Cuna de gato

“Cuna de gato” (“Cat’s cradle”) se publicó en 1963, apenas unos meses después de la finalización del a Crisis de los Misiles Cubanos, el momento más tenso de la Guerra Fría y cuando más cerca hemos estado de la destrucción nuclear. La vida de Kurt Vonnegut, como la de muchos escritores de su generación, se vio profundamente alterada en 1945, con el estallido de la bomba sobre Hirosima y el posterior desarrollo de la política de enfrentamiento entre bloques, con arsenales atómicos capaces de destruir varias veces la vida sobre la Tierra. Otros escribieron fábulas religiosas sobre ciclos inevitables de ascenso y caída (“Cántico por Leibowitz“, Walter M. Miller Jr., 1961) o distopías postapocalípticas desquiciadas (“Dr. Bloodmoney”, Philip K. Dick, 1963); Kurt Vonnegut escribió una sátira sobre la estupidez humana.

El narrador, John, es un tipo bastante corriente, que en cierto momento aspiró a escribir una historia sobre la bomba atómica, pero desde una perspectiva humana, entrevistando a diversas personas acerca de lo que estaban haciendo el día que se lanzó la primera sobre Japón. Como parte de su investigación, entra en contacto con Franklin Hoenikker, uno de los tres hijos de Felix Hoenikker, la principal mente científica del proyecto Manhattan, y muchos años después, cuando de hecho ya ha abandonado su proyecto, este encuentro casual (aunque no hay nada casual en los encuentros entre miembros de un mismo karass) le acaba conduciendo a San Lorenzo, un pequeño estado caribeño gobernado dictatorialmente por Papá Monzano.

También han viajado hasta allí los otros dos hijos de Felix, el enano Newton y la gigantona Angela, con motivo de la inminente entrega del poder de San Lorenzo a Franklin, quien deberá casarse con Mona, la hija adoptiva de un enfermo Papá Mozano. Lo que pocos saben es que todos ellos transportan consigo una herencia maldita de su padre, su último gran invento: el hielo-nueve.

El hielo-nueve fua la solución ideada por Felix Hoenikker cuando le pidieron algo que evitara que la infantería estadounidense tuviera que volver a arrastrarse por el barro. Se trata de una forma de cristalización del agua con un punto de fusión de 45,8 ºC, que además puede actuar como semilla, transformando cualquier agua con la que entre en contacto en hielo-nueve (siempre y cuando la temperatura sea menor de ese punto de fusión). Aquello no fue una buena solución, porque de liberarse en cualqueir lugar se daría un reacción en cadena que transformaría toda el agua libre de la tierra en hielo-nueve, pero no se destruyó, así que una de las muestras al menos se encuentra ahora en poder de un dictador caribeño moribundo (y a lo largo de la narración se revela adónde han ido a parar las otras dos).

Todo esto, por supuesto, no se nos narra de forma tan directa. Vonnegut está muy ocupado hablándonos del bokononismo, la religión oficialmente prohibida de San Lorenzo, inventada por uno de los dos fundadores de la nación moderna, Lionel Boyd Johnson (Bokonon) para los locales, un americano desertor de la Primera Guerra Mundial. Dadas la imposibilidad de crear cualquier tipo de economía sostenible, Lionel y su compañero Edward McCabe decidieron inventarse una religión para hacer al menos la vida soportable a los sanlorenzanos (proscribiéndola al instante para hacerla más atractiva). Su peculiaridad radica en que el bokononismo no oculta que es todo una gran mentira, cuyo único objetivo es resultar confortadora (según la terminología bokononista, foma).

Vonnegut se divierte disparando a diestro y siniestro sus dardos satíricos. A través de capítulos ultracortos nos habla del bokononismo, critica la hipocresía (por ejemplo, del gobierno estadounidense, que no tiene reparos en tratar con Papá Monzano mientras siga siendo anticomunista), contempla la irresponsabilidad científica y se ríe incluso del sexo, convirtiéndolo en algo casi tan ridículo como las mentiras sobre las que se sustenta la identidad nacional de San Lorenzo (que, como todas las naciones, no es más que un falso karass, sin auténtica conexión cósmica entre los miembros, o granfallon, en terminología bokononiana).

A la postre, justo cuando ya nos tiene totalmente despistados, el autor nos golpea, con una fuerza todavía más extrema por lo inesperado, transformando la farsa en tragedia… o quizás revelándonos que era una tragedia desde el principio, solo que nosotros no queríamos verlo, del mismo modo que la continua mención a las bombas atómicas disimulaban la evidente metáfora que supone el hielo-nueve.

Kurt Vonnegut se ríe del ser humano, pero queda claro que es por no llorar. Para cuando finalmente descubrimos que la broma del libro es a nuestra costa, no podemos sino reírnos con él y desesperar también con él. Reduce la Guerra Fría, la amenaza de destrucción nuclear, a una bufonada, y quizás por eso mismo se permite mirar toda esa locura de frente, con una impotencia tan intensa que deja un sabor agridulce tras la lectura de “Cuna de gato”; más agria que dulce, pues las risas están en el recuerdo y los capítulos finales son tan duros como cualquier distopía (más que la mayoría, porque no nos deja espacio para habituarnos a ella).

Tal vez “Cuna de gato” esté un poco por debajo de “Matadero Cinco“, la obra maestra de Vonnegut, pero en pocas ocasiones se habrá transmitido un mensaje más amargo con un envoltorio más divertido.

En 1964 “Cuna de gato” conquistó para Vonnegut su segunda nominación al premio Hugo (tras “La sirenas de Titán”), que perdió ante una obra temáticamente similar, aunque con un trayecto emocional diametralmente opuesto, pues troca su pesimismo en optimismo: “Estación de tránsito“, de Clifford D. Simak. De igual modo, estuvieron nominadas “Dune world” (la primera versión, reducida, de lo que luego se transformaría en la premiada “Dune“, de Frank Herbet), la science-fantasy de Andre Norton en “Mundo de Brujas” (que hasta hace muy poco era considerada la segunda nominación para una mujer en los Hugo de novela, aunque ahora se sabe que fue al menos la tercera) y la incursión en la fantasía de Heinlein, “Ruta de gloria”. Seguramente fue la mejor oportunidad que disfrutó Vonnegut de hacerse con un Hugo (porque “Matadero Cinco” se tropezó con la extraordinaria “La mano izquierda de la oscuridad“).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 2, 2018.

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