicar todos los giros argumentales, porque hay más de uno desconcertante). Próspero, el antiguo duque de Milán, vive exiliado en una isla mediterránea junto con su hija Miranda. Allí, gracias a sus conocimientos mágicos, gobierna sobre criaturas como el espíritu del aire Ariel o el monstruo Calibán, hijo de la bruja Sycorax y antiguo señor del lugar. La acción arranca con el paso azaroso por las aguas isleñas de un navío que transporta a Antonio, el hermano traidor de Próspero, junto con Alonso, el rey de Nápoles (a quien Antonio rinde pleitesía), y su hijo Fernando. Regresan de la boda de la hija de Alonso con el rey de Túnez, y Próspero aprovecha la ocasión para provocar su naufragio, teniéndolos a todos a merced de sus poderes, inermes frente a su potencial venganza.

Solo que la venganza (si tal es el propósito final de Próspero) nunca llega a materializarse, prevenida quizás por el enamoramiento entre Fernando y Miranda (muy favorecido por Próspero, que actúa casi de casamentero mágico). Al final, tras desmontar un par de conjuras no demasiado elaboradas (de Antonio y el hermano de Alonso contra el rey de Nápoles y de Calibán y un par de personajes menores contra Próspero), el antiguo duque de Milán, reinstaurado en su cargo, renuncia a la magia, perdona a sus enemigos y decide retornar al mundo, para asistir por lo pronto a la boda principesca de su hija.

Tradicionalmente, esa sorpresiva renuncia última de Próspero se ha venido interpretando como la despedida metarreferencial del propio Shakespeare del teatro, y aunque el antiguo duque de Milán constituye un personaje muy interesante, sobre el que podrían girar interpretaciones en este y otros sentidos, quisiera centrar mi análisis en el otro gran protagonista (casi me atrevería a decir que involuntario) de la obra: el monstruoso Calibán.

Calibán es el típico secundario que acaba apropiándose de la función, quizás por la fascinación que desde siempre ha ejercido lo anómalo, lo extraño, el temido Otro. Además, se da la circunstancia de que la apreciación del personaje ha ido variando con el paso de los siglos. Indudablemente, en la época de sus primeras representaciones su presencia debía de suscitar el horror y el rechazo de los espectadores. Hoy en día, sin embargo, es una presencia que más que desdén concita simpatía ante el obvio maltrato al que lo somete Próspero, y todo ello tiene quizás que ver con la sublectura colonial que impregna la obra, posiblemente desde su misma concepción, aunque con interpretación variable en función del contexto histórico imperante.

Así, en 1611 nos encontramos con un Imperio Británico todavía incipiente, que apenas está empezando a extender sus dominios (con, por ejemplo, su primer asentamiento relativamente permanente en América, el fuerte Jamestown, fundado en 1607 tras un par de infructuosas tentativas previas). Es decir, por primera vez los británicos estaban saliendo al encuentro del mundo y se exponían al contacto con los Otros, los indígenas del Nuevo Mundo, a través de una relación asimétrica que les era tan novedosa como el propio aspecto y las costumbres de los amerindios.

En “La tempestad” la crítica ha venido interpretando la isla de Próspero como metáfora de los territorios de ultramar, con Calibán representando a sus “salvajes” pobladores originales (siendo su nombre anagrama de “Caníbal”, en consonancia con el resto de nombres españoles de la obra y posiblemente influenciado por el ensayo “Des cannibales“, de Michel de Montaigne, traducido al inglés en 1603). El genuino horror que suscita en Próspero este Otro, y motivo de su caída en desgracia, tiene además una raíz mencionada de forma explícita en la obra: su pretensión confesa de mantener relaciones sexuales con Miranda y engendrar una estirpe monstruosa.

En los albores de la expansión británica, “La tempestad”, a través de la relación entre Próspero y Calibán, anticipa la actitud colonialista que caracterizará al Imperio Británico, y constituye la expresión de un miedo profundo, el de la pérdida de identidad racial e involución a través del mestizaje. Es, además, un temor que, tal vez por condicionantes culturales, se mantiene relativamente intacto durante todo su período colonial, y curiosamente resurge con fuerza al final del mismo, en la época tardovictoriana y eduardiana, reencarnado en el subgénero del imperial gothic.

Ante la percepción de obsolescencia del modelo colonial, resurge el temor a la otredad, a la contaminación cultural, representada en esta ocasión por poderes extranjeros que amenazan con sojuzgar las Islas Británicas. Son historias de invasión foránea, ya sea a gran escala (“La guerra de los mundos”, de H. G. Wells) o por individuos especiales (“Ella“, de Henry Rider Haggard, o “Drácula”, de Bram Stoker), en los que se reencarna (con una venganza) la sombra de Calibán, el salvaje, el caníbal del Nuevo Mundo, el Otro arquetípico.

Y de ahí llegamos a la percepción moderna, con su autorreflexión sobre lo que fue la dinámica colonial y la reivindicación de la otredad, no como amenaza a la que derrotar (o ante la que caer derrotado), sino abrazando la multiculturalidad. De ahí que se alcance una empatía imposible no solo en tiempos de Shakespeare, sino también durante el redescubrimiento de su obra a lo largo del siglo XIX. He ahí un ejemplo de cómo la obra de William Shakespeare, de algún modo, logra traspasar la barrera del tiempo, al asentarse sobre unos cimientos tan profundos que los cambios contextuales solo la resignifican, sin privarla de sentido o llevarla a la obsolescencia (a donde estaría sin duda abocada de haber optado el bardo de Avon por la alegoría directa).

En verdad, “La tempestad”, incluso con la perspectiva limitada de este ensayo, centrado en las distintas percepciones que ha podido suscitar el personaje monstruoso de Calibán con el correr de los siglos, demuestra una flexibilidad interpretativa que justifica la fascinación que ha generado (y probablemente seguirá generando) el corpus shakesperiano en general y, por lo que atañe a este blog, en particular esa pequeña pero muy significativa porción fantástica del mismo.

~ por Sergio en noviembre 10, 2018.

5 comentarios to “La tempestad, Calibán y la monstruosidad del Otro”

  1. Curiosas estas retro reseñas.
    Hay una versión en cómic español, con línea clara a lo Tintin y completamente trasladada al futuro, con una nave espacial en vez de barco y un planeta en vez de una isla.

    • De un tiempo a esta parte, Rescepto se ha convertido casi, casi en un retroblog (aunque sí, esta es la sexta más antigua… por ahora). No conocía esa nueva versión en cómic (Santiago García y Javier Peinado, 2008).

  2. Buena interpretación, primera vez que la escucho.

    • La interpretación en clave colonial es algo relativamente frecuente en los últimos años (aunque espero haber podido aportar algo original a través de mi perspectiva evolutiva).

Responder a Sebastian Mora Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

 
A %d blogueros les gusta esto: