Alif el invisible

Con su primera (y hasta la fecha única) novela, “Alif el invisible” (“Alif the unseen”), G. (Gwendolyn) Willow Wilson conquistó el World Fantasy Award de 2013. Conocida principalmente como guionista de cómics (y receptora por ello de numerosas nominaciones a los premios Eisner y un premio Hugo en 2015), irrumpió brevemente en la literatura de ficción con una historia que traslada a escenarios e imaginería de inspiración árabe estructuras narrativas propias de la literatura occidental (curiosamente, aquel mismo 2012 alcanzó una notoriedad similar, quizás incluso más extendida, la novela debut de Saladin Ahmed “El Trono de la Luna Creciente”, que batió a “Alif el invisible” como mejor primera novela en los Locus y cosechó además nominaciones en los Hugo y Nebula, algo que se le resistió a Willow Wilson).

La historia se ambienta en un emirato indeterminado en el Golfo Pérsico, en donde la familia reinante, apoyada en el dinero del petróleo, mantiene un férreo control sobre una población compuesta por árabes y diversos grupos de inmigrantes musulmanes (egipcios, indios…). La herramienta principal del sistema represivo es una policia secreta, Seguridad Nacional, dirigida por un líder semi mítico apodado la Mano. En oposición a él, existe una inconexa trama de hackers que buscan por todos los medios subvertir esa vigilancia (aunque, a la hora de la verdad, su resistencia es más simbólica que efectiva).

Uno de estos hackers es Alif, apodo empleado por un joven de veintipocos que, desde su portátil, ofrece servicios de anonimización digital a cualquier grupo que lo necesite (sin mostrarse particularmente quisquilloso acerca de afinidades ideológicas). Su semiordenada vida, sin embargo, se ve trastocada cuando la chica de la que está enamorado, un joven de clase alta, es prometida dentro de su círculo (sin excesivas reticencias por su parte). Alif responde de la única manera que sabe, a través de la programación. Por desgracia, sus esfuerzos atraen sobre él la atención de Seguridad Nacional, y se ve obligado a iniciar una huida desesperada junto con Dina, una amiga de la infancia.

Esta primera parte de la novela, antes de la aparición del elemento fantástico, tiene un sabor muy, muy cercano al cyberpunk, con una ambientación como no se repetía desde la trilogía de Marid Audran de George Alecc Effinger (a la que pertenece “Un fuego en el Sol“, de 1989). La autora, sin embargo, no está realmente interesada en adentrarse demasiado en esa dirección, y aunque nunca lo abandona del todo, su aproximación al mundillo digital acaba siendo más cercana al techno-thriller, interesada sobre todo en examinar (someramente) la influencia de las tecnologías de la información en la conocida como Primavera Árabe, así como en utilizar los avances informáticos de Alif como metáfora explicativa del proceso de exégesis coránica o Tafsîr (aunque se cuida de inventarse otro libro, el “Alf yeom” o “Los mil y un días”, como base de la metodología reinterpretativa).

El principal atractivo de la obra se pone de manifiesto con la progresiva injerencia del elemento fantástico, inspirado en parte en la mitología islámica (con los djinn, según su caracterización coránica como segunda raza, tras los ángeles y anterior al hombre) y en parte en los relatos clásicos de “Las mil y una noches”. Aparte de esto, sin embargo, la estructura narrativa es perfectamente reconocible, pues G. Willow Wilson se limita a seguir al pie de la letra las etapas del Camino del Héroe, con un protagonista, Alif, tremendamente pasivo, dejándose arrastrar de hito en hito y de mentor en mentor (con el ocasional empujón de sentido común por parte de Dina).

Desde luego, la ambientación resulta apropiadamente exótica, aunque echo de menos algo más originalidad narrativa. Si sustituyéramos el mundo invisible de los djinn por Faerie, apenas tendríamos que cambiar nada, y por poner un poco en entredicho la orientalidad de la propuesta, “Las mil y una noches” es en realidad un referente más importante en la tradición fantástica occidental de lo que lo ha sido nunca en la propia Arabia (aunque sí que encuentra algo de eco en determinados círculos literarios egipcios contemporáneos).

Tampoco es que esto debiera constituir un problema excesivamente grave. Lo que parece interesar sobre todo a G. Willow Wilson es conciliar la espiritualidad con el mundo moderno y los problemas contemporáneos, y en ese sentido tal vez podría interpretarse la novela como una suerte de “justificación” de la conversión de la propia autora al islamismo en 2003. Bajo este prisma, resulta tentador identificar a los tres protagonistas (Alif, Dina y la Conversa, una investigadora universitaria americana que acaba involucrada en el lío) como reflejos distorsionados de ella misma; bien sea asistiendo al viaje espiritual de Alif, contemplando el idealizado arquetipo de mujer musulmana que es Dina o percibiendo algunas (y solo algunas) de las contradicciones que se ponen de manifiesto a través de la experiencia de la conversa.

Entre eso y su ambientación prerrevolucionaria, son casi todos mimbres sugerentes. A la postre, sin embargo, “Alif el invisible” se queda lejos, muy lejos de ofrecer más allá de una reflexión superficial en torno a cualquiera de los temas que aborda, ya sea por su negativa a afrontar siquiera algunas de sus mayores contradicciones (como la autoimposición de una versión estricta del hiyab, el velo islámico, por parte de un personaje en otros aspectos tan progresista como Dina; lo que enlaza con el tema más amplio del papel de la mujer en el mundo musulmán, que ni siquiera se roza en toda la novela), por el poco convincente despertar espiritual de Alif (forzado por necesidades narrativas, más que fruto de ninguna reflexión explícita) o por el más que tímido análisis de los motivos y dinámicas de las revoluciones de la Primavera Árabe (tema en el que sin duda hubiera tenido mucho más que decir, dado su trabajo como periodista en el Cairo durante el régimen de Mubarak… experiencias recogidas de hecho en su libro de no ficción “The butterfly mosque”).

Mi impresión, y aquí quisiera recalcar que se trata de una percepción puramente subjetiva y basada sin duda en información insuficiente, es que tanta vaguedad es reflejo de una falta de definición a nivel personal. Hay autores (como Philip K. Dick en “Valis“) que han sido capaces de transformar algo así en un fascinante monumento a la ambivalencia, mientras que en otros casos nos encontramos con sustratos filosóficos inmaduros que deben confiarlo todo a la fascinación que nos ofrezca el envoltorio (y en su disfrute radica, posiblemente, el grado de satisfacción que será capaz de proporcionar la novela).

Entre los finalistas al World Fantasy de aquel año, destacaría otros dos títulos, candidatos igualmente al Nebula y al Locus: “The killing moon”, de N. K. Jemisin (inicio de la serie Dreamblood), y “La joven ahogada”, de Kaitlín R. Kiernan (ganadora del Bram Stoker y el James Tiptree Jr.).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en junio 4, 2018.

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