Thomas the Rhymer

Tras un puñado de libros de Elige tu Propia Aventura, Ellen Kushner debutó en 1987 con la novela de fantasía costumbrista “A punta de espada”, que constituyó el inicio de la serie de Riverside (cuatro novelas hasta la fecha). En 1990, con su segunda novela, “Thomas the Rhymer”, conquistó dos de los máximos galardones consagrados a la fantasía, el World Fantasy y el Mythopoeic.

“Thomas the Rhymer” comparte con la serie de Riverside cierta querencia por el costumbrismo, pero puede describirse mejor como fantasía feérica, al basarse en las leyendas escocesas en torno a sir Thomas de Ercildoun, más conocido como Thomas the Rhymer o True Thomas, un laird del siglo XIII al que se le atribuía el don de la profecía (obtenido, según el folclore, por su relación con la reina de los elfos), e incluso la incapacidad para decir mentiras. Todo esto quedó fijado en un romance escrito en torno al 1400, que sirvió de base para una popular balada compuesta en torno al 1700, que Kushner utilizó como inspiración para la novela (al igual que muchos otros autores, sobre todo escoceses, a lo largo de los años, empezando por Walter Scott, que no sólo patrocinó la primera edición impresa de la balada original, sino que le añadió dos partes, una con profecías atribuidas a True Thomas y otra con la historia del regreso del profeta a la Tierra de los Elfos).

Los hechos básicos son los siguientes:

En cierta ocasión en que Thomas se encuentra paseando por el campo se le aparece la reina del País de los Elfos, y le conmina a acompañarla a su hogar, donde Thomas pasará siete años amándola y sirviéndola, pero sin poder hablar con nadie. Al término de estos, la reina lo hace regresar, dotado del don de la profecía (una lengua que no puede mentir), y Thomas descubre que, aun habiendo vivido el siete años en el País de los Elfos, no ha envejecido ni un día (elemento que ha sido recogido por numerosos autores, empezando por Jonathan Irving para el cuento de “Rip van Winkle”, tras conocer la historia por mediación de Walter Scott, y llegando por ejemplo a influir en episodios de títulos como “Tres corazones y tres leones“, de Poul Anderson, cuya principal fuente es el Ciclo Carolingio).

Ellen Kushner añade a esto dos relaciones significativas. Por un lado la de Thomas con una pareja de campesinos ancianos, Gavin y Meg, que asumen el papel de padres sustitutivos para el trovador errante que es, siempre a la búsqueda de un patrón rico y metiéndose en líos de faldas. Por otro la joven Elspeth, vecina de aquellos, rebelde y enamorada de Thomas, aunque éste, perdido en sus sueños de gloria, no le hace caso al principio. Cada no de estos personajes narra una sección de la novela. Gavin la introductoria, donde se nos presenta a los personajes y asistimos a las idas y venidas de Thomas en pos de sus instintos y ambiciones; Meg la inmediatamente posterior a su regreso del País de los Elfos, cambiado de formas sutiles y no tan sutiles, listo por fin para comprometerse con Elspeth, aunque primero tengan que superar ciertos obstáculos; y por último contando Elspeth su vida posterior, y lo que supone ser esposa de un profeta.

En medio de todo esto, tenemos la parte principal, que es la que desarrolla el contenido de la balada y que no tiene narrador, sino que utiliza la tercera persona; eso sí, equisciente, centrada en la experiencia de Thomas en el País de los Elfos.

Supongo que el principal atractivo de la novela reside en que bebe de una tradición feérica ligeramente distinta de la más habitual perspectiva irlandesa, aunque eso no se manifiesta más que en términos específicos intraducibles, como llamar a la reina de los elfos “the Queen of Elfame”, en vez de “the Queen of Elfland” o “the Faerie Queene” (como hizo Edmund Spenser en 1590, en su influyente poema épico), y en el floclore asociado al don escocés de la profecía (dentro del más amplio fenómeno de la second sight). Ahora bien, que eso sea suficente para dotar de interés al texto, ya es otra cuestión, porque hay poco, muy poco a lo que aferrarse en “Thomas de Rhymer”.

A lo ya contado sólo podría añadir cierto desafío al que es sometido Thomas en el País de los Elfos, que tiene que ver con un acertijo, inspirado en un hecho del mundo de los hombres y que da origen a una balada, que añade algo de trama a una historia que, por lo demás, se contenta con crear una atmósfera primero rural y luego élfica, para retornar al mundo rural y acabar en un epílogo un poco (muy poco) más cortesano. Vamos, que supongo que hay que pertenecer a la tradición folclórica de la que se nutre o tener una sensibilidad muy cercana a la misma para apreciar la meticulosidad de las descripciones y lo reposado, muy, muy reposado de la trama.

Entrelazado con todo esto, he de mencionar la sublectura en torno a los diferentes caminos que les están permitidos a dos espíritus libres, como son los de Thomas y Elspeth, y cómo el primero vive un vida errante, despreocupada y aventurera (con algún que otro lío de faldas por enmedio), mientras que la segunda se encuentra atrapada en el muy restrictivo nicho de lo que se consideraba adecuado para una mujer en esa época y lugar (una diferenciación de los roles “aceptables” que aún puede extrapolarse sin dificultad a nuestros tiempos). Aunque de nuevo, poca sustancia para demasiadas páginas.

En cuanto al World Fantasy Award, 1991 fue uno de esos infrecuentes casos en que se concedió el premio ex-aequo, siendo la otra galardonada la sátira religiosa (desde una perspectiva atea) de James K. Morrow, “Su hija unigénita”, estando también nominados Guy Gavriel Kay por “Tigana”, Valerie Martin por “Mary Reilly” y Terry Pratchett y Neil Gaiman por “Buenos presagios”. El Locus de fantasía fue para “Tehanu”, la tardía cuarta novela de Terramar, que también ganó el Nebula y fue candidata al Mythopoeic (“Thomas the Rhymmer”, con un quinto puesto, puede ser considerada finalista de los Locus, por detrás también de “Tigana”, “Buenos presagios” y “Su hija unigénita”).

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~ por Sergio en agosto 21, 2018.

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