Un muchacho y su perro

El pasado 28 de junio falleció, a los 84 años, Harlan Ellison, un escritor irrepetible.

Es imposible hablar de él y no mencionar la polémica, pero antes quisiera glosar brevemente sus méritos literarios. No fue un novelista destacado (tan sólo tres títulos poco importantes). Su fuerte estaba en las distancias cortas, en las que publicó unos dos mil cuentos de diversa longitud y un puñado de novelas cortas de gran mérito. Todo ello le reportó siete premios Hugo, cuatro Nebulas y dieciocho Locus (incluyendo premios a antologías).

Se cuentan ahí títulos como la novela corta postapocalíptica “Un muchacho y su perro”, que reseñaré a continuación, o los icónicos cuentos “No tengo boca y debo gritar” y “¡Arrepiente, Arlequín!, dijo el señor Tic-Tac”. A ellos se les unen otros cuantos cientos de ensayos, en los que hacía cualquier cosa menos morderse la lengua.

También participó como consultor o guionista en diversos proyectos audiovisuales, siendo su obra más reconocida la primera versión del guión del episodio clásico de Star-Trek “La ciudad al fin de la eternidad”. Como consultor, destaca su labor en series como “Más allá del límite” o “Babilon 5”.

Añadamos a ello su labor editorial. En 1967, contra viento y marea, sacó adelante una antología de más de quinientas páginas, con treinta y dos autores y una intencionalidad rupturista. Esa antología fue “Visiones peligrosas”, la colección de relatos más influyente de la historia de la ciencia ficción y abanderada de la New Wave (New Thing lo llamaba Ellison). La novela, por supuesto, arrasó en los premios, y llevó a la preparación de dos secuelas, “Again, dangerous visions” (1972) y la todavía inédita y campo minado para la polémica “The last dangerous visions”.

Ah, sí, la polémica.

La polémica siguió toda la vida a Ellison como un fiel compañero canino. Su carácter lo convirtió en una figura famosa en los círculos de aficionados desde muy joven. Existen decenas de anécdotas narrando encontronazos con tal o cual personalidad… y pese a todo no eran pocos los que lo consideraban un amigo.

Ellison dejó a su paso un reguero de demandas judiciales (muchas de ellas falladas a su favor). A la mínima que sentía, con razón o no, que sus derechos estaban siendo vulnerados, saltaba, y es muy posible que tuviera al respecto la piel extraordinariamente fina (y poca manga en sentido opuesto), pero ¿sabéis qué? Creo que todo los escritores podríamos aprender un poco de su beligerancia. Nos dedicamos a un trabajo en el que parece ser norma no escrita la necesidad de dejarse pisotear de vez en cuando. Tal vez era necesario un carácter como el de Ellison para plantarle cara a todo eso… o tal vez ese sea el carácter que se te queda cuando te ves solo en una cruzada que involucra a tantos.

“Un muchacho y su perro” (“A boy and his dog“) es una novela corta publicada originalmente como cuento en el número de abril de 1969 de la (ya de por sí polémica) revista New Worlds, bajo la labor editorial de Michael Moorcock. Ampliada a la longitud de novela corta para la antología “The Beast that Shouted Love at the Heart of the World“, de aquel mismo año, acabó siendo nominada al premio Hugo y ganando el Nebula de novela corta.

La historia nos presenta al joven Vic y a su perro telepático Sangre, dos solitarios que sobreviven en un una suerte de futuro postapocalíptico como el que décadas después se desarrollaría en los videojuegos de la serie Fallout. Las necesidades de la pareja son modestas: munición, algo de comer, un poco de entretenimiento y de tanto en tanto algún culito(a ser posible femenino) para aliviar los más bajos instintos. Claro que allá en el exterior calcinado las mujeres no abundan, así que mucho se sorprenden ambos al detectar a una en un cine, disfrutando del espectáculo como un solitario más.

Se trata, sin duda, de una jovencita de alguno de los refugios subterráneos con ganas de experimentar de primera mano las emociones de la superficie salvaje. No es algo que preocupe demasiado a Vic. A él sólo le interesa la posibilidad de echar un buen polvo, sin que importe mucho la opinión de ella… o la de Sangre, que no ve con muy buenos ojos el calentón de Vic y los problemas en los que podrían meterse (y de hecho se meten) por su culpa.

En “Un muchacho y su perro” Ellison se aplica a los principios que enarboló como antólogo de “Visiones peligrosas”, la antología definitoria de la New Wave: explorar terrenos que la ciencia ficción no había explorado hasta entonces, medrar en la polémica, buscar reacciones emocionales ante sus escritos (que carecían, tal vez, de ese punto extra de calidad literaria que caracterizó a los grandes nombres del movimiento). En 1969 eso se traducía en sexo; sexo explícito en la historia y sexo como motivación principal del protagonista; al menos en apariencia, porque por debajo de esa superficie provocativa quizás haya algo más… de provocación subyacente.

Una de las claves de la historia, como el propio autor desvela en el comentario a su edición en la antología de “Lo mejor de los premios Nebula” de Ben Bova, es presentar a los seres humanos comportándose como animales y al animal, el sabueso telepático Sangre, como ejemplo de la racionalidad y mentor de Vic (por no hablar de ser una especie de voz de su conciencia que intenta refrenar esos impulsos básicos a los que se entrega sin pensar). Releyéndolo ahora, sin embargo, me ha parecido detectar otra sublectura, y es que no el ambiente ultra masculino en el que se mueven Vic y Sangre parece evocar los huertos de nabos que eran buena parte de las convenciones del género fantástico por aquellas (y no tan lejanas) fechas.

¿Es posible que Harlan Ellison se estuviera riendo de los fans? ¿Que ese mundo exterior devastado fuera el mítico fándom y que los refugios aburridos y ultraconservadores fueran ese otro mundo de la cotidianidad donde había… ¡glups! chicas? En ese caso, el papel de Sangre no sería sólo como concienca de Vic, sino también sería ese amigote que se queda con tres palmos de narices cuando el compañero se echa novia y ya no se le ve ya el pelo por los tinglados de siempre.

Bajo ese prisma, la polémica acción final de la novela corta (que tiene que ver, sin desvelar demasiado, con una decisión entre el perro y la chica), cobra un nuevo sentido, y acaba de un plumazo con las acusaciones de misoginia que le cayeron al autor (sobre todo a raíz de la película de 1975 sobre la historia, que al carecer de la narración en primera persona del original literario pierde en parte su potencial satírico). Harlan Ellison se estaba riendo de los fans, de su inmadurez y del típico cliché de la chica revienta amistades (algo que desde otra perspetiva quizás abordara también Isaac Asimov casi un cuarto de siglo antes en “El fin de la Eternidad“); y los fans se lo premiaron con garlardones y reconocimiento… lo cual debió de resultar particularmente satisfactorio.

Teorías aparte, “Un muchacho y su perro” constituye una buena muestra de por qué Harlan Ellison era considerado un provocador, y también de cómo, sin ser un gran estilista, era capaz de imaginar escenarios sugestivos, que aún siguen resultando intrigantes hoy en día.

Durante años, el autor sostuvo la intención de extender la historia de Vic y Sangre y convertirla en una novela, aunque al final todo ello quedó en un par de relatos (“Eggsucker” y “Run, Spot, run”), adaptados al cómic, junto con la novela corta original, por Richard Corben para conformar la novela gráfica “Vic and Blood: the continuing adventures of a boy and his dog”. Justo tras su fallecimiento salió al mercado un volumen titulado “Blood’s a rover”, que incluye material adicional preparado originalmente para una serie de televisión que no fructificó y que Ellison nunca llegó a convertir en novela (por razones tan dispares como contradictorias fueron siempre sus declaraciones respecto al proyecto). Al final, queda como una muestra más de un talento caótico y mercurial, que nos abandonó hace unas semanas, dejando ya para siempre inconclusa la historia. Gracias por todo y hasta siempre.

Harlan Ellison

(27 de mayo de 1934 – 28 de junio de 2018)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 17, 2018.

Una respuesta to “Un muchacho y su perro”

  1. La casualidad ha querido que hablemos hoy casi al mismo tiempo tú y yo deste relato, si yo me centro en la peli.

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