Los hechos de la vida

Graham Joyce fue un autor británico especialmente bien considerado en su país, al ser receptor de cinco premios British Fantasy de novela (lo que supone el récord absoluto). El año 2003 cosechó también el Premio Mundial de Fantasía por su novela “Los hechos de la vida” (“The facts of life”, ex aequo con “Ombria in shadow”, de Patricia McKillip). Pese a estos credenciales, su estilo es mayormente realista, con el componente fantástico relegado al papel de complemento, una especie de realismo expandido que él mismo desvinculaba (y con razón) del realismo mágico.

“Los hechos de la vida” está ambientada en su Coventry natal, aunque una década antes de su nacimiento, abarcando (no cronológicamente) un lapso que se extiende entre 1940 y 1953. La historia gira en torno a la familia Vine, compuesta por siete hermanas, sus respectivos hijos y parejas y la matriarca, Martha, que es el personaje sobre el que pivota toda la novela, aunque la trama se centra más en su hija menor, Cassie, y el hijo de esta, Frank. Los tres, además, poseen la capacidad de recibir mensajes de los muertos, aunque se trata de comunicaciones vagas y contradictorias, de escasa utilidad práctica.

Entre las siete hermanas, con una rotación de la responsabilidad de cuidar de Frank que se convierte en excusa focal, nos ofrecen una panorámica de la vida en Inglaterra en torno a 1950. Así, la historia oscila entre la cotidianidad campestre en la granja de Una y Tom, la pulcra casa de las gemelas Evelyn e Ina, aficionadas al espiritismo (por carecer personalmente de cualquier tipo de clarividencia personal), la comuna experimental donde Betie y Bernard intentan plasmar sus ideales marxistas o el hogar que dobla como taller de embalsamamiento de Aida y Gordon, sin olvidarnos de la casa familiar de Martha, epicentro de los encuentros y desencuentros entre las hermanas (sólo nos quedamos sin visitar el hogar de Olive y William).

La historia va iluminando los diversos escollos a los que cualquier familia numerosa podría enfrentarse, como una depresión post parto, infidelidades (surgidas de promesas realizadas durante la guerra), peleas internas, reconciliaciones… todo ello punteado por los vaivenes emocionales (no se explicita, pero el comportamiento es claramente bipolar) del espíritu libre que es Cassie, junto con escenas surgidas de las diferentes filosofías vitales y experiencias de la amplia familia Vine. Además, en el límite entre las vivencias reales y las quizás patológicas, tenemos las injerencias sobrenaturales, como por ejemplo visitantes fantasmales que en los momentos más insospechados llaman a la puerta de Martha.

El punto fuerte de la novela, sin embargo, se centra en el bombardeo alemán del 14 de noviembre de 1940, que provocó más de medio millar de muertos y destruyó numerosos edificios de Coventry, incluyendo la catedral (cuyos restos continúan en pie hasta el día de hoy, como recordatorio de la tragedia). Los mejores capítulos de la novela, sin duda, son los que siguen a Cassie esa noche, en una experiencia alucinatoria narrada con gran fuerza (aunque tal vez se nota la falta de experiencia directa que sí tuvo, por ejemplo, Kurt Vonnegut al describir el bombardeo de Dresden en “Matadero Cinco“, cuyo peso en el resto de la historia es mucho mayor). Curiosamente, los ataques casi igual de desvastadores de abril de 1941 ni siquiera se mencionan.

Como comentaba, el elemento fantástico es muy contenido, pudiendo incluso “explicarse” a través de experiencias subjetivas producto de algún tipo de desorden mental; y también como decía no creo que pueda adscribirse al realismo mágico, pues éste pretende magnificar a través de la inclusión del elemento fantástico algún aspecto de la realidad. En “Los hechos de la vida” lo fantástico tan sólo está ahí, acompañando la historia de la familia Vine sin inmiscuirse demasiado. Es una rareza aceptada por todos, pero a la que no se le presta demasiada atención (salvo por parte de Martha, preocupada por cómo pueda influir esa percepción especial en las vidas de Cassie y Frank). Tampoco tiene gran importancia en la trama. Es un aderezo, y ahí encuentro yo un problema para apreciar la novela.

No tiene que ver con la calidad intrínseca de la propuesta (aunque a ese respecto no termina de convencerme el artificio de engarce de la historia, pues se toma quizás demasiadas libertades con los puntos de vista), sino con una incompatibilidad personal con los planteamientos estéticos y filosóficos de la obra. “Los hechos de la vida” invita a una aceptación del componente fantástico (o “extraño”, como lo define Joyce) en nuestra realidad cotidiana. Sus fantasmas no pretenden tener otro significado que su mera existencia, y contra ello mi incredulidad salta, arruinando la experiencia lectora.

El disfrute de la literatura fantástica depende del pacto entre escritor y lector para dar por válidos determinados elementos alejados de nuestra experiencia cotidiana que definimos como “fantásticos”. A cambio, se nos ofrece desde mero entretenimiento (que no es poco) a reflexiones metafóricas sobre algún aspecto de la existencia humana. Sin embargo, cuando el pacto va un paso más allá y nos conmina a plantearnos la posibilidad de que lo irracional (entendiendo como tal lo no sujeto a las leyes físicas) sea parte efectiva de la realidad; no como un juego, sino sugiriéndolo en serio… Bueno, pues para mí eso supone una ruptura de las reglas consensuadas y me libera del compromiso de suspender voluntariamente mi incredulidad.

Eso me ocurre con “Los hechos de la vida”, como también me ocurre con uno de los autores que el propio Graham Joyce citó como referente de su enfoque: Algernon Blackwood (“The centaur“). Dicho de otro modo: creo que cuando la fantasía deja de ser considerada como tal, hemos cambiado de género… y yo lo que esperaba leer (inducido además a ello por los reconocimientos) era una novela de fantasía.

Esta ruptura del pacto me hace difícil valorar la novela simplemente como obra literaria. Las expectativas frustradas pesan demasiado. Así pues, me contentaré con afirmar, sin entrar en análisis más profundos, que tampoco me ha resultado plenamente satisfactoria (aunque afortunadamente va ganando en solidez, dejando lo mejor para el final). Como podréis comprobar siguiendo los enlaces a las “Otras opiniones”, me encuentro al parecer en franca minoría.

Entre los candidatos aquel año al World Fantasy Award se contaba también la novela que finalmente se alzó con el premio Locus de fantasía (además de nominaciones al Hugo, Arthur C. Clarke e irónicamente, porque “Los hechos de la vida” no lo consiguió, al British Fantasy Award): “La cicatriz“, de China Miéville.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en junio 16, 2018.

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