En busca de tres mundos (Los Señores de la Instrumentalidad IV)

Paul Linebarger murió prematuramente de un ataque al corazón en 1966, a la edad de cincuenta y tres años, justo cuando se encontraba quizás en su mejor momento literario, con un estilo maduro y personal que volcaba en la creación de una gran historia futura de la humanidad, la de la Instrumentalidad. La tragedia fue doble, porque poco antes se le había caído al agua el álbum de notas que llevaba sobre el proyecto, de modo que se perdió toda información de primera mano respecto al orden de los cuentos, las conexiones entre ellos y el desarrollo futuro de una serie que permaneció desperdigada, con recopilaciones más o menos completas publicadas aquí y allá, hasta que a mediados de los noventa Ediciones B, a través de su colección Nova, se propuso publicar la obra completa de Cordwainer Smith (el pseudónimo que empleaba para sus historias de ciencia ficción), otorgándole el título conjunto de “Los Señores de las Instrumentalidad”.

El cuarto y último volumen de estas obras completas (aunque en realidad quedan inéditas tres novelas primerizas que nunca llegaron a publicarse siquiera en inglés) recoge las cuatro narraciones que conforman un subciclo dentro del conjunto mayor, el de las peripecias de Casher O’Neill, bajo el título de “En busca de tres mundos” (“Search of the Three Worlds”, 1966), junto con los cuentos de ciencia ficción publicados por Linebarger que difícilmente pueden integrarse en la Instrumentalidad. Asistimos pues a la búsqueda de venganza por parte del heredero de un déspota, que busca liberar su planeta de aquellos a los que ayudó a derrocar a su tío y que se han erigido igualmente en dictadores. Solo que durante el proceso O’Neill encontrará mucho más de lo que estaba buscando. En este subciclo, compuesto por cuentos y novelas cortas tardíos dentro de la producción del autor, cobra especial importancia el componente religioso, en pleno proceso de redescubrimiento del hombre (o de la “religión fuerte”, es decir, el cristianismo) tras la falsa utopía de la Instrumentalidad.

Lo religioso impregna en gran medida toda la obra de Cordwainer Smith, pero estos textos, sobre todo aquellos protagonizados directamente por Casher O’Neill (“En el planeta de las gemas”, “En el planeta de las tormentas” y “En el planeta de la arena”), alcanzan el rango de auténtica alegoría religiosa (con todo lo que ello conlleva). No es, por suerte, una alegoría burda, pero aun así la habitual inventiva apabullante del autor se percibe un tanto coartada, y llega incluso por momentos, y esto es casi impensable en Cordwainer Smith, a aburrir.

Afortunadamente, cada vez que parece que se está atascando se saca de la manga algo novedoso, uno de esos hallazgos que justifican una obra de ciencia ficción y que nos recuerdan el talento increíble del autor para narrar como nadie un futuro en que la tecnología se nos presenta como magia, o mejor, como poesía, lo que nos hace olvidar metáforas religiosas facilonas y al mismo tiempo arcanas, con un sentido filosófico oscuro, pues no va con el estilo del autor lo de construir argumentaciones. Ese conflicto entre intenciones y puntos fuertes, a la postre, acaba convirtiendo las historias de Casher O’Neill en las posiblemente más frustrantes de todo el ciclo de la Instrumentalidad.

Por un lado, tenemos a un autor maduro, con pleno dominio de las herramientas de su oficio, que sin embargo se percibe constreñido por las necesidades alegóricas. Es un tipo de autocontención que no le sienta nada bien a unos textos que por momentos evocan otros ejemplos de ciencia ficción religiosa alegórica como “Un viaje a Arturo“.

De esta valoración separaría, sin embargo, el más tangencial de los textos, “Tres a un estrella”, que sí logra transmitir esa impresión de que la imaginación de Cordwainer Smith vuela libre, ofreciéndonos uno de los mejores fragmentos de la gran historia de la Instrumentalidad. El texto que, sin embargo, recibió el mayor reconocimiento fue “En el planeta de las tormentas”, finalista del premio Nebula de novela corta en 1966 (la victoria en aquella primera edición fue ex-aequo para Roger Zelazny y Brian Aldiss por “El que da forma” y “El árbol de la saliva”, respectivamente).

En cuanto al resto de cuentos que componen este volumen (y que no estaban presentes en antologías anteriores homónimas), tenemos un poco de todo, aunque lo que más destacaría es el contraste enorme que encontramos entre algunos de los primeros relatos profesionales (y uno absolutamente amateur) de Linebarger y los más maduros, apenas cinco o seis años después. El contraste es especialmente evidente porque estos seis sí que están ordenados según el orden de escritura (una opción que personalmente prefiero sobre el de la cronología interna).

Durante los años sesenta, Cordwainer Smith se entregó casi en exclusiva a la Instrumentalidad, y por ello estos otros cuentos se perciben quizás un poco más bastos, menos imaginativos, pero eso sí, dotados de un sentido del humor (dirigido a menudo contra los estamentos militares y los servicios de inteligencia) del que a menudo carecen sus cuentos más exóticos, porque es un humor que se origina de la fricción entre lo absolutamente material y cotidiano y lo maravilloso, y que no ha de renunciar necesariamente a la tragedia, permitiendo una coexistencia agridulce.

En conjunto, la obra de Cordwainer Smith, compilada en estos volúmenes, constituye uno de los grandes tesoros semidesconocidos del género. Nadie ha escrito nunca como él, y eso, el desarrollar un estilo tan reconocible y único, es algo extraordinariamente difícil en un género que desde los años cincuenta ha experimentado varias revoluciones estilísticas. A grandes rasgos, podríamos clasificar a Smith/Linebarger junto con los autores de la Edad de Plata (esos que empezaron a destacar en los cincuenta), como Theodore Sturgeon, Algis Budrys, Ray Bradbury, Kurt Vonnegut o Philip K. Dick, una “generación” insuficientemente reconocida como tal por la diversidad de sus planteamientos y sus divergentes destinos, pero que se erigen como una de las más interesantes de la ciencia ficción.

Es vano intentar especular sobre cómo hubiera podido desarrollarse su carrera si el ataque al corazón no le hubiera puesto un brusco final. Hay detalles en las historias de “En busca de tres mundos” que sugieren cierto declive creativo, pero de igual modo nos encontramos con desarrollos que no hubieran desentonado en el seno de la concurrente revolución de la New Wave. Lo único cierto es que nos dejó veintinueve relatos y una única novela, y que esa producción basta para hacer de Paul Linebarger/Cordwainer Smith uno de los grandes autores del género de todos los tiempos.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 20, 2018.

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