Garras y colmillos

Tras darse a conocer el año 2000 con el primer libro de su trilogía de Sulien, Jo Walton se consagró en 2003 con la novela “Garras y colmillos” (“Tooth & claw”), que le proporcionaría su primer premio importante, el World Fantasy Award de 2004.

Es fácil caracterizar la obra, aunque tal vez con ello suscite más dudas que aclaraciones, porque “Garras y colmillos” es una novela victoriana protagonizada por dragones. Así, sin más. Hasta es posible nombrar la inspiración principal (que la misma autora se encarga de anunciar). Gran parte de los personajes y situaciones se inspiran en la obra de Anthony Trollope, específicamente en sus Crónicas de Barsetshire y de forma todavía más específica en “La casa rectoral de Farmley”, la cuarta novela de la secuencia, de 1860. Eso sí, allí donde Trollope utiliza seres humanos, Walton nos presenta lagartos alados de entre tres y más de veinte metros de longitud, capaces de expulsar fuego por la boca y armados los machos de garras y colmillos con los que refrendar su posición social, devorando a su oponente, si las circunstancias así lo requieren.

Todo comienza con la muerte del digno Bon Agornin, un dragón de quinientos años que deja una modesta herencia a sus cinco hijos, y ahí comienza la controversia, porque el ilustre Daverak, marido de la hija mayor, interpreta a su modo la última voluntad del dragón moribundo, reclamando para su familia más de la mitad de la carne del finado (en la cultura de los dragones, el canibalismo contribuye al crecimiento, y es prerrogativa de los hijos consumir el cuerpo de sus progenitores fallecidos, al igual que lo es de los nobles el sostener la eugenesia devorando a los dragoncitos débiles nacidos en sus dominios). La actitud chulesca de Daverak altera a Avan, el hijo más joven, que está intentando abrirse camino en la capital como funcionario y que decide entablar una demanda contra su cuñado, algo que afectará de diversos modos al resto de hermanos, el bienaventurado Senn (sacerdote rural en los dominios de la eminente familia Benandi) y sus dos hermanas, las doncellas Haner y Selendra (que ante la situación se ven obligadas a acogerse al cuidado de Daverak y Senn respectivamente).

Lo que sigue es un típico enredo victoriano, con proposiciones de matrimonio (bien y mal recibidas), preocupaciones monetarias (que un dragón necesita oro sobre el que dormir), revelaciones tan sorprendentes como impactantes, política de clases y, salpicados aquí y allá, comentarios más o menos elaborados sobre los derechos de las hembras y de los esclavos, así como referentes a una antigua religión y atisbos a la historia del escenario (en la que destacan las ancestrales guerras contra los yargos u hombres). Por supuesto, todo parece dirigirse hacia la catástrofe, con Daverak ejerciendo sin excesiva convicción el papel de pérfido antagonista… y por supuesto todo se arregla al final, aunque tal vez hubiera sido de agradecer algo más de sofisticación en la trama, que disimulara un tanto lo estereotipado de la fórmula.

El gran problema de “Garras y colmillos”, sin embargo, es que sus intenciones no resultan claras. ¿Qué pretende ser exactamente? ¿Una parodia de la novela victoriana? ¿Un crítica de los típicos valores y códigos victorianos, poniendo de manifiesto su brutalidad a través del reflejo dragonil? ¿Una simple recreación de aquellas tramas, tomando el marco fantástico como mera excusa para darse el gusto de escribir una novela a la antigua? Hay momentos en que parece apuntar a las primeras hipótesis, pero al concluir el veredicto final se aproxima más a la última, haciendo que la novela pueda resultar más o menos entretenida (dependiendo del grado de complicidad del lector y hasta cierto punto de su conocimiento del marco de referencia, aunque esto último no es algo imprescindible), pero mayormente inconsecuente.

A “Garras y colmillos” le falta un poco de… garra. El ilustre Daverak no es un villano con suficiente entidad como para sostener todo el peso del antagonismo (o casi todo, hay pequeños papeles reservados a otros dragones, aunque tan pequeños que resultan poco menos que anecdóticos), y en los enredos románticos falta desarrollo. Supongo que es algo que se debe a la necesidad de respetar las líneas maestras del género, pero con un ritmo más llevadero para el público actual, que no soportaría quizás un juego más sutil.

He de confesar, sin embargo, que al final la novela ha conseguido ganar mi complicidad. Después de todo, apela a recursos que han probado sobradamente su eficacia durante décadas (y que siguen haciéndolo en las telenovelas), y Jo Walton sabe mantener su artificio (la transmutación de los personajes en dragones) con el suficiente pulso como para hacer atractiva la historia incluso a quienes no sentimos una especial querencia por la faceta más costumbrista de la literatura victoriana.

Lo que no me atrevería a afirmar es que ofrece lo suficiente para justificar su premio. El World Fantasy Award tiene sus peculiaridades, y entre ellas se cuenta una alergia recalcitrante hacia todo lo que pueda oler siquiera a fantasía épica, lo que tal vez explique que ignoraran por completo “Paladín de almas“, de Lois McMaster Bujold, ganadora aquel año de los premios Hugo, Nebula y Locus. Otro de los títulos destacados del año (finalista tanto en el World Fantasy como en los Locus) fue “Las edades de la luz”, de Ian MacLeod.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 11, 2018.

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