The girl who was plugged in (La muchacha que estaba conectada)

Alice Bradley Sheldon había comenzado a publicar historias de ciencia ficción en 1968 bajo el pseudónimo de James Tiptree Jr., causando un impacto casi inmediato en la comunidad de aficionados al género, quienes eran conscientes de que aquel no era su auténtico nombre, pero desconocían que enmascaraba a una mujer.

El año de su despegue definitivo fue posiblemente 1973, que vio no sólo la publicación de su primera antología (“A diez mil años luz“), sino también de los relatos que le reportarían sus primeros galardones al año siguiente: “Amor es el plan, el plan es la muerte” (premio Nebula de relato) y “La muchacha que estaba conectada” (premio Hugo de novela corta).

“La muchacha que estaba conectada” (yo me hubiera decantado más bien por “La muchacha que fue conectada”) apareció originalmente en la tercera entrega de la antología anual New Dimensions, compilada por Robert Silverberg. Cuenta la historia de P. (Philadelphia) Burke, una joven que padece de graves deformidades y que tras un intento de suicidio es reclutada por una gran multinacional para vulnerar una estricta normativa antianuncios a través del emplazamiento publicitario (una técnica promocional inventada en los primeros años del cine, pero que había caído en desuso tras la Segunda Guerra Mundial y justo por entonces comenzaba a cobrar importancia de nuevo).

Por supuesto, su apariencia es incompatible con la tarea propuesta, pero los directivos sólo la quieren para que opere por telepresencia un cuerpo perfecto, criado sin mente a través de ingeniería genética (Tiptree lo bautiza un “waldo corporal”), una joven y perfecta rubita a la que bautizan Delphi, y que pronto se convierte en una figura de la alta sociedad (emparejada con un miembro de la casa real española) y estrella de culebrones (tridimensionales). Así, mientras que la bella y delicada Delphi se exhibe antes los focos, la grotesca P. Burke va retrayéndose cada vez, viviendo a través de su cuerpo y experimentando (con las limitaciones impuestas por el ancho de banda disponible) todo cuanto siempre soñó.

En 1977 se descubrió el auténtico sexo de James/Alice, y enmarcada esta revelación en la revolución feminista que vivía la ciencia ficción en aquella década, la exégesis feminista ha dominado desde entonces los estudios de la obra, con interpretaciones que van desde la plasmación de la importancia del aspecto para el triunfo de las mujeres (o la necesidad de ajustar su apariencia a un modelo de perfección física impuesto por la sociedad), hasta el obvio paralelismo entre la situación de P. Burke y la de la propia autora, “viviendo” en un hipotético cuerpo masculino para alcanzar el reconocimiento dentro de una disciplina artística tradicionalmente monopolizada por los hombres.

Por supuesto, no voy a negar nada de todo eso. No es sólo que en la obra de James Tiptree Jr. la identidad sexual haya sido siempre un eje central, sino que esas interpretaciones no hacen más que poner de manifiesto algo que evidentemente está en el texto desde el principio. No estoy seguro, sin embargo, de que los votantes del Hugo de la época fueran tan conscientes de ello, así que voy a remitirme a la página de la Wikipedia (en inglés) de la historia por si queréis profundizar en estas cuestiones (aunque recomendaría leerla antes). Así dispongo de algo de espacio para mencionar el resto de virtudes de la novela corta (cuento largo para el Nebula), que no son pocos.

Para empezar, “La muchacha que estaba conectada” representa un magnífico ejemplo de la experimentación estilística que llevó la New Wave a la ciencia ficción (aunque podría llegar a argumentarse que en ocasiones se pasa de frenada). El narrador es tan singular que no deja de emplear la segunda persona para dirigirse directamente al lector, y en términos bastante despectivos. Por un lado, fuerza nuestro punto de vista (en una especie de “mirada masculina”, aunque un par de años antes de que se definiera el término) , y por otro nos recrimina todo cuanto dejamos de percibir por ello (trasladando la responsabilidad al lector… y también la tarea de permanecer especialmente atentos para no perder un hilo narrativo que por momentos se vuelve un poco deslavazado). Además, posiblemente sea uno de lo más claros precursores que he leído de la literatura cyberpunk (tanto en fondo como en forma), que no se desarrollaría hasta una década después (adelantándose incluso a John Varley y textos como “Perdido en el banco de memoria”, de 1976)… por no hablar de su presciente enfoque hacia la idolización de figuras pop y su uso como vehículos publicitarios.

Así pues, en 1974, incluso para aquellos más obtusos respecto a las sublecturas feministas había méritos de sobra para destacar “La muchacha que estaba conectada” como una de las grandes historias del año… y no fue la única mujer en merecer tal distinción. El Hugo de relato fue para su compañera de antología (y amiga epistolar) Ursula K. Le Guin, por el que quizás sea su mejor cuento: “Los que se alejan de Omelas”, mientras que en los Nebula Vonda McIntyre previno el doblete de “La muchacha que estaba conectada” al conseguir el galardón a cuento largo por “De niebla, hierba y arena” (el texto que unos años después serviría de base para su multipremiada novela “Serpiente del sueño“).

En 1975, tanto “Amor es el plan, el plan es la muerte” como “La muchacha que estaba conectada” formaron parte de la antología “Mundos cálidos y otros” (en cuyo prólogo Robert Silverberg metió la pata al afirmar categóricamente que James Tiptree Jr. tenía por necesidad que ser un hombre), y fue recogida de nuevo en la antología sobre los premios Hugo correspondiente de entre las editadas por Isaac Asimov (ambas han sido traducidas al español).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 16, 2018.

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