Cascade point

La nueva generación de escritores de ciencia ficción que empezaron a entrar en los ochenta se caracterizó principalmente por un retorno a las raíces más aventureras del género. Entre ellos destacó inicialmente un licenciado en físicas llamado Timothy Zahn, quien publicando mayoritariamente en Analog empezó a labrarse cierta reputación (sobre todo entre los lectores de la revista), que le reportó entre 1983 y 1985 tres nominaciones a los premios Hugo, dos de ellas en cuento largo (novelette) y la tercera, que le valió el galardón en 1984, en novela corta, para “Cascade point”.

Antes de pasar a reseñarla, sin embargo, toca hacer mención de la dirección que tomó su carrera posterior. Tras un par de series de space opera ligera, su gran oportunidad le llegó cuando George Lucas decidió en 1990 probar un nuevo enfoque expandiendo la franquicia de Star Wars mediante nuevos títulos más allá de las novelizaciones (y de la secuela-que-pudo-ser-pero-no “El ojo de la mente“, de Alan Dean Foster). Timothy Zahn estaba allí, en el momento justo, con el enfoque correcto y la novela que presentó, “Heredero del imperio”, el inicio de la trilogía de Thrawn, se convirtió en un superéxito, lanzando al autor al estrellato y poniendo en marcha un Universo Expandido que ha dado para casi cuatrocientas novelas (sin contar unas cuantas docenas más para la nueva continuidad canónica).

En total, Zahn ha escrito trece novelas de Star Wars… y cuarenta y cuatro independientes del universo de Lucas, la mayor parte de ellas originales (como las series de Blackcollar, Cobra o Conqueror). Su nombre, sin embargo, ha quedado unido de forma inextricable al Universo Expandido que contribuyó decisivamente a fundamentar (en parte, también, porque nada de cuanto ha escrito con posterioridad a 1991 ha vuelto a recuperar el reconocimiento crítico de sus primeros trabajos).

“Cascade point”, como decía, fue el punto álgido de su carrera en lo que a prestigio se refiere. Se publicó originalmente en el número de diciembre de 1983 de Analog, y fue ilustración de portada en un volumen que también incluía la tercera parte de la serialización de “Los árboles integrales“, de Larry Niven. Aparte de ganar el Hugo, fue segunda en el Locus, que ganó Michael Bishop con “Her habiline husband”, que con posterioridad formaría parte de la novela “El eslabón perdido”). El Nebula fue para “Lucha cruenta” (“Hardfought”), de Greg Bear (finalista también del Hugo, al contrario que la novela corta de Bishop).

El protagonista de la misma es el capitán Durriken, propietario del paquebote estelar Dancer, quien durante una travesía aparentemente rutinaria se enfrenta a un problema para nada típico, cuando la tecnología de salto que utiliza la nave falla por causas desconocidas. Así, en parte tenemos una trama (levemente) hard, que juega primero con el concepto matemático de las supeficies de Riemann, estableciendo un universo que básicamente exige la presencia de universos paralelos, para darle finalmente un giro (también levemente) psicológico, por medio de la manifestación alucinatoria de este concepto.

El caso es que, cuando una astronave está efectuando el salto (rotando en una dimensión superior), todo tripulante consciente percibe cuatro hileras de imágenes de sí mismo escapando ortogonalmente hasta el infinito. La teoría generalizada es que estas imágenes representan versiones alternativas de uno mismo, consecuencia de elecciones tomadas de un modo diferente en el pasado. Las que atormentan en particular a Durriken son aquellas pocas que exhiben el impoluto uniforme de las prestigiosas líneas regulares.

No se puede negar que Zahn creó un escenario sugerente. Tenemos por un lado la siempre socorrida trama/problema, que tan del gusto especulativo es, mientras que por otro las imágenes en fuga, que son las que dan a los saltos el apelativo de “puntos cascada”, permiten exteriorizar el universo interior de los personajes (una necesidad añadida por la New Wave a la ciencia ficción), abriendo una puerta evidente a la exploración de sus miedos, esperanzas, temores, ilusiones y decepciones. Por desgracia, explotar en serio todas esas posibilidades hubiera sido una tarea apta para un autor con capacidades literarias superiores a aquellas de las que hace gala Zahn.

Para empezar, los personajes resultan poco más que cáscaras vacías, sin apenas personalidad discernible en sus hechos y diálogos. Durriken, en particular, se ve en la necesidad de monologar internamente sobre todo aquello que debería resultar evidente a través de la descripción de sus doppelgängers, y con el resto de personajes es peor, pues sólo podemos contemplarlos a través de los ojos de un capitán que ni siquiera se comporta como un capitán. Lo peor, sin embargo, es la absoluta incapacidad del autor para imprimir una pizca de emoción a la narración.

Nada en la descripción de los puntos de cascada nos impele a creer en los perniciosos efectos que tienen sobre los testigos del fenómeno, ni más adelante la gravedad del problema a resolver evoca en  nosotros el más mínimo horror (porque los propios afectados reacción ante él con la emotividad de quien se tropieza con un leve contratiempo). Lo peor es que “Cascade point” es una sucesión de oportunidades perdidas. No cuesta para nada imaginar cómo podría haberse mejorado la narración. Todas las ideas están ahí, bien concebidas y engarzadas, pero la ejecución final no está ni mucho menos a la altura.

“Cascade point” es un intento por poner al día la vieja estética de la Edad de Oro con los truquillos aprendidos durante la New Wave, y en ese sentido comprendo qué pudo resultar atractivo, como promesa a los lectores de 1984. A la hora de la verdad, sin embargo, debió de quedar anticuada casi en el instante mismo de ser publicada. Demasiado tímida en su empeño y técnicamente deficiente. Quizás todo ello explique por qué nunca ha llegado a ser traducida al español (y es improbable que vaya a serlo, a no ser que alguien se anime a lanzar las antologías pertenecientes a la serie The New Hugo Winners, editadas por Isaac Asimov; Martínez Roca se limitó a la precedente, “Los premios Hugo”, que abarcaba tan sólo el período entre 1955 y 1982).

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~ por Sergio en abril 6, 2018.

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