Jinetes de la antorcha

En 1974 a Robert Silverberg se le ocurrió editar una antología de novelas cortas de ciencia ficción inéditas, y para ello contó con obras de Gregory Benford, Clifford D. Simak y Norman Spinrad. Las dos primeras (“Threads of time” y “The marathon photograph”) han quedado básicamente olvidadas. La tercera, “Jinetes de la antorcha” (“Riding the torch”), ha conservado su vigencia, sobre todo a partir de una reedición en solitario en 1984, que constituyó la base para la edición española de 1987.

Paradójicamente, puede que esta presentación relativamente tardía en nuestra lengua beneficiara su legado en los países hispanohablantes, porque “Jinetes de la antorcha” es una novela corta adelantada a su tiempo, que no termina de encajar ni en la sensibilidad New Wave que la alumbró ni en el Cyberpunk del que es claramente precursora, y que cabalga a mitad camino entre las viejas concepciones de hard y soft sience fiction, para ofrecer lo que es en esencia una reflexión puramente existencialista; ni más ni menos que una voladura controlada de las viejas preguntas filosóficas sobre de dónde venimos y adónde vamos… utilizando para ello la metáfora del viaje definitivo.

La historia nos sitúa a más de un milenio en el futuro, cuando tras la destrucción de la Tierra en un holocausto nuclear los restos de la humanidad se encuentran embarcados en la Gran Migración, un enjambre de naves antorcha (estatorreactores Bussard) que recolectan hidrógeno del medio interestelar para propulsar la búsqueda de un nuevo planeta en donde reconstruir la civilización. Tras tantos siglos de viaje, los supervivientes han generado su propia cultura, alimentada por una fuente prácticamente infinita de energía (y materia, merced al secreto de la transmutación). Así, por ejemplo, entre sus adelantos se cuenta la integración, una red que conecta entre sí cerebros y bases de datos en un todo accesible por cualquiera a instancias del capricho del momento.

Norman Spinrad, tal y como demostró con “Incordie a Jack Barron” (1969), estaba preocupado por los cambios sociales que producirían los incrementos en los flujos de información antes de que la mayor parte de los escritores de ciencia ficción se dieran siquiera cuenta de la revolución que se avecinaba, y en cierto sentido “Jinetes de la antorcha” es la historia de una idea y de cómo esa idea puede ser transmitida eficazmente. El canal específico escogido por el autor es el senso, una especie de películas multisensoriales, en las que se transmite no sólo imagen y audio, sino también olor, tacto, gusto e incluso abstracciones, y el protagonista de la historia es el artista de sensos Jofe D’mahl, al que tras el estreno (ligeramente decepcionante) de su última obra, “Los holandeses errantes” (una visión metafórica del origen e historia de la Gran Migración), se le ofrece la oportunidad de una vida: acompañar a los sorbevacíos en una expedición para evaluar la habitabilidad del último candidato a destino final del viaje detectado.

A partir de aquí, por necesidad, voy a entrar a analizar cuestiones presentadas en la resolución de la historia, así que, si no la habéis leído, os recomiendo saltar directamente a los dos últimos párrafos (y ya regresaréis aquí, si lo deseáis, cuando hayáis tenido ocasión de formaros vuestra propia opinión sobre la novela corta).

Entra en juego la Paradoja de Fermi: una galaxia como la Vía Láctea, que cuenta con toda probabilidad con decenas, sino centenares, de miles de millones de planetas candidatos a producir vida, se nos presenta ante nuestros telescopios como singularmente inerte. La Gran Migración no hace sino confirmar esta impresión, enfrentando a los seres humanos con la idea del vacío omnipresente, dejando a la humanidad como una mota de materia autoorganizada flotando a la deriva en un océano de nada.

Spinrad, lejos de contar una historia de naves generacionales típica, centrada en el objetivo del viaje (aunque sea por haberlo olvidado, como ocurre en algunos de los ejemplos clásicos), obliga a Jofe D’Mahl a enfrentarse a la misma verdad que ya han afrontado una y otra vez los sorbevacíos: no hay esperanza de llegar a ningún nuevo Edén; el universo es un erial, en el que sólo existe una chispa de vida, que carga además con la culpa de la destrucción de su hogar y anhela la redención de un nuevo comienzo en una tierra “prometida”. He ahí la información que se verá obligado a codificar en un nuevo senso, pero Jofe no puede avanzar en su trabajo hasta que no se replantea sus objetivos: más que actuar como transmisor de malas noticias, su función debe ser otra: reorientar las expectativas, romper las cadenas del pasado y del futuro que aprisionan a la humanidad y hacerla madurar para que tome el control de su destino.

El vacío insoportable del espacio constituye una metáfora del vacío metafísico que nos hace buscar un sentido a nuestra vida externo a nosotros mismos. El senso de Jofe (también titulado “Jinetes de la antorcha”) pretende romper esa dinámica, liberar a los hombres del peso de la culpa, acabar con las falsas ilusiones y transformar el viaje no en un medio, sino en un fin en sí mismo. Hacerlos, en definitiva, dueños de su propio destino, auténticos amos de los poderes sobre la materia y la información conquistados por la ciencia, libres para aplicarlos no a una tarea fútil o en entretenimientos vacuos, sino al desarrollo de nuestro pleno potencial.

Lamentablemente, Spinrad no parece encontrar la forma idónea de expresar sus ideas, y la descripción del segundo senso resulta mucho menos interesante desde una perspectiva estética que la del primero. Acuciado por las necesidades filosóficas, el estilo palidece justo cuando más debería brillar, y ello le roba a la historia parte de su impacto.

Fue bastante, sin embargo, para proporcionarle a Spinrad sendas nominaciones a los premios Hugo y Locus (conquistados por “Una canción para Lya” de George R. R. Martin y “Nacidos con los muertos” de Robert Silverberg, ganadora también del Nebula), así como una victoria en los efímeros premios Jupiter (que sólo se concedieron cuatro años, entre 1974 y 1978). Independientemente de estos reconocimientos coetáneos, lo cierto es que a más de cuarenta años vista es posible apreciar lo extraordinariamente innovadora que fue, adelantándose en una década al cyberpunk, pero narrada desde la perspectiva humanista propia de la New Wave, y anticipando igualmente el retorno del hard clásico, que se iría verificando en los años siguientes hasta desembocar en “Pórtico“.

La edición española se complementa con tres artículos que, la verdad, no aportan demasiado aparte de dar unas cuantas vueltas adicionales al concepto de las naves generacionales, la paradoja de Fermi y algún que otro elemento más o menos secundario (los ensayos tienen la mala costumbre de quedar obsoletos a mucha mayor velocidad que los textos que comentan), así como el relato “Black-out”, de 1977, que especula con acierto sobre los efectos de la información (o la carencia de ella), resultando formalmente anticuado pero filosóficamente de plena vigencia en una época como la nuestra, en la que la información ha empezado a utilizarse como arma.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Anuncios

~ por Sergio en mayo 31, 2018.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

 
A %d blogueros les gusta esto: