The man who bridged the mist

Kij Johnson llevaba desde 1988 publicando relatos fantásticos en diversas revistas, lo cual compaginaba con tareas relacionadas con la escritura fantástica (desde clases univesitarias de literatura creativa a labores editoriales en Tor o TSR), cuando en el año 2000 su primera novela, “The fox woman”, obtuvo el premio Crawford. Quitando de una secuela (“Fudoki”), su producción siguió siendo limitada y orientada principalmente a la ficción más o menos breve, pero los reconocimientos empezaron a acumularse, culminando con la conquista de los premios Hugo y Nebula de novela corta de 2012 por “The man who bridged the mist, publicada originalmente en el volumen de octubre/noviembre de la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine (aunque ya los dos años precedentes había ganado el Nebula de relato).

La novela corta trata sobre un tema habitualmente enfocado desde la ciencia ficción, la construcción de una gran obra de ingeniería (en este caso, un puente colgante), pero lo con una perspectiva diferente, poniendo el foco de atención no tanto en los problemas de ingeniería del proyecto (aunque se nota que detrás de la historia hay una buena documentación) como en el impacto personal de la obra en el arquitecto principal, Kit Meinen, así como en los habitantes de las dos poblaciones que van a quedar unidas, en particular en los componentes de la familia que tradicionalmente se ha encargado de pilotar los ferris que (hasta la construcción del puente) son la única forma de conectar las dos mitades de un imperio.

Eliminada (mayormente) la faceta técnica, sin embargo, era necesario algo que sirviera para dotar de trasfondo maravilloso a la historia, y para ello Kij Johnson imagina un accidente geográfico muy particular, una gigantesca grieta, de profundidad ignota, ocupada no por un curso de agua (aunque se supone que, allá al fondo, debe de discurrir alguno), sino por una caprichosa niebla corrosiva que tan pronto se extiende apenas rizada como se alza violenta en quebrados picos cambiantes capaces de hacer volcar la embarcación mejor construida.

Por si esto fuera poco, algo vive en la niebla. Los lugareños los llaman “peces”, pero su auténtica naturaleza nunca llega a describirse, y su tamaño oscila entre unos pocos palmos de longitud y auténticos leviatanes de, quizás, decenas de metros, los Grandes. Poco llegamos a descubrir de estas criaturas. Amortajadas por la niebla, su comportamiento misterioso es simplemente una más de las incógnitas de la niebla que nunca llegaremos a descubrir, porque esta no es una historia de descubrimiento, sino de conquista… y de cambio.

Estos dos grandes temas se entrelazan con gran habilidad, gracias a la relación que establece Kit con Rasali y Valo, los barqueros cuyo mismo modo de vida se va a ver destruido por el puente. Los sentimientos que esta cuestión suscita, sin embargo, son complejos, como compleja misma es su vocación. Por un lado, hay algo de una cualidad casi mística en la forma en que los barqueros sienten la niebla y se enfrentan a sus peligros, pero al mismo tiempo es una profesión que invariablemente les conducirá a la muerte o peor (desde una perspectiva subjetiva), llevará la muerte a aquellos que les son queridos. A la postre, la imagen que se insinúa en el tapiz que está tejiendo la autora es uno de aceptación de los desafíos y los peligros de la vida, de la necesidad de adoptar una perspectiva filosófica ante lo inevitable, al tiempo que se lucha por conciliar el inevitable cambio con la realización personal.

A nivel narrativo, evita, y eso es muy de agradecer, el caer en el tópico de los aldeanos reaccionarios que se oponen a cualquier clase de evolución. Por desgracia, no puede desprenderse por completo de los lugares comunes, y una muerte que prácticamente se anuncia desde los primeros compases de la historia llega inexorablemente (aunque en honor a la autora he de admitir que no se recrea en exceso en ese recurso relativamente facilón, y que las reacciones que de él se derivan son congruentes con la perspectiva filosófica arriba enunciada).

Si algo se le puede realmente criticar es que, más allá de la gran grieta y la niebla, el contexto amplio, es decir, el imperio cuyo territorio dividido unirá el puente, queda apenas esbozado, y las pinceladas de que disponemos para caracterizarlo no terminan de ofrecer una imagen congruente. Sería de esperar que una barrera física de tal magnitud (y tal extrañeza) hubiera marcado de algún modo su estructura social, su política y su historia, aunque nada de todo ello queda reflejado en los parciales vistazos que se nos muestran. Más allá de la grieta y los pueblos de Nearside y Farside, el escenario deviene en un entorno fantástico genérico, igualmente apto para cualquier otra historia.

En cualquier caso, todo esto no deja de ser buscarle tres pies al gato, porque “The man who bridged the mist” es una mágnifica novela corta, que ofrece buenos personajes, una excusa argumental atractiva y, sobre todo, un misterio fascinante, el de la niebla, del que apenas alcanzamos a rascar su superficie. No se le puede pedir mucho más a una historia que que te deje satisfecho y, al mismo tiempo, con ganas de saber más.

Además de los galardones mecionados, la novela corta quedó segunda en la votación de los Locus, siendo superada tan sólo por “Silently and very fast”, de Catherinne M. Valente, también finalista a Hugo y Nebula. Junto con ellas doblaron nominación Carolyn Ives Gilman (“The night owl”), Mary Robinette Kowal (“Kiss me twice”) y Ken Liu (“El hombre que puso fin a la historia: documental”).

Si lo deseáis, podéis descargaros la novela corta en formato Doc a través de la propia página web de la autora.

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~ por Sergio en abril 9, 2018.

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