Ética jurásica III (Jurassic world: El reino caído)

Tres años después de que “Jurassic World” rompiera récords y devolviera a la saga jurásica a lo más alto de la taquilla nos llega su inevitable secuela, que además supone el debut en Hollywood de Juan Antonio Bayona, quien ha dispuesto de 170 millones de dólares para devolver, de nuevo, a los dinosaurios a la vida.

Hasta la fecha, me he decantado por el análisis de la saga en clave ética, y después de examinar bajo esta perspectiva la trilogía original y el primer Jurassic World, le tocaba el turno a esta quinta entrega que, la verdad, hacía gala de señales prometedoras. Veamos en qué han quedado.

El planteamiento es el siguiente: tras la desastrosa reapertura del parque y las más que previsible carnicería que ello desencadena, las instalaciones han permanecido abandonadas a su suerte, con los dinosaurios recuperando una suerte de semi libertad (y, prescindiendo de otras consieraciones prácticas, a la porra conceptos tan establecidos como la capacidad de carga de un ecosistema o la necesidad de equilibrio en el ratio depredador/presas). Sin embargo, este pequeño edén se encuentra amenazado. Un volcán, del que al parecer no se sospechaba nada con anterioridad, está a punto de entrar en erupción, amenazando con llevar por segunda vez a todos esos animales a la extinción.

La disyuntiva que se presenta ante el mundo es de calado: ¿Tienen unos animales rescatados de la extinción por la mano del hombre el mismo derecho a la vida, y por ende a la protección activa por nuestra parte, que aquellos que han llegado a nuestra época por el camino largo?

Claire Dearing, antigua gestora del parque (quien, por alguna razón, no está en la cárcel acusada de multiples homicidios por negligencia), opina que sí, y está al frente de una suerte de ONG empeñada en defender los derechos de los dinosaurios. Al que invitan, sin embargo, a presentarse ante una comisión del Senado para debatir la cuestión es al doctor Ian Malcolm, que por supuesto sigue insistiendo en su visión catastrofista, sustentada básicamente en la filosofía “mejor no meneallo”. A la postre, la comisión, sin entrar a valorar el fondo ético del asunto, deja la cuestión en manos de la iniciativa privada… y ahí, a los diez minutos de metraje, termina cualquier pretensión de análisis ético y empieza el remake de “El mundo perdido”.

Por supuesto, ya sabemos lo que significa “iniciativa privada” en el mundo de Parque Jurásico, pero nuestros protagonistas son un poco pardillos y se dejan embarcar en una presunta operación de rescate auspiciada por el hasta la fecha ignoto ex socio de Hammond, el ricachón Lockwood, llevándose con ellos a la pareja de becarios de turno (con el giro muy moderno de hacer a la chica resuelta y autosuficiente hasta la náusea y al chico no menos insoportable por razones opuestas). La película no juega con sutilezas. A los pocos segundos de estar en la isla Nublar ya sabemos perfectamente de qué va todo, aunque en esta ocasión, como tenemos un acto intermedio y un final de fiesta extendido, tampoco es que nuestros dos héroes tarden mucho en caer del guindo.

Supongo que podría considerarse todo esto como una confirmación de que la pasta manda, pero es que estamos ya en al quinta película. Nos han machacado con esa idea hasta la extenuación. Vale, sí, muy bien, los malos quieren ganar dinero a costa de los dinosaurios, pero… ¿dónde queda el imperativo moral?, ¿dónde la responsabilidad asumida hacia nuestras creaciones? ¿Tiene que ser todo tan burdo? ¿Acaso no basta con la maldad de la indiferencia, de rehuir las consecuencias indeseadas de unos actos precipitados? En fin, supongo que analizar eso hubiera requerido de unas habilidades por encima de las que exhiben los guionistas (Colin Trevorrow y Derek Connolly), que se contentan con un retorno acelerado al tópico.

En estas condiciones, las escenas de destrucción, aun siendo cinematográficamente interesantes, se antojan un poco huecas desde una perspectiva emocional. No había nadie del lado de los dinosaurios (si descontamos a los cuatro pardillos), y en esas condiciones tratar de evocar nuestra simpatía por su fin adquiere un tufillo un tanto hipócrita. Podría habernos importado, pero necesitábamos para ello, como espectadores, que esa postura hubiera contando con un mínimo de peso y alguna opción de victoria para que la derrota doliera de verdad. Las escenas, aisladas, son poderosas. En el conjunto de la película, su inevitabilidad las priva de relevancia.

El acto puente (a bordo de un barco) se toma un descanso ético. Lo único relevante a este respecto es una (extraordinariamente aciéntifica) transfusión de sangre, que tendrá importancia en el cambio de panorama ético, algo que en principio hubiera podido ser una buena idea de no implementarse a costa de descartar el dilema original sin darle solución y cambiando de rumbo, por añadidura, sin una introducción adecuada.

El tercer y último acto es quizás el más original desde una perspectiva cinematográfica, al cambiar los escenarios abiertos (ya sean jungla o ciudad) por la laberíntica oscuridad de una mansión neogótica, con sus sotanos high-tech de complemento, lo que a mí, personalmente, me retrotrae a las fases de FPS del primer videojuego de Jurassic Park en PC, allá por 1993 (cuando esa mecánica de juego todavía era una novedad candente). Desde una perspectiva ética, este segmento es un poco caótico, pues dispara a diestro y siniestro, sin darse tiempo para desarrollar nada en profundidad.

Por un lado tenemos, claro está, el manido tema de la mercantilización de lo maravilloso, llevado aquí al extremo con una subasta bastante ridícula a los grandes enemigos de la humanidad: narcotraficantes, ricachones ególatras, vendedores de armas y, ejem, farmacéuticas (porque en verdad hay que ser muy malvado para dedicarse a la investigación sanitaria). De paso, introducimos otro híbrido artificial, demostrando que la autocrítica de “Jurassic World” al respecto era pura fachada (o sublectura inintencionada). Además, subimos la apuesta ética sobre la clonación del modo quizás más lógico… que no voy a desvelar, por eso de dejar alguna sorpresa. Me limitaré a señalar que algo de tal calado merecía mejor preparación; ser el eje central de la entrega, no una subtrama secundaria.

Aparte, introducimos algo nuevo, replanteando la situación de los dinosaurios secuestrados de la condenada isla Nublar como una ¿crisis de refugiados? Bueno, casi, casi. Siendo una película estadounidense, el referente obvio no es tanto ese como la inmigración ilegal, con muro incluido. Por supuesto, esa reinterpretación, a estas alturas de la película, resulta un tanto problemática. ¿Son acaso los hispanos monstruosidades antediluvianas con mucha fuerza bruta y poco cerebro? ¿Suponen entonces una seria amenaza competitiva? ¿Cuáles son los límites de la metáfora?

Para terminar de embrollarlo todo, la decisión final, que debería obedecer a los mandatos de un juicio ético, queda reducida a un impulso empático (que ni siquiera experimentan los protagonistas, cuya sentencia es condenatoria, sino una tercera parte “implicada”), y para mayor inri cerramos con otro fragmento descontextualizado de la intervención del doctor Ian Malcolm ante el Senado, que no hace sino confirmar lo que ya se sabía desde el primer Parque Jurásico, que bajo toda esa fachada molona el personaje no es sino un capullo retrógrado (su función en la novela original era servir de justificación pseudocientífica a la tecnofobia).

En definitiva, “Jurassic World: el reino caído” constituye un desastre desenfocado, que tan pronto apunta hacia una reflexión literal como hacia una propuesta metafórica (o dicho de otro modo, los dos niveles narrativos se encuentran truncados y descoordinados). Por declaraciones, parece ser que los guionistas consideran ese giro muy inteligente, pero en realidad lo único que consiguen es fracasar estrepitósamente a la hora de construir una argumentación bien estructurada bajo cualquiera de los dos enfoques.

¿Es este fallo lo bastante grave para justificar la despectiva recepción que está teniendo la película en círculos críticos (sobre todo teniendo en cuenta que la primera “Jurassic World” tampoco es que fuera un portento)? Creo que no. Además, Bayona, y esto se lo reconoce hasta el detractor más acérrimo, sabe lo que se hace con la cámara, y logra crear escenas y encuadres muy meritorios (otro que hace un gran trabajo es Michael Giacchino, alejándose un tanto de la simple emulación de John Williams y aportando un nuevo tema con reminiscencias de John Barry y Danny Elfman). También está bastante bien la evolución de la relación entre Owen Grady (al que por fin identifican como etólogo) y la velociraptor Blue (completando el paso de este dinosaurio depredador, en realidad un deinonychus, de antagonista a héroe).

El problema surge cuando el crítico (o el espectador, si entra en la sala de cine con ganas de reflexionar un poquito sobre lo que le están contando) percibe que la película le está sermoneando… sin tomarse la molestia de construir bien su argumentación. Podemos soportar casi de todo, salvo que quien nos está contando una historia intente pasarse de listo, y esta entrega de la saga jurásica muerde mucho, mucho más de lo que es capaz de tragar.

Otras entregas de Ética Jurásica:

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~ por Sergio en julio 2, 2018.

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