Gladiator

Philip Wylie es uno de los autores de ciencia ficción más singulares que ha habido, pues se desmarcó de su contexto para producir en los EE.UU., desde 1930, una ciencia ficción más cercana en espíritu al romance científico británico que al pulp americano, con una acusada inclinación filosófica, lo que sin embargo no le impidió ejercer una poderosa influencia en la ciencia ficción popular de su país (en particular, en el cómic, con paternidad ideológica atribuida tanto para el Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster como el Flash Gordon de Alex Raymond; pero también héroes pulp como el Doc Savage de Lester Dent, cocreado por Henry Ralston y John Nanovic). Esa posición especial de puente entre sensibilidades divergentes se aprecia a la perfección en su primer gran éxito, la novela “Gladiator”, de 1930.

“Gladiator” nos narra la vida de Hugo Danner, descrito en ocasiones como el primer superhéroe de la historia, un muchacho de Colorado muy especial, pues su padre, un científico un tanto excéntrico, inoculó en su madre embarazada un suero de su invención, que por sus experimentos previos con animales sabe que da lugar a una progenie extraordinariamente fuerte y resistente. Así, desde la más tierna infancia tenemos a un niño con una fuerza sobresaliente, obligado por la presión social a mantener en secreto sus dones, pero forzado por estas mismas cualidades extraordinarias a buscarles un sentido, a hacer valer su misma existencia.

Antes de continuar, convendría sacarnos ya de encima el lastre que arrastra esta novela, lo de ser (supuestamente, nunca hubo confirmación oficial) la fuente de inspiración para Superman (creado en 1933, pero cuya primera publicación data de 1938). Bien, lo cierto es que… sí, caben pocas dudas sobre el particular. Es más, diría que la influencia se extendió incluso hasta la creación de otros superhéroes como Spider-man (1962), cuyas primeras andanzas presentan claros paralelismos con algunos episodios de la vida de Hugo Danner, o durante la preparación del guión de la película de 1978. Lo que debe tenerse en cuenta, sin embargo, es que la perspectiva filosófica es muy diferente. El gladiator de Philip Wylie es un personaje trágico, un auténtico paria, desligado por sus poderes del común de los hombres, que no es capaz de encontrar el nicho y la función que a la postre colonizó su descendencia.

Así pues, es un error abordar la lectura de “Gladiator” esperando encontrar la historia del primer superhéroe. No es la versión beta de Superman. Es algo distinto, y valioso por sí mismo, como me propongo demostrar. Para empezar, si queremos encontrar un auténtico “hermano” de Hugo Danner, tenemos que cruzar el Atlántico y mirar en dirección al “Juan Raro” de Olaf Stapledon (1935).

Eso sí, ahí donde Juan Raro era producto aleatorio de la ciega evolución, Hugo Danner surge de los anhelos de su padre y de su ingenio (un poco como el superperro “Sirio“, de 1944). Además, mientras que en Juan es el intelecto superior lo que lo separa de la humanidad, Hugo se ve definido por su fisicalidad, y aunque a la postre ambos fracasan en su solitaria excelencia, la creación de Stapledon hipotetiza (como más adelante hará Theodore Sturgeon con “Más que humano“, en 1953) con un paso adelante, mientras que Philip Wylie dirige su mirada hacia atrás, hacia la obsolescencia de una concepción caduca de lo que es ser un hombre (lo cual hace especialmente irónico el que sirviera de molde para los superhombres posteriores).

Hugo Danner, el superhombre de Wylie, es casi literalmente una proyección de su padre, quien vive en cierta forma dominado por el carácter más fuerte de su mujer y fantasea con la creación del perfecto espécimen masculino que lo redima. El problema, por supuesto, es que su concepción de la masculinidad está anticuada, de modo que traslada sobre su hijo una carga que no tiene lugar en el mundo moderno que ha surgido tras la Primera Guerra Mundial. La tragedia existencial en que deviene la vida de Hugo Danner se fundamenta en un error fatal: ya no es la fuerza la cualidad central del hombre del nuevo hombre del siglo XX; aquella concepción ha entrado en crisis, y quienes aún se aferran a ella, lógicamente, sienten el mismo desconcierto que embarga a Hugo con cada uno de sus fracasos.

Irónicamente, la frase promocional de algunas de las ediciones promete justo lo contrario (“the lusty life of an uninhibited superman” o “la vida lujuriosa de un superhombre desinhibido”), cuando en realidad si algo marca su devenir amoroso es quizás la incapacidad para establecer un vínculo duradero con una mujer (todas terminan abandonándolo por mejores opciones). La relación hombre-mujer había sufrido profundos cambios. El feminismo de primera ola, asociado con los movimientos sufragistas, junto con los cambios derivados del acceso de la mujer al mercado laboral, habían cambiado por completo la imagen del marido ideal, y el arquetipo del hombre fuerte había perdido atractivo frente a otras cualidades.

La falsa publicidad que se deriva es casi tan espectacular como si hubieran decidido ensalzar sus gestas deportivas (cuando en realidad Hugo se siente un fraude por un superioridad tan palmaria que le obliga a contenerse de continuo…  y aun así no puede evitar la tragedia), su capacidad de trabajo bruto (que le lleva al despido por dejar en mal lugar al resto de honrados trabajadores que no llegan a más; conviene recordar que en 1930 nos encontramos en los comienzos de la Gran Depresión, algo que supuso un duro mazazo para muchos obreros que, de repente, se encontraron incapaces de alimentar a sus familias), sus tímidos conatos superheroicos (que solo le procuran la sospecha de las autoridades) o incluso su excelencia en el más clásico de los escenarios donde solía demostrarse la hombría: la guerra.

La Primera Guerra Mundial cambió muchas percepciones. Fue la última guerra a la que los jóvenes marcharon con orgullo y sueños de honor; fue un conflicto tan vasto, con la aportación personal (incluso de un superhombre) tan diluida, que la misma idea de la gloria militar, la grandeza potencial del guerrero, quedó echa añicos por la realidad brutal del conflicto moderno. Perdida pues su capacidad de afectar al devenir de los acontecimientos a través de la guerra, Hugo Danner trata de influir en la política, pero sus argumentos (básicamente, la fuerza), no sirven de nada en ese nuevo escenario. De nuevo, obsolescencia. De nuevo, carencia de propósito. De nuevo, un superhombre  fallido, optimizado para un mundo que ya no existe y que no va a volver. Lo que nos lleva al final, un final irónico (y un tanto brusco), que no hace sino remarcar esta idea de decadencia irreversible, de error trágico, descartado con la facilidad con que cae un rayo del cielo.

¿Por qué la lectura que se hizo de la novela, si de verdad inspiró al superhéroe moderno, es tan divergente? Bueno, habría quizás que hacer mención de nuevo a la Gran Depresión. Una crisis tan brutal no constituye el momento más adecuado para alentar la desesperanza, y entre otros desarrollos, sí que dio origen a una fantasía de superación más confortante: la del héroe bárbaro de espada y brujería, cuya fuerza, en marcado contraste con la realidad que sí refleja “Gladiator”, es suficiente para contrarrestar cuanto se le opone. Entremezclando ambas figuras, la estética superhumana de Hugo Danner con la fantasía realizativa de un Conan cualquiera (por simplificar, que, por supuesto, habría muchos más huesos que echar en el puchero), tenemos una resignificación del arquetipo, de la plasmación realista de un modelo anticuado a la idealización esperanzadora que encarna, por ejemplo, Superman, obviando, o quizás simplemente dejando tan enterrada que es posible hasta ignorarla, la crisis de masculinidad en que se fundamenta todo.

Quizás por todo ello no sea de extrañar que cuando en 1938 se adaptó al cine fuera transformada en una comedia insustancial, en una línea similar, aunque todavía menos reflexiva, de la posterior “El profesor chiflado”.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 6, 2018.

2 comentarios to “Gladiator”

  1. Realmente la haz hecho parecer interesante. Todo lo contrario al superhombre de Chesterton y a su vez bastante similar.

    • Es bastante más interesante de lo que presuponía, sí (y no es para nada extraño que la visión católica de Chesterton, más preocupado sin duda en refutar a Nietzsche, difiera).

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